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domingo, 3 de abril de 2016

PENSAR SIN PAUSA



Tendemos a pensar que el propio pensar es un cierto incordio. Y a recordar, como Foucault nos dice, que “ni consuela, ni hace feliz”. Tal parecería entonces que lo mejor sería desprenderse de tamaña incomodidad. Y no ya solo por insidiosa. Vendría a ser inoperante y paralizadora. Para quienes tienen una consideración instrumental del pensamiento, la cuestión sería acudir a él en caso de necesidad como medio para resolver situaciones que lo requirieran. Presuponiendo que se trata de una mera actividad mental, el asunto consistiría en activarlo en caso de necesidad.

Sin embargo, el pensamiento nos constituye y, como nuestro propio cuerpo, no acude o deja de hacerlo solo en caso de ser convocado. No es que lo tengamos siempre con nosotros, es que es nosotros. Otros asunto es que lo desconsideremos, lo que, como propio cuidado de un mismo, no deja de tener sus consecuencias.

Más aún, si bien la palabra felicidad parece excesiva, y Emilio Lledó ha hecho un espléndido “Elogio de la infelicidad”, bien es cierto que el fruto de la sabiduría es el gozo y la dicha de vivir, si hemos de atender a Descartes en “Las pasiones del alma”. Semejante sabiduría no es la del mero acopio de saber, sino una vinculación de este con la forma de vida, un proceder, que no sea un mero comportarse. Y en dicho proceder es decisivo el pensar. Incluso para estar en verdad contento, que es la relación adecuada en uno mismo entre el contenido y la forma. Pero no es cuestión simplemente de una actitud interior o de un estado de ánimo. El proceder es una acción, en todos los sentidos de esta palabra. Y pensar no es un acto, es efectivamente el obrar en el que consistimos.

Ahora bien, basta recordar con Hegel que “el verdadero ser del hombre es su obrar” para que destelle una íntima relación entre pensar y ser, que es la clave de lo que podría definir la filosofía, no ya la de los filósofos, sino la de toda una vida. No es que ambas resulten incompatibles, antes al contrario, aunque no siempre son necesariamente coincidentes. Precisamente por ello, el pensar no es patrimonio de disciplina alguna, lo que no impide que su determinación, su concepción, sus formas o su historia sean concretamente estudiadas por la filosofía. Del mismo modo, tampoco la acción se excluye de su modo de proceder. Toda una sabiduría práctica, la que comporta una verdadera determinación y prudencia, forman parte integral de su quehacer.

Ni el saber ni el pensar son, por tanto, exclusivos de ningún ser humano, ni es cosa de apropiárselos. Nadie puede pensar en nuestro lugar, ni decir nuestra propia palabra, ni vivir nuestra vida. Ello no impide que haya numerosos intentos por tratar de usurpar las de los demás. No es simplemente una cuestión defensiva, es un gesto de autonomía y de emancipación, una verdadera libertad.

Precisamente, la desconsideración de los derechos y la desatención a esta esencial equidad, que no deja de ser a la par una labor abierta y requiere un intenso trabajo por lograrla, es un impulso a hacer del pensar una permanente tarea: la de configurar la ciudad de los hombres y mujeres en efectiva igualdad, la comunidad justa. Y esto no parece estar finiquitado.

En alguna ocasión hemos citado la convulsiva sentencia que Cioran nos envió de que “la lucidez absoluta es incompatible con la respiración”. Sería pretencioso asentirlo, como si hubiéramos alcanzado alguna vez semejante clarividencia, pero cada quien a nuestro modo lo hemos presentido. Y precisamente por ello y para ello, también el pensar es la tarea de encontrar la distancia adecuada, la mesura y el decoro, no para dejar de ser decididos o de ir a las raíces, sino para no serexagerados. La etimología de esta palabra la vincula a quien hace crecer, y aumentar, a autor. Y Ricoeur nos previene. Tal vez en exceso: “no somos autores, sino narradores de nuestra historia.” En cierto modo, ni siquiera “de nuestra vida”. Esto no es una razón para el desentendimiento, sino para una mayor implicación.

Tantas veces encontramos en los demás las palabras que nos faltan. Nos hacen pensar. No son recursos fáciles para evitarlo. Son la constatación de las propias fragilidades. Por ello pensar está vinculado a escuchar y a leer. Es más un decir que un mero hablar. Y por eso concretamente es tan decisivo crear las condiciones para la palabra de todos y de cada uno, de todas y de cada una. Este dejar hablar, que es también un dejarnos decir, no es un simple acto de permisividad, sino un acto de reconocimiento.

No es cuestión, por tanto, de detener el pensar cuando se trata de actuar. Nadie ha de hacerlo. Lo constatamos a diario. No es el abandono de la tarea, es una forma de afrontarla. Desde las propias posibilidades, para no pocos cercenadas por diversas formas de imposición o de silenciamiento, por carencia de las condiciones mínimas, es imprescindible reivindicar la tarea de pensar. Para transformar, para mejorar. En las tesituras complejas de un mundo incierto, los espacios de decisión compartida y la necesidad de tejer ciudad nos convocan, más aún, a cada cual a nuestro modo a impulsar y proseguir en esta labor. Si no fuera por la grandeza de estas palabras que no hemos de mancillar, diríamos que es una tarea de justicia y de libertad.


Artículo publicado por Ángel Gabilondo en el blog "El salto del Ángel"
Imagen: "Karma" de Do-Ho Suh

miércoles, 22 de octubre de 2014

CON EL TIEMPO



El tiempo no se nos va, nos vamos con él. Que sea o no nuestro o que tienda a quedarse le es más indiferente que a nosotros, aunque nos necesita, siquiera para poder irse mejor. Basta escuchar, “Avec le temps”, tal vez en la versión de Patricia Kaas, para sentir hasta qué punto se esfuma y se desvanece para erigirse con más contundencia. Aunque es suficiente con estar un tanto vivo para experimentarlo.
La impresión de que algo se va puede tenerse incluso antes de que haya venido. No es un monopolio de la vejez, sino de la edad, y hay quien conoce esa sensación desde la infancia. Hay acontecimientos que nos demarcan esa edad, hechos y vivencias que conforman una sensibilidad, que es más con el tiempo que por el tiempo. Con él no hace falta mucho más para aprender que lo que permanece es el devenir, algo que nos enseñan Parménides Heráclito cuando les escuchamos conjuntamente. Como lo hacen tantos incidentes que son verdaderos sucesos de nuestra vida.
No es simplemente la constatación de lo que pasa, de lo que huye, de lo que se va. Ni siquiera solo de la fugacidad o de lo efímera que es la existencia. Es tan reiterativa la mención que prácticamente resulta tan cotidiana como cualquier silencio. En efecto, la más prolongada de las vidas no deja de ser un soplo. Solola intensidad de cada instante la hace dilatarse y diferirse como el propio tiempo tiende a hacernos creer. Sin embargo, nada es capaz de una perdurabilidad, salvo la memoria, que ya nunca es simple recuerdo. Y es la de quienes quedan, tantas veces los otros.
No olvidar lo que con el tiempo ocurre viene a ser un verdadero acicate para una forma singular de coraje y de valentía, para una reconstitución de la escala de valores, para adoptar una mirada diferente respecto de ciertas urgencias. Y, sin duda, en quienes la tienen se reconoce una distancia respecto de determinadas euforias o de ciertas desazones. No es apatía, ni indiferencia, es una forma de saber. Y una convocatoria a una serena entrega, lejos de los arrebatos de la prisa, de las iniciativas del miedo.

Con el tiempo todo es bien diferente, sin necesidad de ser radicalmente tan distinto. Considerar que el sobresalto y la agitación constante, la precipitación y la proliferación de actividades vencen al tiempo, le ganan la partida, van antes y más lejos, hasta el punto de sobrepasarlo, de superarlo, es ignorar que incluso “el concepto” que, a decir de Hegel, “borra el tiempo”, queda tomado para siempre con su abrazo. Con el tiempo encontramos algo o a alguien, precisamente en la medida en que estamos desprovistos, despojados, despedidos de lo que no se deja retener.
Solo con el tiempo la mirada puede llegar a ser justa, obnubilada ahora con lo que sucede. Ignorarlo impide cualquier perspectiva y toma de distancia. Todo resulta plano y homogéneo, enmascarado de una febril premura. Los hechos se suceden unos a otros, las etapas de la vida, las peripecias y situaciones, los estados personales, sociales y políticos. La única emoción parece reservarse para lo más deslumbrante y exitoso y, mientras lo perseguimos, todo viene a ser tiempo ya vivido. Hasta el punto de que más bien él vive lo nuestro, que es lo suyo.
Sin embargo, ahí radica nuestra posibilidad. Habitar cada instante supone una complicidad con el tiempo, y eso nos permite saborear, que es un modo de saber, la maduración en lo que consiste despedirse. Y con aquellos otros, los otros, que participan de la misma travesía. Encontrarse con quienes han hecho asimismo la experiencia de lo que acontece con el tiempo, la experiencia que, en alguna medida, es la del propio tiempo, nos procura la participación conjunta en una forma de vida capaz de comprender la contundencia de su fragilidad.

Fiarlo todo al tiempo, con la confianza de que haga nuestro trabajo, como si laborara al margen de nuestra acción, como si pudiera ser nuestro sin nosotros, es ignorar hasta qué punto somos con él. Ampararnos, excusarnos en la confianza de que él todo lo puede, todo lo supera, todo lo olvida, todo lo cura, supone desconocer hasta qué punto nos precisa para hacerlo. Decir que somos con él es subrayar que solo con él somos, esto es, que somos temporales, que es condición de posibilidad, y no un recipiente, ni un aditamento.
Cuando decimos que el tiempo huye, confirmamos hasta qué punto nos vamos desprendiendo de nosotros mismos, como si este fuera el vivir del mortal, la intensidad de lo irrepetible, una y otra vez. Ello no nos impide añorar, incluso lo no vivido. Ello no nos impide reconocer lo que nos falta, lo que perdimos, lo que quizá nunca encontramos. Y hemos de aprender pronto, bien pronto, lo que significa, sin necesidad de sorprendernos con los años.
Por eso es tan desconcertante vernos impelidos a ciertas formas de vida que parecen no comprender lo que con el tiempo siempre nos ocurre, como si él estuviera a nuestra disposición, como un bien más de consumo. No cabe olvidar que son posibles las grandes hazañas, los sucesos históricos, las acciones heroicas, pero conviene no precipitarse a expedir certificados de acontecimiento a lo que buscamos, deseamos o vivimos. Con el tiempo habita otra sencillez, no exenta de ambición, y demorarse en él libera de algunas fantasiosas ingenuidades, sin duda dignas de admiración.
Cuando Aristóteles habla del asombro que supone el devenir y del terror que ello produce, algo bien distinto del miedo, lo denomina “la maravilla”. No es una simple sorpresa inicial, es un pathos que acompaña y sostiene toda la existencia. Con el tiempo aprendemos a ser temporales. Y a vivir gozosos, con una dicha no exenta de dolor, esa condición.

Artículo publicado por Ángel Gabilondo en el blog "El salto del ángel"
Imagen: La llave de los campos de René Magritte (óleo sobre lienzo)

martes, 21 de enero de 2014

LA NECESIDAD DE ENSEÑAR



Es imprescindible aprender. Nunca hemos de dejar de hacerlo, es tarea de toda una vida, hasta el punto de que cesar de aprender es el máximo envejecimiento, el definitivo. Pero conviene no olvidar que es decisivo enseñar, que alguien enseñe, que alguien nos enseñe.
Aprendemos de múltiples modos y maneras, pero esta variedad no significa que hayamos de desestimar la compañía, la complicidad, la proximidad de quienes nos facilitan, nos procuran, nos acercan, nos posibilitan saber. Podemos intentar engañarnos subrayando que el saber está ahí, al alcance de la mano, que basta hacerse con él, como si se tratara de una noticia o de un objeto, para ser tomado, atrapado, conquistado, consumido. Pero saber requiere toda una incorporación, una apropiación, no es una toma de posesión.
Nunca olvidamos a quien nos enseña bien lo que es verdadero y bueno. Nos inicia en una forma de relación con lo sabido, para que sea parte constitutiva de quienes somos. Es cierto, se insiste, “hay que aprender a aprender”, pero no hemos de olvidar que hay que enseñar a aprender. Alguien ya dijo que enseñar es dejar aprender. Y ese dejar no es una pasividad, es una creación de posibilidades propias para cada cual, apropiadas. En realidad, ello distingue al buen profesor, al buen educador. Tener un maestro, disfrutar de la dicha de un buen maestro es un regalo de la vida y hemos de reconocerlo con agradecimiento y con sencillez. Lo hemos necesitado y lo necesitamos.
Hemos de asumir la responsabilidad de que todos tenemos algo que enseñar, que nuestra forma de vivir dice de nuestros valores y convicciones, que en ocasiones, siendo iguales, vemos insoportables en otros. Deberíamos pensarlo. También todos necesitamos que se nos enseñe. Los valores sociales dominantes impregnan un aula colectiva. y conviene que sean constructivos y justos. No es suficiente con una tarea individual, por otra parte tan necesaria.
Enseñar no es sólo mostrar o indicar. Desde luego, también es señalar por dónde proseguir, por dónde buscar, pero exige a su vez acompañar la tarea. No basta dictar lo que ha de hacerse. Y algo decisivo, para enseñar conviene saber.
Estas consideraciones, supuestamente evidentes, son cuestionadas por quienes estiman que, o bien no son determinantes los contenidos o bien no precisan ser enseñados, ya que pueden consultarse o encontrarse con facilidad. Ciertamente, aprender no es repetirlos sin sentido y sin criterio, pero incorporarlos supone literalmente hacerlos cuerpo propio. Así se preserva el saber, un sapere, que es literalmente saborear. Y ha de haber algo que tenga un cierto sabor. Y alguien que nos ayude a probarlo.
La proliferación de formas innovadoras, de nuevas tecnologías, de procedimientos de aprendizaje, de nuevos instrumentos, escenarios, entornos y posibilidades, la fecunda remisión a las competencias y a las habilidades, no han de hacernos olvidar la extraordinaria importancia de quienes tienen más que ofrecernos, por sus conocimientos, por su experiencia, por su preparación, por su formación, por su pasión. Con sus comportamientos, no menos que con sus materiales, con su amor a lo que enseñan y, asimismo, por lo que significamos para ellos, nos contagian, lo que es determinante. El saber es, a su vez, una forma de relación con el saber. Por eso me gustan quienes no sólo saben matemáticas sino que tienen una singular y atractiva relación con ellas, que no se agota en su utilidad inmediata y que, sin embargo, nos cuida y nos cultiva.
Necesitamos seres de referencia, entornos sociales adecuados que nos convoquen y nos provoquen a ser de modo diferente, a ser en cierta medida otros, mediante el saber y el conocimiento. Considerar que es insuficiente incorporar conocimiento no significa que no sea imprescindible hacerlo. Y ello nos hace estar más contentos, que es literalmente la satisfacción de que el contenido se corresponde, se armoniza, con una determinada forma. Y cuando la forma es el automovimiento de nuestro contenido, nos formamos.
Ello explica por qué la formación ha de ser integral y permanente, por qué ejercitarse en el saber requiere que se nos enseñe. No digamos si se trata de enseñar a enseñar. La reivindicación de aprender no ha de suponer hoy el olvido de una enorme responsabilidad, la de estar dispuestos a enseñar y a que se nos enseñe. Y lo que no es tan fácil, la de ser capaces de hacerlo. La ignorancia también se cultiva y se difunde y cuando el buen conocimiento no se transmite, se genera resentimiento.

Artículo publicado por Ángel Gabilondo en El salto del ángel
Imagen: German Wendel, Nenito fifi