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viernes, 25 de noviembre de 2022

El odio se ha elevado a una categoría política, Judith Butler

 

Judith Butler bromea contra la ira que despiertan sus teorías entre algunos grupos, la mayoría conservadores. “En Brasil me querían matar”, dice entre risas sobre las protestas que suscitó en São Paulo su visita al país sudamericano en noviembre de 2017, cuando decenas de personas marcharon con pancartas en la que se leía “Fuera Butler”, “Vete al infierno” o “Pedofilia no”. “Y yo me preguntaba, ¿qué les he hecho?”, agrega la pensadora estadounidense, encogiéndose de hombros, frente a un auditorio que este viernes ha asistido a una conferencia magistral ofrecida en el marco del doctorado Honoris Causa que le ha otorgado la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). La filósofa ejemplifica con esa anécdota el odio y la intolerancia que se ha moldeado en una amplia capa de la sociedad y que en muchos países se ha fortalecido por el ascenso de políticos o grupos extremistas o, como lo llama ella, “fuerzas reaccionarias”. Butler (Cleveland, EE UU, 66 años), que abrió en 1990 la definición de género y creó la teoría queer, ha alentado a organizar una “acción colectiva” para frenar el ímpetu de movimientos radicales que ponen en peligro importantes avances en derechos humanos.

 

Butler ha compartido sus ideas con un auditorio, abarrotado en su mayoría de estudiantes y académicos, localizado en el Palacio de la Escuela de Medicina del centro de Ciudad de México y que fue la sede de la Inquisición en su época, un imponente edificio cuya construcción data de 1732. Un interesante escenario donde Butler se sumergió durante más de una hora en un profundo diálogo sobre la libertad y la solidaridad desde las teorías de la filósofa alemana Hannah Arendt, una de sus grandes interlocutoras, para alertar del ascenso de movimientos radicales, incluso fascistas, que echan leña al fuego de los serios problemas que afronta la humanidad, como los feminicidios y violencia de género o el cambio climático.

 

Una nueva cacería de brujas, o de impíos, contra la que la filósofa ha alentado una respuesta colectiva para hacer frente a las “políticas de odio cuando llegan al poder”, porque, ha dicho, es difícil lograr un cambio real desde una posición individualista. “Aunque un individuo diga no a una imposición, ese ‘no’ no es político mientras no esté en resonancia con otros ‘no”, ha explicado. Para ella, ha dicho, se trata de “trascender la moralina egocéntrica”. “Cuando estas políticas de odio llegan al poder no podemos responderlas si nos quedamos en el marco del individualismo. No es suficiente si se adoptan posturas que se dibujan desde el individualismo y nos retraen de la acción colectiva”, ha advertido Bluter, quien ya había ahondado en el tema en su ensayo Sin miedo. Formas de resistencia a la violencia de hoy (Taurus).

 

Sus palabras toman fuerza cuando se trasladan al contexto de su país, Estados Unidos, sacudido por una profunda confrontación política, con amplios sectores conservadores radicalizados y alentados desde el movimiento ultra que lidera el expresidente Donald Trump. Esa ola radical conservadora ha logrado revertir importantes avances sociales, como el derecho al aborto, y tiene en la mira otros logros como el matrimonio homosexual, por lo que el Senado estadounidense ha dado un paso clave para blindar ese derecho. La advertencia de Butler también funciona para otros contextos más alejados de la realidad estadounidense, como la embestida negacionista de Jair Bolsonaro en Brasil y la amenaza que ha representado para la conservación de la Amazonía o el auge de la extrema derecha en Europa, con la llegada al poder de regímenes de dudosas credenciales democráticas en Hungría o Italia. “El odio se ha elevado a categoría política”, afirma Butler.

 

Bluter es una de las pensadoras contemporáneas más controvertidas, pero también de las más seguidas y leídas. Su obra genera desde veneración hasta fuertes detractores y sus teorías —que están en un momento álgido por las discusiones sobre políticas trans y ciertas confrontaciones dentro del feminismo— levantan fuertes discusiones. Aunque ella muchas veces ha denostado con fuerza a sus críticos, este viernes en Ciudad de México también ha abogado por una unidad dentro de las diferencias frente a lo que considera las verdaderas amenazas: la violencia de Estado, autoritarismos como los de Vladimir Putin (que ha condenado), la supremacía blanca o el capitalismo más brutal. Se trata, como ha advertido en su obra, de la idea de un colectivo que sea capaz de “proteger al individuo de un destino violento”. “Hay que pensar la sociedad como algo plural. No hay nada más importante en este momento que buscar la solidaridad en las diferencias que hay entre nosotros”, ha recomendado Bluter.

Articulo escrito por Carlos Salinas Maldonado

miércoles, 12 de enero de 2022

¿PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA?



 “Puede parecer que hoy, cuando la ciencia ocupa la primacía en el conocimiento, la filosofía es algo superado; pero la filosofía toca lo esencial del ser humano y está constantemente actualizándose; la filosofía desarrolla el pensamiento crítico, reflexivo, analítico, con una visión ética y orientación moral que proporciona recursos para vivir mejor a título individual; pero también sirve para reunificar el conocimiento, porque el saber está cada vez más parcelado y especializado y la filosofía, por su carácter multidisciplinar, es como la madre de todas las ciencias, es la que aporta conceptos para fomentar el diálogo y los vínculos entre el arte, la religión, la biología, la tecnología, etcétera”, respondía a este diario hace algún Joan Méndez, profesor de filosofía en el colegio San Juan Bosco de Barcelona, asesor filosófico y miembro de la Asociación de Filosofía Práctica de Catalunya. Otros muchos filósofos, humanistas y científicos aseguran que la filosofía tiene un papel fundamental en la sociedad de hoy y muchísimo que aportar al avance de las investigaciones científicas, tanto por la vía de fundamentar el conocimiento como abriendo la puerta a determinadas formas de investigación y programas de tecnología como la inteligencia artificial.

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A menudo se acostumbra a pensar que hablar de filosofía es hablar del ser, del alma, del sentido de la vida, del bien y del mal, de la moral...; en definitiva, de conceptos muy abstractos. Pero cuando se hojea el último libro de quien está considerado como el filósofo francés contemporáneo más relevante a escala europea uno ve que reflexiona sobre los domingos, la fiestas de Navidad o Semana Santa, la moda, las vacaciones, los padres, los celos, las estaciones o la inmigración. Los artículos de André Comte-Sponville recogidos en El placer de vivir (Paidós) versan en su mayoría sobre la vida cotidiana actual, pero en ellos no faltan referencias a Platón, Spinoza, Santo Tomás, Epicuro, MontaigneKant, Séneca... ¿Qué tienen que ver pensadores que vivieron hace cientos, cuando no miles, de años con los problemas o la visión del mundo de hoy? “De los filósofos clásicos podemos aprender, por ejemplo, que la vida es difícil; nos permiten entender que las dificultades que hoy afrontamos no son consecuencia de la crisis de la que tanto se habla; que desde que existe la humanidad la vida ha sido difícil y que la felicidad no es tener una vida fácil, sino que amar la vida es amar también sus dificultades”, responde Comte-Sponville. Y recuerda que Spinoza (1632-1677) dijo que no se desea algo porque se juzgue bueno, sino que se juzga bueno porque se desea “y nosotros no amamos la vida porque sea buena o fácil, la amamos porque la deseamos y juzgamos que es buena para nosotros”.

En cualquier momento y a cualquier edad
Como Comte-Sponville, otros filósofos y especialistas en la materia enfatizan que una de las utilidades de la filosofía es contribuir a la reflexión sobre los grandes problemas de la actualidad, tanto en el ámbito individual como en el colectivo. 
Javier Echegoyen Olleta, profesor de Filosofía de la UNED, asegura que la filosofía tiene mucho que decir sobre la ecología, los derechos humanos, los derechos de los animales, los riesgos de la ingeniería genética, la interculturalidad, el sistema productivo o nuevas formas de participación ciudadana. Pero su contribución tampoco acaba ahí. Jorge Úbeda, que fue director académico de la Escuela de Filosofía de Madrid y ahora dirige la Fundación Promaestro, considera que hay tres grandes aportaciones que hacen que la filosofía tenga sentido en cualquier momento y pueda interesar a cualquier edad. “En primer lugar, sirve para entender fenómenos de la vida social, política y económica para los que las ciencias no tienen una respuesta clara; en segundo lugar, permite tomar distancia de la realidad para someterla a examen, a crítica, y pensar qué puede hacer uno, cómo puede ejercer su libertad y responsabilidad; y, por último, la filosofía nos enseña a hablar de otra manera, de forma racional y argumentada, a escuchar los argumentos del otro y a estar dispuestos a modificar el propio punto de vista si fuera necesario”, resume.

Sea por estas u otras razones, lo cierto es que la demanda de estudios y actividades relacionadas con el pensamiento filosófico no para de crecer. Según Úbeda, hay tres momentos del pensamiento filosófico que acostumbran a concentrar el interés: “De la filosofía griega interesa sobre todo la figura de Sócrates -sus diálogos sobre la democracia ateniense y cómo organizarse mejor políticamente-, el relativismo, los sofistas y Platón, porque nos proyectamos en esa época; pero también el hedonismo y el escepticismo; un segundo gran centro de interés es la Ilustración, porque es el inicio del estado moderno, del progreso de la humanidad y el momento en que surgen las ideas que han regido el mundo hasta hoy; y, por último, interesa la postmodernidad, el relativismo y el pensamiento débil”.

Y si en España, donde la filosofía ha sido siempre un saber bastante minoritario, algunos detectan un creciente interés por ella, en otros países como Francia hablan directamente de su resurgir o su resurrección. En palabras en André Comte-Sponville “en la sociedad actual hay un declive de las religiones y de las grandes ideologías; basta pensar en el peso que tenía el catolicismo en Francia o en España hace sólo unas décadas, o en el peso del marxismo en los años 60 y 70; y cuanto menos religión y menos ideología tenemos, más necesitamos de la filosofía, porque hay que buscar respuestas a las preguntas que todo ser humano se hace y que antes nos venían dadas desde la religión o la ideología; dar respuesta a esas preguntas es filosofar”.

¿Qué pensadores pueden aportar más?
Los filósofos y profesores de filosofía consultados aseguran que encontrar qué pensadores, clásicos o actuales, pueden darnos mejor respuesta a la vida de hoy depende de cada persona, porque hay muchas corrientes distintas y cada uno ha de encontrar la filosofía que le pueda ayudar a entenderse mejor. Comte-Sponville apunta, no obstante, que para la sociedad actual son más interesantes los pensadores menos dogmáticos, los menos religiosos y los que están más cerca de la vida cotidiana y real. De ahí que él priorice la sabiduría griega del epicureísmo y el estoicismo, y a Montaigne –“que es la filosofía menos dogmática que existe”-, y se reconozca perteneciente a la corriente materialista, no religiosa, de Epicuro, Spinoza, 
Marx y Freud.

Echegoyen opina que quienes buscan en la filosofía una orientación para vivir y respuesta a asuntos tan universales como el sufrimiento, el respeto, el riesgo o el sentido de la vida, pueden resultar útiles pensadores que siempre se han ocupado de la filosofía práctica, como Marco Aurelio, Epicteto, Epicuro, Sócrates, PlatónAristótelesNietzsche u Ortega y Gasset.

Llorenç Vallmajó Riera, profesor de Filosofía y creador de Filòpolis, una web de filosofía para no iniciados, explicaba hace algún tiempo que para sopesar la importancia que tiene la labor de los pensadores en nuestras vidas basta pensar qué nos habríamos perdido sin ella. “Sin la filosofía nos habríamos perdido lo que llamamos lógica (Aristóteles fue el primero en analizar las diferentes maneras de argumentar que tenemos los humanos, mostró las reglas de una buena deducción y nos dio las herramientas para poder construir argumentaciones con validez), y sin la lógica nos faltaría la luz racional necesaria para analizar los discursos y detectar las falacias, argumentos con sólo apariencia de validez”, ejemplificaba. Y añadía que, como toda teoría científica está guiada por procedimientos lógicos, la filosofía también ha resultado básica para el progreso científico. “Estoy pensando en el falsacionismo de Popper: nos dice que es factible demostrar que una teoría es falsa, pero nunca se puede demostrar que una teoría es verdadera; nos muestra que reconocer un error ya es un progreso, que el error puede ser fértil”, concretaba. Por otra parte, la epistemología o teoría del conocimiento ha permitido abrir nuevos caminos y esperanzas en momentos de crisis intelectual, como cuando se reconoció el error milenario de la teoría geocéntrica según la cual la Tierra era el centro y todos los astros giraban a su alrededor.

Para Vallmajó no menos importante es la aportación ética, que nos permite reflexionar sobre cómo hemos vivido. Él destaca las ideas de orden ético de Sócrates, Platón o Aristóteles, pero también de Kant, “a quien debemos la distinción entre legalidad y moralidad: la Revolución Francesa era ilegal, pero ¿era moral?”. Y tampoco en el ámbito de la política se estaría donde se está sin las aportaciones filosóficas. “Pensemos en lo que supuso afirmar, como lo hizo Thomas Hobbes, que el poder político no deriva de Dios, sino que es fruto de un pacto o contrato social; con este reconocimiento, las personas dejaban de ser súbditos y pasaba a se ciudadanos; o pensemos en las aportaciones de René Descartes: al afirmar que todos los hombres, por naturaleza, tienen la capacidad de razonar o de juzgar abrió o desbrozó el camino hacia la Revolución Francesa”, ilustraba en una entrevista con La Vanguardia el creador de Filòpolis.

Principio del formulario



Marta Ríus, artículo publicado en "La Vanguardia"

miércoles, 18 de enero de 2017

MÁS PLATÓN Y MENOS DORA, LA EXPLORADORA


En la Universidad de Londres, el sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos ha exigido que desaparezcan del programa filósofos como Platón, Descartes o Kant. Por racistas y colonialistas. En su escrito, el sindicato se refiere a estos —y a otros personajes históricos— como “filósofos blancos”. Además, demanda que sean estudiados únicamente si el alumno lo solicita y siempre poniendo su pensamiento “en el contexto”. Por ejemplo, los filósofos de la Ilustración deben ser explicados —y desacreditados— junto a su “contexto colonial”.
Resulta paradójico que en una universidad —que se supone es, entre más cosas, el lugar donde todas las ideas fluyen, se confrontan y permiten el surgimiento de otras nuevas— haya quien prohíba mostrar ideas de pensadores que, guste o no, han conformado el mundo en que vivimos. Más paradójico todavía es que esta reivindicación se base en una especie de... ¿antirracismo racista? ¿Qué tienen en común Platón y Descartes? Que son blancos. Bueno, ojo con Platón. Si apareciera hoy en un aeropuerto europeo con su verdadero aspecto probablemente sería deportado. Y que son colonialistas. Es decir, para estos alumnos nada ha cambiado entre la Atenas del siglo IV antes de Cristo y la Francia del XVII. Al parecer, además de la Filosofía, tienen problemas con la Historia.
Pero la cuestión no es esa. En una época donde a la mentira le llamamos “posverdad” y al totalitarismo social “corrección política”, no es difícil quedar a expensas de un grupo —por pequeño que sea— organizado y dispuesto a imponer cualquier disparate ante una mayoría aterrorizada de que la etiqueten si se le ocurre oponerse. Resulta obvio que ningún personaje histórico resiste cinco minutos un análisis con los ojos de hoy en día. Por ejemplo, Platón perseguía a sus alumnos para enseñarles algo que no es precisamente el mito de la caverna.
Luego viene el fenómeno snowflake student (estudiante copo de nieve). No solo tengo derecho a elegir asignaturas, sino los contenidos de estas. Y aunque no tengo ni idea —ni quiero tenerla—, puedo arrinconar a quien sea para exigir que ni me mencione contenidos que desafíen lo que pienso, alegando que son “ofensivos”. Ahí tenemos lo ocurrido en la Universidad de Glasgow, donde se previene a los estudiantes de Teología —atención, Teología— de que las imágenes de la crucifixión pueden resultarles “incómodas”. Si esto sigue así, van a terminar incluyendo en la guía docente Dora, la exploradora.
En estos tiempos del “arden las redes sociales”, uno de los últimos reductos de pensamiento libre y reflexivo es la Universidad. Lo que suceda en esa institución ad intra —perdón por el uso del latín imperialista— resulta crucial para conformar la sociedad de los próximos años. Si la Universidad también cae en manos de la nueva inquisición del totalitarismo ofendido apoyado por los indignados de guardia en las redes sociales —inquisición que ya deja sentir su larga mano en otros ámbitos—, tal vez sea mejor cantar como Javier Krahe: “Pero dejadme, ay, que yo prefiera la hoguera, la hoguera, la hoguera"

Artículo publicado por Jorge Marirrodriga en su columna "El acento"
Imagen: Miguel Brieva (viñeta)


martes, 4 de octubre de 2016

NADIE QUIERE A LOS FILÓSOFOS



La crisis por la que atraviesan los estudios de humanidades no solo en España, sino en el mundo entero, era perfectamente previsible desde los albores de la revolución industrial. Lo que se fundó en la Grecia clásica —el amor por el saber— y se mantuvo en Roma —la alabanza del ocio y el menosprecio del negocio—; aquello que las órdenes monásticas conservaron durante la Edad Media; aquello que resurgió con una insólita pujanza durante el Renacimiento europeo, luego durante la Ilustración y en buena medida en las universidades del siglo XIX siguiendo el ejemplo de la reforma universitaria de Humboldt en Berlín, todo eso empezó a librar ya a mediados de ese mismo siglo una batalla muy dura contra un enemigo de potencia no solo no prevista, sino también incalculable. El hombre de estudio, la mujer de artes o letras, vieron, a lo largo del gran siglo de la burguesía y de todo el siglo XX cómo la legitimidad de su quehacer quedaba mermada y amenazada a causa del desarrollo de la ciencia, la industria, el comercio y la técnica.

En 1872, Flaubert lamentaba el desequilibrio que un nuevo plan de estudios para el bachillerato en Francia exhibía entre algo tan elemental como el deporte —que ya no tenía en Europa el destino agónico que había tenido en Grecia o Roma— y la enseñanza de la literatura, de la que apenas se hablaba. Con mayor énfasis, escribió lo siguiente sobre el mismo asunto: "Estoy asustado, aterrorizado, escandalizado por las gilipolleces cardinales que gobiernan a los seres humanos. Eso es algo nuevo; por lo menos en el grado en que se produce. Las ganas de alcanzar el éxito, la necesidad de triunfar a toda costa —debido al provecho económico que se obtiene— le ha minado a la literatura la moral hasta tal punto que la gente se está volviendo idiota".

Él, como tantos otros autores que empezaron entonces a reflexionar sobre el descrédito progresivo de las humanidades, no poseía distancia suficiente respecto a las causas de tal descalabro. Hoy sí la tenemos. Al auge del comercio, las ciencias, la industria y la técnica, hay que sumarle, en los últimos 30 años por lo menos, un nuevo factor, imprevisible hace un siglo y medio: el auge de las nuevas tecnologías. Los filósofos que heredaron la preocupación por este asunto a la sombra de Heidegger o de Jaspers no parecieron alarmarse cuando el fenómeno de esas brillantes tecnologías y los ingenios digitales irrumpieron progresivamente en la vida cotidiana de todo el orbe. La inocencia con la que se recibió ese alarde del progreso técnico-científico se ha transformado, ya en nuestros días, en una preocupación —solo para algunos, este es el problema—, sin que se atisbe la posibilidad de alcanzar alguna solución. Estamos ya, propiamente, en lo que ha venido en denominarse la era poshumana, en el bien entendido que nos hallamos en la era en la que el ente, el ser, no es más que un flatus vocis: una nadería nostálgica, un recuerdo de tiempos pasados en los que filosofía, religión, moral y estética otorgaban a esa palabra un valor casi tan alto como el que se otorgaba a Dios o a la muerte.

Esto nos lleva a analizar otros factores, no menudos, del descrédito de las humanidades en las universidades de España y de casi todo el mundo: la religión ha perdido adeptos en todas partes, y con ella han desaparecido los referentes trascendentales que actuaban, con sordina pero con eficacia, en todas las sociedades y sus cultos; los nuevos estilos musicales, de los que los jóvenes no pueden prescindir en sus momentos de ocio, han venido a suplantar el carácter órfico —y por ello, sagrado— de la mal denominada música clásica; el uso universal de los teléfonos llamados inteligentes rebajan sin pausa la inteligencia de aquellos que podrían dedicar su ocio a cualquier otro tipo de actividad y destierran la conversación, además de haber provocado la desaparición de las áreas de privacidad que tanto convienen al ser que piensa y actúa mediatamente; el subsiguiente descrédito de la lectura anula la posibilidad de que exista algo así como un imaginario subjetivo, en beneficio del llamado imaginario colectivo, que viene a ser lo mismo que la aceptación sumisa de la opinión común —todo lo contrario de la operación de discurrir en primera persona—, asumida esta sin el menor atisbo de crítica; el mercado laboral lo es de profesiones consideradas productivas y necesarias, y apenas de las profesiones en las que el saber humanístico podría multiplicarse y difundirse, como es el caso de la educación —hoy vencida y desarmada en España— a todos sus niveles.
No podemos tener la certeza de que tal estado de cosas vaya a cambiar en favor de un lugar honroso para las humanidades. Seguirá habiendo filólogos, artistas, historiadores y filósofos; seguirá habiendo escritores y lectores; algunos centros urbanos de difusión cultural seguirán abiertos y más o menos activos, pero todo lo que se relacione con el ser y sus problemas fundamentales parecerá superfluo, en estado de letargia y, en el mejor de los casos, será escenario de heroísmo para renitentes.

A esta cuestión queríamos llegar. Los planes de estudio de las facultades universitarias de humanidades irán a peor, en favor de las banalidades que ha generado la era de lo llamado políticamente correcto: una alquimia en la que se funden los feminismos y homosexualismos más insolventes con los estudios coloniales más improductivos y las ridiculeces más espantosas como métodos de análisis y crítica del saber humanístico heredado. Pero toda persona vinculada a la enseñanza de las humanidades puede, si no modificar esas tendencias disolventes de las litterae humaniores, sí otorgar a sus actividades un trasfondo y un alcance que minen hasta los cimientos esos falsos edificios del saber. A nuestro juicio, no hay más solución para las facultades humanísticas que implicarlas en la vida cotidiana de la polis, o sea, convertir las humanidades en la punta de lanza de una restauración de la política —que es como actuar en beneficio de la ciudadanía en aquello en lo que ni las ciencias ni las técnicas pueden hacer mucho—; transformar todas las escenas del saber humanístico en el gran aliado del progreso espiritual de una nación y de sus ciudadanos. Por ejemplo, enviar a los estudiantes de los últimos cursos a comentar las grandes o menos grandes obras de la literatura universal en las bibliotecas públicas; no obligar a los profesores a hacer gestión académica, algo que los convierte en burócratas, sino agitación cultural más allá de sus muros; convertir a profesores y alumnos avanzados en asesores de centros de creación y difusión de la cultura; mandar a todos ellos a los diarios del país para favorecer un periodismo de mayor alcance cultural; invitar a cualquier empresario del mundo de la técnica, la informática, los negocios, y lo que sea, a contratar antes a un graduado que, siéndolo en la profesión adecuada y pertinente, lo sea también en cualquier rama de las humanidades, como ya sucede en Estados Unidos, para satisfacción incluso del rendimiento de sus empresas. Porque no es factible suponer que unos buenos estudios de humanidades (como todavía pueden cursarse en escasos centros universitarios del mundo entero, pues casi todos han quedado arruinados por el efecto de metodologías "seculares") resulten suficientes para obtener legitimidad en las sociedades actuales si no salen de las cuatro paredes de los centros universitarios.

Su papel tendrá que ser, en el futuro, el de una rigurosa resistencia, el de un profundo conocimiento del pasado, el de la transmisión eficaz de ese saber antiguo en provecho del futuro antes de que todo el mundo caiga en la "amnesia institucionalizada" de que ha hablado George Steiner. Pero, sobre todo, si los profesionales de las humanidades quieren por una vez actuar con sentido común y eficacia, su papel habrá de ser el de garantes de la permeabilidad entre las instituciones sabias a las que pertenecen y el progreso de la sabiduría, la democracia y la dignidad del ser entre los ciudadanos de un país entero.


Artículo publicado por Jordi Llovet en el diario "El País"
Imagen: Igor Morski (pintura)

sábado, 23 de abril de 2016

EUROPA




Jueves, 6 de Brumario. Mes de la niebla.

Mañana estaré gritando en otra jaula y contando fábulas sin moraleja.

La prima noche florece. La conocí en una mirada y, con un parpadeo, me ahogó en historia. Bailamos un vals hasta 2001. Allí, las Torres Gemelas rieron, y vomitaron fuego, y el vuelo de un pájaro fue interrumpido. Y sus ojos fueron las Torres Gemelas.  Y yo el pájaro. Llegó 1945, y ahora bailábamos jazz. Y Truman juraba que las ruinas de Roma no eran nada, y lamía con codicia las devastadas Hiroshima y Nagasaki. Y eso me decía ella: que las ruinas de Roma no eran nada. Y tampoco Hiroshima. Y tampoco Nagasaki. Sus ojos me exhortaban a la desmesura, los perpetradores me advertían a gritos de su propio crimen, pero yo quería mirar esas ruinas tan bonitas que ella llevaba dentro. Así que seguimos bailando. Un pasodoble. Y el pueblo francés, en 1789, a la toma de la bastilla, con sed de revolución y victoria. Y yo también.

Hace poco me enteré de algo asombroso: cuando las plantas no realizan la fotosíntesis, toman oxígeno y expulsan dióxido de carbono.

El cénit lunar me asedia.                                                                                                                           
Ella era una demente, una inestable. Sus andares aullaban que, en su terreno, el juicio era un lastre. Me detallaba entre susurros que estaba dando comienzo a una revolución temporal. Mediante esta insurrección contra Chronos, iba a subvertir la distribución horaria que actualmente existía, y la iba a quebrantar. El vituperio de su religión era aquel repulsivo ente que dictó que un  minuto constaba de 60 segundos y un año de 365 días. Ella me juraba que aquel sujeto nos había sometido al perpetuo infortunio, a la constante alerta, y que el deleite se extinguiría y jamás podría ser de nuevo testado. No quería someterse a nada. Perdía trenes y nunca se citaba en un sitio concreto a una hora concreta. No tenía un maldito reloj en toda la casa. No necesitaba un pedazo frágil y precario de sí misma. Cuando te topas con una revolucionaria de este calibre, solo puedes sobrevivir de dos maneras: repudiando radicalmente su revolución o sometiéndote a ella.                                                                           
Me arrastraba a su locura.                                                                                                            
Hacíamos el amor  durante horas. Nuestras lenguas eran sátiras contra cualquier pregunta existencial jamás planteada. En la catástasis del orgasmo, dibujaba con sus dedos en mi firmamento estelar la constelación de Tauro y me contaba a suspiros la genealogía de su nombre; Europa. Éramos el merismo más mortífero jamás escrito. Ella, una mamba negra; yo, un leopardo de las nieves. La génesis del placer derivaba siempre de su barbilla ligeramente inclinada y sus ojos de ámbar sedientos de gloria atacando de lejos.                                   
Caíamos rendidas, llenas de gozo y placer y leíamos Bukowski con jazz de fondo. A mí no me gustaba el jazz pero no me quejaba, porque sabía que no podía ser de otra forma. Cuando llegábamos a un fragmento sexual, nos levantábamos y jugábamos a interpretar, como dos actrices experimentadas y como dos niñas felices, cada vocablo que el poeta maldito nos dictaba. La hora en la que caíamos en el trance del sueño era variable. No llevábamos un ritmo de vida austero. A veces, dormíamos en brazos de la madrugada; otras, la somnolencia nos seducía en el culmen del sol.                                                                                                                                     
Ella estaba convencida de que la única manera de vencer al Señor Tiempo era omitiendo su presencia de manera absoluta. Lo que la muy ingenua no sabía, es, que como dicen, el diablo sabe más por viejo que por diablo, y la erudición del tiempo es infinita.      
Si Chronos se materializase como un ente humano patente, sería una persona dichosa y taciturna, la personificación de un oxímoron, de mirada vacía, que ha visto por sus cristales correr la pasión de dos amantes queriéndose a oscuras y la desolación de la guerra. No hay nadie más sabio que el tiempo, Europa; el tiempo lo ha visto todo.                                             
Aún a veces me cuestiono quién era el verdadero lunático. ¿Se habría vuelto loca por el perpetuo silencio de las manecillas del reloj? ¿O eran esas manecillas, atronadoras,  las que nos habían vuelto a todos los demás locos? La locura se establece por comparación, y, ¿quién dicta la norma?                                                                                                                                            
A fin de cuentas, todo ser humano necesita depender de algo para mantenerse relativamente ‘cuerdo’, y, como ella abolía completamente las leyes temporales, se aferraba a unas leyes visualmente estéticas muy firmes, regidas por la simetría. Estaba obsesionada. Hasta su fino pelo lacio brotaba como una catarata de un abismo situado en mitad del cráneo. Sé que aborrecía en secreto, poseída por un ímpetu destructivo, el lunar que tenía yo encima del labio. Pensaba que rompía con la armonía simétrica de mi rostro. También detestaba a susurros que tuviese el pecho izquierdo más grande que el derecho; pero a pesar de ello, le resultaba atractiva.
Una vez, me dijo:  
— Eres bonita, Nix.
— La belleza no es. No existe ciencia, sino crítica de lo bello. — Contesté.
— La ciencia no es más que un arraigo de la crítica. No debería existir la clasificación del discernimiento en ciencias y colores. Todo nace del mordisco de Eva a la manzana.
— La curiosidad. —Hice una breve pausa. —No está bien separar a hijos de la misma madre.

Alguien me contó que cuando una combustión se lleva a cabo (la quema de madera, por ejemplo), se necesitan unas cantidades determinadas de oxígeno y dióxido de carbono. Si estos componentes se encuentran en abundancia o en escasez, se da lugar a monóxido de carbono. El monóxido de carbono es altamente tóxico si se respira en grandes cantidades durante mucho tiempo.

El alba viene a besarme las sienes.  
Un jueves, ella me dijo:
—Nos reencontraremos en un templo de aguas perdidas, bañadas en luz de luna, en la decadencia de un réquiem.

Encendí la chimenea y me tumbé en la blanca cama de matrimonio, rodeada de 2036 flores. Leí a Bukowski:

‘La manera de finalizar un poema como éste es quedarse, de pronto, callado.’




María Trapero, alumna de 1º de bachillerato, del blog "la quintaesencia del barro" 
Imágenes: Matt R. Martin, "disturbing I, IV, VI" (pintura)

lunes, 7 de marzo de 2016

TIEMPO




          ¿Qué ves?
Dos manos con sus respectivas cicatrices, aunque algunas desearíamos no tenerlas. 
     Un dedo anular con su respectivo anillo de casados, aunque falte uno de la pareja.
     Unas arrugas en su respectiva persona, aquella que tanto significa para nosotros, aunque desearíamos tenerla más tiempo. 

¿Solo eso? 
 No, y el tiempo, veo el tiempo con sus respectivos segundos, minutos, horas, días…, aunque nunca el suficiente. También veo la muerte, con sus respectivas esperanzas a que tarde en llegar y, con sus miedos y temores, aunque, ¿de verdad tendríamos que tenerlos?

¿Y qué te transmite? 
 Sentimientos antagónicos, tristeza y felicidad, pero ¿es esto posible? La tristeza sería lo común, lo lógico, debido a la pérdida de un ser querido, a toda su esencia y, a tener que basarse en recuerdos que con el tiempo acabarán desapareciendo con ella pero, ¿y si sientes alivio? No porque esa persona se vaya, sino porque sabes que va a dejar de sufrir y, todas sus agonías desaparecerán y quedará descansando en paz, para siempre.

Me produce angustia, porque ningún ser humano está preparado para el fin aunque Platón afirme que "la filosofía es una preparación para la muerte". Tenemos miedo a que nuestra existencia acabe, aunque en realidad lo que tememos es a cómo morir. Morir solo, acompañado, sufriendo o no, de un tiro en el pecho o  por viejo. Todo depende, y no lo podemos definir. 

      Lo cierto es que la célebre frase: “no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”, se cumple en demasiadas ocasiones. ¿A qué me refiero con esto? A que nos pasamos toda la vida invirtiendo en objetos o consejos que nos hagan “ahorrar tiempo” cuando, lo que deberíamos hacer, es aprovecharlo. A lo mejor no resulta tan malo escuchar las historias que tus abuelos te cuentan sobre lo que han vivido o, los típicos consejos de tu madre y de tu padre que solo pretenden ayudarte y hacerte feliz. A lo mejor, no es tan malo pasar más tiempo juntos porque no somos seres infinitos y, a lo mejor, tampoco es tan malo disfrutar con ellos en vez de verles consumirse porque, al fin y al cabo, la pérdida ya es una pérdida y, por ahora, no podemos viajar al pasado.


¿Entonces, que piensas sobre mí? 
 Creo que a los seres humanos nos da miedo lo desconocido. Necesitamos conocer para sentir confianza y tranquilidad, por eso nos angustia tanto el hecho de que algún día dejaremos este mundo. Nunca sabremos a dónde iremos, si al cielo o al infierno, si renaceremos o simplemente dejaremos de existir. Todo aquello que escapa de nuestro control nos asusta, porque no somos capaces de predecir cuándo ocurrirá ni tampoco seremos capaces de experimentarlo. Por eso creo que tú te encuentras y te encontrarás siempre en la mente y que, a lo largo de nuestro camino, nos iremos acercando más a ti  hasta que nos agarres y nos lleves contigo. Así sucede y así sucederá, un hecho inevitable del que estamos tan acostumbrados, que nos hemos hecho inmunes. Así pues, no debemos temerte pero tú a nosotros sí, pues como decía Zenón de Citio, "ninguna pérdida debe sernos más sensible que la del tiempo, puesto que es irreparable".

 Esther Escalada, alumna de 1º de bachillerato
Imagen: fotografía original