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martes, 13 de junio de 2017

SOBRE LA ÉTICA NARCISISTA: ¿DEBEMOS CONSUMIR ANIMALES?




Beeeeee!” – suplicaba Blanquita. Gritos de dolor me estremecían, me resultaban familiares, comprendía su lengua.  – Ella parecía estar más a gusto cuando era reducida a objeto de consumo; una prenda, una vianda, si eso le otorgaba la vida, como regalo. Ingenua, no comprendía que esa vida no merecía ser vivida, tenía derecho a ser libre. Sobre la dignidad de la persona hablaban los narcisistas antropocentristas, hipocresía y desconocimiento a la vez entraban en los oídos de Blanquita. Los valores del beneficio propio, el mal menor, y el falso sentimiento de supervivencia y de libertad afloraban en los corazones de aquellos que dejaron morir a una indefensa cordera, como cómplices de su asesinato, y con la mentira entre los dientes, donde debía existir remordimiento.

Quiero avivar la llama de una lucha que parece perdida a día de hoy (considerando que la cultura occidental se basa en los productos de origen animal), con el fin de conmover y de cambiar, porque "la rebelión es una de las pocas posiciones filosóficas coherentes; le da valor a la vida", como afirmaba Albert Camus en El Mito De Sísifo. 

El código ético que el hombre occidentalizado abraza en el siglo XXI, esconde tras una cortina de caridad y de justicia, la verdad de la malevolencia injusta, clasificando como un “bien” al animal capaz de sentir y desarrollar una personalidad sin la opresión del más fuerte. Hemos dejado atrás el racismo para acabar hundidos en un terrible especismo, y es la falta de empatía ante la evidente verdad la que extingue esa llama.

Por eso, no debemos consumir producto animal porque:

1.      Debido a nuestra superioridad en el ámbito intelectual, respetarlos, y velar porque sean respetados es nuestra responsabilidad.
2.      Ser solidarios con aquellos que presentan un parentesco filogenético con nosotros es nuestro deber.

A lo largo de la historia, el hombre ha usado como pretexto el racismo o el sexismo para discriminar a quien consideraba diferente. A día de hoy, seguimos sobrecogidos por esa misma heteronomía, oculta, aunque algunos de los que comprenden la inmoralidad de sus actos, los han cesado. Tanto la experiencia del ser humano en este mundo como su desarrollo intelectual favorecen un posible futuro de tolerancia y de respeto a los otros.  Tenemos un cargo de índole igualitaria, para compensar todo el daño y sufrimiento que hemos causado, de la misma manera que lo tiene el hombre sobre la mujer por siglos de opresión. El veganismo es la respuesta correcta a esta cuestión, porque acredita la responsabilidad del hombre sobre el medio, y recuerda cómo a lo largo de historia, este ha estado evadiéndola fundamentándose en la ética de la virtud natural y del bien humano.

 Todos los animales de hoy, han crecido bajo la tutela de un ser que declara tener el derecho a explotarlas por y para su consumo, decidiendo sobre su vida. Sería adecuado brindarles la posibilidad de desarrollarse libremente en la medida de lo posible para que estos no queden atrapados bajo el conocido “síndrome de la domesticación”, que les genera de forma innata la dócil obediencia al maestro. Debemos considerar entonces que nuestra capacidad intelectual debe ir ligada a nuestra capacidad de compartir, pues eludir la responsabilidad más tiempo supone egoísmo, valor que aquellos narcisistas tachan de “negativo”.

"Un gran poder conlleva una gran responsabilidad." – Franklin D. Roosevelt & Tío Ben (Spiderman)

Fue Immanuel Kant, uno de los seguidores de este narcisismo filosófico, el que expandió por primera vez el concepto de dignidad, indicando que es una cualidad exclusivamente humana, y no de cualquier otro animal. Siendo Kant un racionalista, parte de la base de que nuestra razón nos ha habilitado nuestra dignidad, pero, cuándo la adquirimos? Fue cuando el hombre miró por primera vez las estrellas? Fue cuando nació este señor? En qué momento se manifestó esta nuestra dignidad? Es difícil determinar el instante en el que el hombre “ya no fue animal”. Por eso, cabe la posibilidad de que el resto esté enfrentándose a este paulatino avance y, por tanto, deberíamos concederles el don de la dignidad a ellos también. Peter Singer, filósofo animalista argumenta que a pesar de que los animales dan muestra de menor inteligencia que el ser humano medio, muchos seres humanos con retraso mental grave muestran una inteligencia comparable a la animal, y eso no justifica que se otorgue menor consideración a los humanos con retraso mental.

 La herramienta que utiliza el ser humano para desarrollar valores universales de igualdad, como la dignidad, es la empatía. La empatía nunca antes se había aplicado a seres no humanos, mas su introducción correcta en la misma ley formulada en el imperativo categórico de Kant: «Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio» (Fundamentación de la metafísica de las Costumbres), sustituyendo lo humano por lo sensible*, nos hace darnos cuenta de que es perfectamente válida para el resto de animales. No matamos porque no nos gustaría que nos matasen, seamos humanos, seamos vacas, no debemos usar tampoco a aquella oveja como medio para tejer un abrigo de lana. Es una obligación moral (fin en sí mismo), por tanto, servirse de la empatía, y, por ende, de la consiguiente moral universal con todo ser sensible; siente dolor si es apuñalado, siente placer si es liberado.

* (Me atribuyo ahora el derecho a catalogar como seres sensibles  a todos aquellos que cuenten con un sistema nervioso, descartando a seres vasculares como las plantas, porque no pueden sentir: "la pregunta no es, ¿pueden razonar?, ni ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir? como afirmó Jeremy Bentham en su Introducción a los principios de moral y legislación. De esta manera, la minimización del sufrimiento, clave en el pensamiento del pensador utilitarista inglés, Singer intenta solucionarla con una filosofía vegana).

Sin embargo, a veces ocurre que los filósofos narcisistas se transforman en biólogos naturalistas, y resumen la más evidente refutación en torno a la alimentación humana: “somos omnívoros”, y, por tanto, “podemos comer animales”.

El mismo positivismo de Comte, que se aplica a la ciencia y la religión, es una válida respuesta a esta pregunta porque el sacrificio del pasado no justifica la inmoralidad del presente. Es cierto que hemos necesitado una alimentación omnívora para llegar a nuestro estadio actual, por una razón cuya lógica es aplastante: cuantas más cosas podamos comer, más fácil es sobrevivir, perpetuar la especie, y evolucionar. No obstante, habiendo servido ya en el pasado, hoy podemos desechar la parte carnívora porque no nos es necesaria para sobrevivir. Como ejemplo sencillo, en relación al consumo animal directo: antes de la invención del fuego, el ser humano era capaz de tolerar la carne cruda cazada en el acto (incluso carroña), y estaba dotado de una dentadura y una mandíbula idónea para ello. Hoy los caninos han quedado obsoletos gracias al uso de los cubiertos, y, por regla general, no es sano para el cuerpo humano consumir carne cruda, por eso la cocinamos. Estos hechos son los primeros indicios de que debemos ir desechando la carne hasta acabar etiquetándonos de herbívoros. Por otro lado, el resto de animales que comen otros animales no son capaces de plantearse esta cuestión si quiera, ya que no han llegado a desarrollar principios morales universales, por ello, su asesinato está justificado. Les es necesario para prosperar.

Por supuesto, cada ser humano es libre en su totalidad, y si eso le implica utilizar animales como medio para su bien, está en su derecho (moral y legal), debe poder hacerlo. Aun con todo, es mi deber promulgar la ética emotivista del bien, que conocemos ignorar, de la que ha huido la inmensa mayoría de occidente, (evadiendo la importancia del concepto de “matadero”, por ejemplo) para que aquellos que obren el mal sean conscientes de que lo están haciendo. Y así sea, que esta ética axiológica que abrazo posibilite un futuro para aquellos seres que merecen nuestro respeto ahí donde apreciamos nuestras raíces, dado por aquellos que, a priori y con la desidia de las consecuencias, decidimos obrar el bien.

“Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza”– Kant-



Disertación realizada por un alumno de Bachillerato
Imagen: "Viñeta", El Roto

miércoles, 18 de enero de 2017

MÁS PLATÓN Y MENOS DORA, LA EXPLORADORA


En la Universidad de Londres, el sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos ha exigido que desaparezcan del programa filósofos como Platón, Descartes o Kant. Por racistas y colonialistas. En su escrito, el sindicato se refiere a estos —y a otros personajes históricos— como “filósofos blancos”. Además, demanda que sean estudiados únicamente si el alumno lo solicita y siempre poniendo su pensamiento “en el contexto”. Por ejemplo, los filósofos de la Ilustración deben ser explicados —y desacreditados— junto a su “contexto colonial”.
Resulta paradójico que en una universidad —que se supone es, entre más cosas, el lugar donde todas las ideas fluyen, se confrontan y permiten el surgimiento de otras nuevas— haya quien prohíba mostrar ideas de pensadores que, guste o no, han conformado el mundo en que vivimos. Más paradójico todavía es que esta reivindicación se base en una especie de... ¿antirracismo racista? ¿Qué tienen en común Platón y Descartes? Que son blancos. Bueno, ojo con Platón. Si apareciera hoy en un aeropuerto europeo con su verdadero aspecto probablemente sería deportado. Y que son colonialistas. Es decir, para estos alumnos nada ha cambiado entre la Atenas del siglo IV antes de Cristo y la Francia del XVII. Al parecer, además de la Filosofía, tienen problemas con la Historia.
Pero la cuestión no es esa. En una época donde a la mentira le llamamos “posverdad” y al totalitarismo social “corrección política”, no es difícil quedar a expensas de un grupo —por pequeño que sea— organizado y dispuesto a imponer cualquier disparate ante una mayoría aterrorizada de que la etiqueten si se le ocurre oponerse. Resulta obvio que ningún personaje histórico resiste cinco minutos un análisis con los ojos de hoy en día. Por ejemplo, Platón perseguía a sus alumnos para enseñarles algo que no es precisamente el mito de la caverna.
Luego viene el fenómeno snowflake student (estudiante copo de nieve). No solo tengo derecho a elegir asignaturas, sino los contenidos de estas. Y aunque no tengo ni idea —ni quiero tenerla—, puedo arrinconar a quien sea para exigir que ni me mencione contenidos que desafíen lo que pienso, alegando que son “ofensivos”. Ahí tenemos lo ocurrido en la Universidad de Glasgow, donde se previene a los estudiantes de Teología —atención, Teología— de que las imágenes de la crucifixión pueden resultarles “incómodas”. Si esto sigue así, van a terminar incluyendo en la guía docente Dora, la exploradora.
En estos tiempos del “arden las redes sociales”, uno de los últimos reductos de pensamiento libre y reflexivo es la Universidad. Lo que suceda en esa institución ad intra —perdón por el uso del latín imperialista— resulta crucial para conformar la sociedad de los próximos años. Si la Universidad también cae en manos de la nueva inquisición del totalitarismo ofendido apoyado por los indignados de guardia en las redes sociales —inquisición que ya deja sentir su larga mano en otros ámbitos—, tal vez sea mejor cantar como Javier Krahe: “Pero dejadme, ay, que yo prefiera la hoguera, la hoguera, la hoguera"

Artículo publicado por Jorge Marirrodriga en su columna "El acento"
Imagen: Miguel Brieva (viñeta)


domingo, 12 de junio de 2016

MORAL ¿UNIVERSAL?


Hace varios años, Joshua Greene, un profesor asociado de la universidad de Harvard, realizó un experimento conocido como “el problema de la carreta” (The trolley problem). En él se planteba la siguiente situación: una carreta va descontrolada por un rail, en medio del cual se encuentran 5 personas; todas ellas morirán, a menos que alguien accione la palanca que cambia la vía por la que discurre la carreta, caso que solo ocasionaría la muerte de un solo individuo. Otra variante que se planteaba era que se empujara a algún inocente a la vía, frenando el camino de la carreta y salvándolos a todos. Y la pregunta era: ¿qué harías?

Los resultados fueron reveladores: los más emocionales, que usaban el lado derecho del cerebro más, se negaron a matar a un inocente para salvarse. Los más racionales opinaban que la muerte de uno solo era mejor que la muerte de cinco. Y para todos era más sencillo accionar el botón que acababa con la vida de una persona que el acto de empujar a otra a las vías.

Los estudios más recientes respecto a la cuestión moral parecen determinar que tenemos conocimientos innatos sobre la misma desde la niñez. Diferenciamos el bien y el mal, la crueldad de la compasión, y experimentamos empatía con aquellos que sufren. No obstante, la cuestión no es tan simple como nos gustaría.

Según Greene, en su obra Moral tribes: emotion, reason, and the gap between us and them, el problema es que somos animales sociales, diseñados para colaborar en un entorno determinado, un grupo, pero menos para hacer lo mismo con otros. “La moral no ha evolucionado para promover la cooperación universal”. Eso, que en los tiempos de la prehistoria era lógico y con pocas consecuencias, es ahora, en nuestro mundo superpoblado y globalizado, harina de otro costal. Supuestamente estamos hechos para colaborar, pero también lo estamos para mirar por nosotros mismos, buscar lo que merecemos (o creemos que merecemos) y sobrevivir. Baste un ejemplo de esto último: otro estudio preguntaba a los participantes en una tarea académica en grupo qué porcentaje del trabajo final correspondía a su labor. La suma de su ‘trabajo’ era de 140%. Todos creemos que merecemos más de lo que verdaderamente nos hemos ganado.

Los diferentes grupos, sociedades o culturas tienen diferentes perspectivas morales. Lo que él denomina “la tragedia del sentido común” de la moralidad. No es que el ser humano se enfrente en guerras y conflictos con otros por ser ‘egoísta’, sino que cada cultura tiene diferentes visiones de lo que una sociedad ha de ser y dichos choques éticos terminan en conflictos violentos.
Parece lógico que tengamos un sentido innato de justicia. A fin de cuentas, todos creemos que un buen comportamiento ha de ser premiado y uno malo castigado, pero eso no es tan sencillo, puesto que obvia el hecho de que no hay juicios imparciales, pues dos personas raramente estarán de acuerdo al 100% y en toda situación acerca de qué o quién es el malo y qué o quién el bueno. Es algo que está detrás de todos los conflictos: el rol que las diferentes creencias morales juegan en la interpretación de los mismos.

¿Cuál es la solución? Greene propone en su obra que nos deshagamos de la diversidad de opiniones morales. La creación, no sin mucho trabajo, de un código moral universal. Una especie de código de circulación internacional de la actuación correcta a seguir por los seres humanos.


La solución, que bebe de una concepción utilitarista (el mayor bien para el mayor número) de dicho código, debería estar basada en la racionalidad (los que en el caso del carrito optaban por salvar a 5 a cambio de la vida de uno), por una razón simple: los sentimientos no pueden ser cuantificados y son inviables de cara a tomar decisiones a nivel general, ya que implican percepciones individuales que, a la largo, imposibilitarían la creación de dicho conjunto de reglas. Una tarea titánica, llena de aristas y espinas, que, por otra parte, no deja de tener su miga y abre un nuevo debate sobre la posibilidad o no de alcanzar una convivencia pacífica y duradera en el planeta Tierra.  

Artículo publicado en la Revista "Filosofía Hoy"
Imagen: Viñeta (anónimo)

miércoles, 16 de marzo de 2016

¿PUEDEN PENSAR LAS MÁQUINAS?




- ¡Vaya consuelo! Perdiste la confianza del Congreso, pero te has ganado la confianza de Multivac.
-La confianza de Multivac es lo más importante en este mundo- manifestó Bakst, totalmente serio.

"Vida y Obra de Multivac", Isaac Asimov

Analizando detenidamente el extracto, nos podemos plantear ¿cómo es posible que Multivac pueda sentir confianza o desconfianza por alguien? La confianza se trata de un concepto que, a priori, asociamos únicamente con los individuos de nuestra misma especie. Por ejemplo, un teléfono móvil no es capaz de confiar ni desconfiar en su dueño ya que, el dispositivo no puede saber si su propietario es ‘de fiar’. Hasta el momento, no existe ninguna máquina que sea capaz de, ni siquiera, acercarse al nivel de complejidad del pensamiento humano pero, es posible, e incluso probable, que en futuro no muy lejano este tipo de máquinas empiecen a aparecer.

Ahora bien, ¿qué poseemos los humanos que nos permite pensar y sentir, cosa que, ni animales ni ordenadores supuestamente pueden hacer? ¿De qué modo nuestro organismo difiere de un primate o de una abeja, para justificar la existencia tal diferencia?
Podríamos afirmar que la causa de la existencia de esas características únicas y especiales radican en la presencia de una mente propia y única de los seres humanos. Sin embargo, existen una gran variedad de formas a la hora de afrontar el ‘dilema mente-cerebro’. ¿Acaso la mente conforma una parte física de nuestro cerebro o -como, por ejemplo, gran parte de las religiones afirman-  esta se trata de un elemento que transciende a nuestra propia realidad?

Dependiendo del punto de vista que cada uno de nosotros adoptemos ante esta cuestión, la respuesta a la pregunta de si las máquinas pueden pensar será totalmente diferente.
Existe la posibilidad de que mantengamos una postura cercana al fisicalismo -también conocido como materialismo reduccionista- y, creamos que el ser humano -así como todo lo que existe en nuestro universo- se pueda reducir a un conjunto de partículas que interaccionan entre sí. En ese caso, podremos comenzar a plantearnos la posibilidad de que las máquinas puedan pensar.
Los fisicalistas no creen en la existencia de ningún ente o elemento extracorpóreo que nos haga diferentes de los demás seres vivos, incluso de las máquinas. Para ellos toda la materia que compone nuestro universo consta de unas propiedades similares e inalterables, de las cuales también nosotros damos cuenta.
Por lo tanto, ¿cuál es el elemento que nos podría hacer diferentes de todo lo demás?
Definitivamente no somos iguales a una piedra, ni tampoco nos parecemos a un protozoo, entonces: ¿qué es lo que hay diferente en nosotros?
La gran mayoría de fisicalistas opinan que la clave de nuestro "ser" reside en el cerebro. Ese órgano, por lo tanto, es el único responsable de que seamos lo que somos.  De él provienen todos nuestros pensamientos y sentimientos y, hacia él viajan todos los estímulos que captamos de la realidad a nuestro alrededor.

Se explica así la mente humana con la ‘metáfora del ordenador’: según esta nuestro cerebro es como una máquina en tanto que responde a estímulos (inputs) elaborando una respuesta (outputs).

Ahora bien, ¿qué es lo que nos ha sucedido para que desarrolláramos un cerebro único y singular?
Desde los mismos orígenes de la especie humana, con el Ardiphitecus y, más tarde el Australopitecus, la capacidad craneal de nuestros ancestros fue progresivamente aumentando. El ulterior desarrollo del lenguaje, junto a la fabricación y utilización de herramientas -entre ellas el fuego y las armas de caza- ha permitido que, a día de hoy, el hombre sea tal y como lo conocemos.
Todo ello, unido al desarrollo de la vida en sociedad, permitió que nuestros primitivos congéneres tomaran un camino diferente al resto de animales. Fueron paulatinamente adquiriendo una consciencia, una mente: algo que les hizo situarse un escalafón por encima del resto de seres vivos -evolutivamente hablando-.

Para los defensores a ultranza de la teoría fisicalista, nuestra esencia y naturaleza se podría reducir a un conjunto de uniones sinápticas entre unas células llamadas neuronas. Todo nuestro yo, desde nuestros más básicos instintos hasta los pensamientos de mayor profundidad, serían pues el resultado de la transmisión de impulsos nerviosos entre estos corpúsculos. Nuestra mente, la cual consideramos única y especial, se reduciría a un conjunto de procesos bioquímicos de gran complejidad que, no son únicos en la especie humana.
  
Turing: Bueno, si solo cuenta el cerebro, déjenme proponer el siguiente experimento mental. Efectuemos un mapa minucioso de todas las neuronas, sinapsis y demás conexiones del cerebro del Dr. Haldane. Ahora supongan que sustituyo cada uno de estos componentes por un equivalente electrónico, todos ellos conectados exactamente de la misma forma a como están unidos los componentes del cerebro de Haldane. Entonces, no solo esta copia electrónica del cerebro de Haldane debería Pensar 'justo como Haldane, sino que según la teoría de la continuidad física debería 'ser' Haldane.
"El quinteto de Cambridge", J.L.Casti

Pero, ¿no es cierto que, en algún momento, seremos capaces de replicar todas las conexiones neuronales de nuestro cerebro? ¿Podremos entonces afirmar que las máquinas piensan? O, como afirma Turing, ¿deberemos considerar a ese artefacto como un ser con vida y sentimientos -al contar con ese yo característico de la especie humana-?
Muchos autores dentro del campo de la ciencia-ficción, como Philip K. Dick, Isaac Asimov e, incluso, Stephen King han tratado de forma extensa la posibilidad de que ciertos artefactos electrónicos puedan llegar a tener vida.
Asimov, dedicó gran parte de su producción literaria a los robots. También elaboró diversos relatos de corta extensión que giran en torno a Multivac, un potentísimo supercomputador presente universalmente en nuestro planeta, con una capacidad muy superior a la de los seres humanos, capaz de sentir y de pensar.
Philip Dick, también introdujo en su obra el tema de máquinas que contaban con voluntad propia y, en cierto modo, también con sentimientos. En la novela ¿Sueñan los androides con Ovejas Eléctricas? realiza una extensa reflexión sobre la posibilidad de que los seres artificiales tengan la capacidad de pensar y de tomar sus propias decisiones. Asimismo, se plantea la posibilidad de que los seres humanos podamos sentir empatía por máquinas que simulan tener vida.

—Estoy bien —sacudió la cabeza, como si tratara de aclarar sus ideas, aún sorprendido—. La araña que Mercer le dio a Isidore, el cabeza de chorlito, también debía de ser artificial. Pero no importa. Las cosas eléctricas también tienen su vida, por pequeña que ésta sea.

"¿Sueñan los androides con Ovejas Eléctricas?", Philip K.Dick

Turing, una gran eminencia en el campo de las matemáticas, ideó un test para determinar si las personas eran capaces de identificar si estaban manteniendo una conversación con un ordenador o con un ser humano. Hasta el momento ninguno de los ordenadores ha logrado convencer a todos sus interlocutores de que se trataba de un ser humano pero, en los últimos años, varios software -como ‘Eugene Gootsman’- han conseguido engañar a más de un 30% de ellos. ¿Deberíamos pues, plantearnos la posibilidad de que estos circuitos impresos aparentemente inertes alberguen algo de vida en su interior?

En contraposición a la mentalidad reduccionista o fisicalista, existen otros planteamientos que no conciben la posibilidad de que ningún otro ser o, ‘máquina’, sea capaz de pensar del mismo modo que nosotros, los seres humanos, lo hacemos. Pero, ¿acaso las máquinas y los ordenadores no son programados por humanos y se limitan únicamente a repetir, una y otra vez, las órdenes para las que han sido instruidas?
¿Cómo un dispositivo de esta índole puede ser capaz de abandonar su secuencia lógica y hacerse autónomo? Para que un ordenador sea capaz de desarrollar una conciencia y pensar, es necesario que éste sea construido y diseñado específicamente para ese fin.
De todos modos, sería necesario llevar a cabo una investigación de tal magnitud que, a día de hoy, seguramente sería inviable teniendo en cuenta la tecnología de la que disponemos. En todo caso, ¿sería ético llevar a cabo este tipo de investigaciones? ¿No estaríamos poniendo en peligro la estabilidad de nuestra sociedad e, incluso, de nuestra especie?

Una gran variedad de posturas relacionadas con el ámbito filosófico y religioso, plantean una opción diferente a la expuesta hasta el momento: la separación entre cuerpo -nuestra parte física- y, mente -la parte no física o transcendente- a la que también nos podemos referir como alma.

Tengo yo un cuerpo al que estoy estrechamente unido, sin embargo, puesto que Por una Parle tengo una idea clara y distinta de mí mismo, según la cual soy algo que piensa y no extenso, y, por otra parte, tengo una idea distinta del cuerpo según la cual este es una cosa extensa, que no piensa, resulta cierto que yo, es decir mi alma, por la cual soy lo que soy, es entera y verdaderamente distinta de mi cuerpo, pudiendo ser y existir sin el cuerpo.

"Meditaciones metafísicas", René Descartes

Si compartimos esta posición dualistas, nos resultará imposible afirmar que una máquina sea capaz de pensar y sentir, de la misma forma en la que nosotros lo hacemos. 
Los fisicalistas piensan que, la única y principal diferencia entre nosotros y una bacteria, es el grado de desarrollo de nuestro cerebro. Por lo que los defensores de la existencia de dos elementos antagónicos, no compartirían nunca este planteamiento. Sin embargo, ¿acaso no todos los animales superiores tienen un cerebro con características similares al nuestro? Entonces, ¿por qué un chimpancé no es capaz de hacer música ni reflexionar sobre el sentido de su vida?
Parece ser que nosotros, los humanos, simplemente por el hecho de serlo, contamos con una cualidad no-física que nos obliga a ser cómo somos.

Dicha cualidad, es a la que los filósofos presocráticos denominaban psiké (alma). Platón, entre otros, defendía que a cada ser humano, en el momento de nacer, un dios hacedor denominado "demiurgo" insuflaba el alma a los cuerpos. A partir de ese momento, el sentido de nuestra vida se centraba en recordar todo aquello que, esta parte inmortal y trascendente, había olvidado con el paso al mundo material. De igual modo, filósofos como Aristóteles o, posteriormente Descartes, también propusieron diferentes teorías en este sentido, recalcando la diferencia entre ambos elementos.
Por lo tanto, desde el punto de vista dualista, es esta parte inmaterial la que nos hace y distingue como personas y no como animales salvajes. Pero, ¿puede un conjunto de cables y transistores tener alma? ¿Puede un ordenador contar con este componente metafísico?
La respuesta a estas preguntas, aunque parezca mentira, no puede ser respondida de una manera rotunda.

La mayoría de fisicalistas defienden que -a nivel teórico- sería viable la posibilidad de que algún día un circuito llegara a alcanzar el nivel de complejidad de nuestro cerebro y, por lo tanto, generara sentimientos y pensamientos, tal y como nosotros lo hacemos.
Sin embargo, la mayor parte de dualistas niegan la posibilidad de que un circuito electrónico pueda llegar a tener mente. Aunque este contara con una estructura similar a nuestro cerebro, sería incapaz de desarrollar la dimensión ética, autoconsciente y sentimental que nos caracteriza. Según ellos, la máquina no podría sentir envidia, odio, o empatía. Sin embargo, podría ser capaz de resolver problemas matemáticos de diversa índole.
Por lo tanto, ¿pueden ser capaces las máquinas de pensar?

Para intentar hallar la respuesta a esta pregunta, cada uno debe sopesar sus creencias y pensamientos acerca de su propia naturaleza. Más allá de plantearse si un dispositivo electrónico pudiese alcanzar una actitud similar a la humana, la cuestión tiene aún mayor transcendencia.
¿Somos únicos? ¿Tenemos motivos para considerarnos especiales en algún modo por tener la capacidad de reflexionar y sentir? ¿En el fondo, no somos máquinas programadas por la evolución que simplemente nos limitamos a ejecutar el código genético escrito en nuestras células? Y, finalmente: ¿podrá algún día una máquina reflexionar sentir, y pensar,  tal y como nosotros, los seres humanos, lo hacemos?

- Multivac, ¿qué es lo que deseas? -
El momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les pareció interminable, pero Othman y Gulliman no se atrevían siquiera a respirar.
Se oyó un clic y surgió una tarjeta. Muy pequeña. Sobre ella, con letras muy claras, se hallaba la respuesta:

- Deseo morir. -


Rafael Navarro, alumno de 1º de bachillerato
Imagen: Sebas Taits (viñeta)

jueves, 2 de julio de 2015

LA (DES)EDUCACIÓN





En nuestra democracia, cada cierto tiempo los miembros del «rebaño» tienen la posibilidad de participar en la aprobación de uno u otro líder, mediante un proceso conocido como «elecciones». Una vez han aprobado a este o a aquel miembro de la clase especializada, deben retirarse y convertirse de nuevo en espectadores. Cuando el «rebaño desconcertado» intenta ampliar su papel como mero espectador, cuando la gente intenta participar en la acción democrática, la clase especializada reacciona en contra de lo que se pasa a denominar una crisis de la democracia.


En el caso de la enseñanza, se trata de los estudiantes; no hay que verlos como un simple auditorio, sino como elemento integrante de una comunidad con preocupaciones compartidas, en la que uno espera poder participar constructivamente. Es decir, no debemos hablar a, sino hablar con. Eso es ya instintivo en los buenos maestros, y debería serlo en cualquier escritor o intelectual. Los estudiantes no aprenden por una mera trasferencia de conocimientos, que se engulla con el aprendizaje memorístico y después se vomite. El aprendizaje verdadero, en efecto, tiene que ver con descubrir la verdad, no con la imposición de una verdad oficial; esta última opción no conduce al desarrollo de un pensamiento crítico e independiente. La obligación de cualquier maestro es ayudar a sus estudiantes a descubrir la verdad por sí mismos, sin eliminar, por tanto, la información y las ideas que puedan resultar embarazosas para los más ricos y poderosos: los que crean, diseñan e imponen la política escolar.



Noam Chomsky, La (des)educación
Imagen: El Roto (viñeta)

jueves, 22 de enero de 2015

TODO CUANTO NECESITAS EN LA VIDA ES... FILOSOFÍA







La filosofía es parte de la cultura general. En concreto, la filosofía es el momento de máxima conciencia de esa cultura.

El mundo objetivo está fuera de nuestro alcance. No lo podemos conocer. Todo cuanto vemos, oímos, palpamos o saboreamos lo perciben nuestros sentidos mediado por el lenguaje. No existen las sensaciones puras porque éstas nos vienen ya interpretadas por las palabras que usamos para designarlas. Vemos aparecer la figura de una persona querida y nos decimos: “Ya ha venido mi amigo”. La amistad es una palabra cargada de significados que mutan de una sociedad a otra, de una época a otra. No se es amigo siempre de la misma manera. Nos comunican que ha fallecido un familiar y resuena en nuestro interior la palabra “muerte”, una voz que evoca un universo entero de sentido o de sinsentido experimentado de manera distinta en la Grecia clásica, en la Edad Media o en nuestra época. Sentimos la dureza heladora de una mañana de invierno y exclamamos: “¡Qué frío!”. Frío es una palabra que remite a una vivencia grata para algunos, dolorosa para otros muchos; pero incluso entre este último grupo, hay quien, como el asceta, busca ese dolor para dar firmeza a su carácter y quienes, como los deportistas de montaña o los exploradores de los polos, se entrenan voluntariamente en él para superar luego situaciones extremas.

El hombre está condenado a conocer la realidad no directamente sino a través de ese rodeo que son las palabras que lo interpretan. Todas las personas sin excepción poseen por fuerza una interpretación del mundo. Interpretar lingüísticamente es ya un quehacer genuínamente filosófico. En este sentido, todas las mujeres y todos los hombres del planeta son filósofos y no pueden dejar de serlo sin dimitir de su condición humana. La filosofía es un “universal antropológico”, lo que quiere decir que -como el amor, la mortalidad o el arte- encontraremos filosofía siempre que nos hallemos ante lo humano dotado de los rasgos que lo hacen identificable precisamente como humano.

Del universalismo de la filosofía no se sigue, sin embargo, que todas las interpretaciones valgan lo mismo. Por supuesto, hay interpretaciones más contrastadas, reflexivas y decantadas que otras. El lenguaje de unos será más inteligente, refinado y articulado, el de otros más elemental, instintivo y vulgar. Se adivina la importancia trascendental de educar ese lenguaje con el que no sólo nos comunicamos unos con otros en el comercio con la sociedad sino también nos comprendemos y nos hablamos a nosotros mismos en el secreto de la soledad.

Y es entonces cuando interviene la filosofía en la segunda de las acepciones, más restrictiva que la primera: filosofía ahora no como esa interpretación del mundo muchas veces inconsciente y heredada adherida al lenguaje natural cuyo uso cotidiano compartimos con los demás miembros de la misma comunidad, sino como esa visión del mundo hiperconsciente y personal contenida en las obras literarias compuestas por unos escritores llamados filósofos. La filosofía en esta segunda forma y manifestación ya no es universal sino achaque de unos pocos. Quienes escriben estas obras constituyen una minoría social porque, de hecho, sólo un pequeño número de personas en cada época caen presos de una vocación literaria tan específica. Esta vocación implica, primero, una visio de la totalidad del mundo, donde los fragmentos de la experiencia común, aparentemente absurdos, se ensamblan en un cuadro general completado por la imaginación adquiriendo dentro de él una cierta razón de ser; y en segundo lugar, una missio que apremia por encerrar esa visión primera en un sistema ordenado de conceptos, literariamente expuesto.

Otras disciplinas se ocupan de regiones particulares de la realidad mientras que sólo la filosofía está llamada a hacerse cargo del todo de ella. Y eso tanto en su aspecto metafísico como en el pragmático. En el metafísico, la filosofía interroga sobre el “ser” general (aquello que hace inteligible al mundo y a los entes particulares que lo componen). En el pragmático, no se preocupa tanto de lo que es –el cometido de las ciencias- como de lo que debe-ser y propone un ideal prescriptivo: de conocimiento, de verdad, de justicia, de belleza, en suma, un ideal de lo humano. Podríamos decir, en conclusión, que la filosofía es una actividad intelectual esencialmente no-positivista y no-especializada, aunque, por supuesto, no desdeña los resultados de la ciencia positiva y especializada cuando le convenga a sus fines propios.

El tempo de la filosofía es geológico, al margen de los ritmos supersónicos de la actualidad política, empresarial, social y periodística. Pero es que alguien debe ocuparse también del largo y larguísimo plazo, más allá del balance económico anual o de los cuatro años de una legislatura. Ese lenguaje que usamos para comunicarnos y para hablar con nosotros mismos está hecho de palabras que tomamos en préstamo de la sociedad: aunque forman parte de nuestra identidad más íntima, no las hemos inventado nosotros sino personas del pasado, creadoras de palabras o creadoras de nuevos significados para palabras ya existentes: libertad, dignidad, felicidad, amor, bondad, belleza. Luego esos creadores –de los tres, cuatro, cinco últimos siglos- se nos deslizan sigilosamente en el interior de nuestra mente y con el diccionario que nos prestan nos ayudan a interpretar y a pensar el mundo de hoy.

Y, ¿quién creará el diccionario de las palabras que tomarán en préstamo las generaciones futuras? Los actuales fundadores del lenguaje: novelistas, poetas, dramaturgos y, con especial conciencia, los filósofos. Auténtico escritor es, al final, quien logra hacerse dueño de un glosario propio y de un puñado de metáforas eficaces. El filósofo de hoy suministra el vocabulario y la semántica que servirán para construir las interpretaciones del futuro. En su mano está moldear la visión del ser y el ideal moral de las generaciones venideras a fin de que su vida sea mejor y más propicia a la convivencia. ¿Cabe imaginar una responsabilidad superior a ésta?
Cuando a veces me preguntan para qué sirve la filosofía, como si su mismo estatus estuviera cuestionado por los apremios de esa clase de necesidades serias que satisface el dinero, suelo responder invirtiendo los términos. Lo único verdaderamente importante es la filosofía. Porque el dinero satisface los deseos humanos pero es la filosofía la que los moldea: Oeconomía ancilla filosophiae.

Artículo pubicado por Javier Gomá en el diario El País

Imagen de Idígoras y Pachi (viñeta)

miércoles, 11 de junio de 2014

¿QUÉ ES SER ÉTICO?





Cuenta Vargas Llosa en su última novela El héroe discreto que cuando Felícito Yanaqué preguntó al doctor Castro Pozo qué opinaba de él, este le contestó: que es usted un hombre ético, don Felícito. Ético hasta las uñas de los pies. Uno de los pocos que he conocido, la verdad.

Y sigue contando el autor que, intrigado ante la respuesta, don Felícito se preguntó qué querría decir eso de “un hombre ético”, y se prometió a sí mismo comprarse un diccionario un día de estos.
Haría bien el señor Yanaqué buscando la palabra en el diccionario, porque, aunque bien poca cosa podría aportarle, peor sería recurrir a la LOMCE, que ha eliminado aquella asignatura llamada “Ética”, con la que todos los grupos sociales estaban de acuerdo. Y lo estaban porque se proponía dar a conocer a todos los alumnos, con luz y taquígrafos, las propuestas y principios éticos que una sociedad democrática comparte, de modo que fuera posible en las clases estudiar, debatir sobre ellos y aprender a ejercitarse en la autonomía y la solidaridad, que les serán indispensables como personas y como ciudadanos.

Ciertamente, podría decirse que las gentes pueden ser morales con tal de tener una buena influencia familiar, como le ocurrió a don Felícito. Pero en sociedades pluralistas y complejas como las nuestras, las fuentes morales de inspiración para niños y jóvenes son las familias, los amigos, las escuelas, las redes, los medios de comunicación; y, como es evidente, nada asegura que todas las familias enseñen lo mejor moralmente, ni tampoco los demás agentes sociales. Por eso resulta indispensable en la educación formal una materia con el nombre de “Ética”, que ayude a reflexionar sobre los contenidos éticos compartidos a los que no podemos renunciar.
Una sociedad demuestra que una materia le parece indispensable cuando la incluye en un plan de estudios
La cuestión no es menor. Y se extiende a la inmensa mayoría de planes de estudio de las carreras, en las que se prepara a los alumnos para ser profesionales, sea en las universidades, sea en las escuelas de diverso tipo. En bien pocas, figura alguna asignatura que abra un espacio para aprender, reflexionar y debatir sobre la ética de la profesión.

Si alguien, intrigado, pregunta por qué es así, puede encontrarse con dos respuestas. Una es “no sabe, no contesta”. Otra, que la ética es tan importante para esa carrera que la han convertido en transversal, que todos los profesores enfocan sus materias desde una perspectiva ética. Evidentemente, esto no se lo cree nadie. En la vida cotidiana los profesores dan sus programas, si es que el tiempo les llega; y si en alguna ocasión se proponen un enfoque común, las más de las veces se demuestra que lo que es de todos no es de nadie, al menos en este país. Con lo cual la materia en cuestión se escapa entre los dedos de la presunta transversalidad.

Y esto es un sobrentendido, porque las matemáticas o la estructura financiera, por poner dos ejemplos, no desaparecen de los programas de estudios, convirtiéndose en transversales. Cosa que debería ocurrir si el grado de importancia de una materia es la que le permite el honor de convertirse en transversal, tanto en el caso de las dos materias mencionadas como en el de una infinidad más de las que componen los currículums en las instituciones académicas. Pero no es así, sino que, con toda lógica, cada una se estudia por separado y goza de un horario propio, aunque todas estén vinculadas entre sí, porque todos los saberes humanos lo están.

Por otra parte, como le oí decir a un colega, una sociedad demuestra que una materia le parece indispensable para la formación de un profesional cuando la incluye explícitamente en su plan de estudios.

Y si damos por bueno, como creo que así es, que un profesional no es solo un técnico, sino aquel que pone los conocimientos y las técnicas propias de su campo al servicio de los fines que dan sentido a su profesión, en el periodo de formación necesita aprender cuáles son esos fines, qué propuestas éticas son las más relevantes, qué excelencias del carácter es preciso desarrollar, y analizar en el aula casos concretos del ejercicio profesional, en diálogo con profesores y compañeros. Aprender todo esto requiere estudio, claro está, pero sin ese saber ético no puede haber profesionales de cuerpo entero.

Recuerdo las palabras de un querido compañero de una universidad politécnica: en muchas ocasiones, al leer el periódico y ver los desastres que se producen en puentes, bancos o empresas me pregunto qué profesionales estamos formando. Por su empeño decidido y por el de otros profesionales que se han batido el cobre en esta brega, en algunos ámbitos politécnicos se han incorporado la ética de la ingeniería, de la arquitectura o de la empresa; en el campo sanitario, la bioética y la ética de la enfermería; y las escuelas de negocios abren también espacios para la ética.

¿Esto garantiza que de estos estudios se sigan necesariamente buenas prácticas? Claro que no. Pero eso ocurre en todos los estudios, que los buenos conocimientos no se convierten en buenas prácticas si los profesionales no tienen la voluntad decidida de hacerlo.

Artículo publicado por Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, en el diario El País

Imagen: Forges (viñeta)

martes, 21 de enero de 2014

¿ES ESTO LO QUE PRETENDEN?


¡¡Pensar no es ilegal!! "Pensar sacude el mundo, lo trastorna al trastornar sus rutinas" y eso, al parecer, resulta actualmente peligroso. Vivimos en un mundo en el que todo cambia continuamente, quizá demasiado rápido, y estos cambios violan continuamente el principio de identidad. Así, la célebre máxima socrática conócete a ti mismo implica un cuestionarse, el sentimiento de haber encontrado una "personalidad" porque, una vida sin examen no tiene por objeto ser vivida por el hombre. 
Por eso, esa búsqueda interior, ese viaje a lo más profundo de nuestro ser, ese cuidado de uno mismo implica, necesariamente, el cuidado de los demás y, a la vez, el cuidado de la ciudad.
Y para llevar a cabo esta misión, Sócrates, que miraba mucho dentro de sí, pero hablaba poco de ello, se empeñó en hacer que los demás tomasen conciencia de su propio no saber, intentando hacer siempre a su interlocutor progresar en el camino del conocimiento.
Así, para llevar a cabo esta tarea, el filósofo debe ser siempre el primero en interrogarse, el primero en confesar su propia ignorancia, "solo sé que no sé nada", dando por buena la célebre frase por la que la Pitia le declaró el hombre más sabio de Atenas.
En Sócrates hay más preguntas que respuestas y, muchas veces, el diálogo, la mayeútica o, la ironía, acarrean una serie de consecuencias un tanto peligrosas porque, "aquellos que han accedido al conocimiento no suelen gozar de las simpatías de la multitud; de hecho ellos mismos las rehúyen, se les considera locos, son objetos de burlas, de desprecio, y quizá llegará el día en que se les dé muerte". De ahí que ahora, filosofar, se haya convertido en paradoja y, para muestra, un botón.


Enrique López

Imagen: Elrich (viñeta)

jueves, 26 de septiembre de 2013

¿Cómo ser filósofo hoy en día?

  

"Vivimos en una época de generalizado relativismo ético, que entre las nuevas generaciones ha creado una actitud de «todo vale», y también en una época caracterizada por un profundo escepticismo público respecto al papel crítico de la filosofía (algo no ajeno a esa actitud). Ahora, gran parte de la población cree que el compromiso socrático con la búsqueda de la verdad es una pérdida de tiempo y una forma de vivir idealista en un mundo globalizado. A los filósofos se los presenta como insignificantes inventores de conceptos cuyo único objetivo en la vida es luchar por asegurarse un puesto fijo en una universidad norteamericana o europea. Por lo tanto, es probable que la afirmación de que la filosofía es una actividad liberadora se acoja con cinismo y desdén.

Es interesante señalar que hace dos mil quinientos años, Aristófanes, en su obra Las nubes, retrataba a Sócrates como a un sofista amoral que enseñaba a la juventud ateniense a engañar mediante arteras argumentaciones. Sin embargo, en su sombría comedia Aristófanes no disuadía a los filósofos de abordar y cuestionar algunas de las creencias fundamentales en las que se basa la existencia del hombre en el mundo. Entre las principales preocupaciones de la filosofía ha figurado el desafío planteado por el concepto de libertad y su plasmación social y política. ¿Por qué a los filósofos les ha preocupado el problema de la libertad? ¿Por qué la libertad es la cuestión más importante que debe tratar un filósofo? La mejor manera de responder con claridad a esas preguntas es examinar las consecuencias que comporta dejar de lado el tema de la libertad.

No hace falta decir que la libertad es la fuerza creadora que subyace tras el pensamiento filosófico, del mismo modo que la filosofía contribuye a la comprensión y la evolución del concepto de libertad. En consecuencia, los filósofos han intentado comprender la libertad de la forma más exhaustiva y crítica que han podido, no solo haciendo una aportación a su definición, sino a su propia materialización. "De ninguna idea se sabe de manera tan general que es indeterminada, ambigua y susceptible de los más grandes malentendidos (de los que, por tanto, es realmente víctima) como de la idea de libertad, y ninguna otra circula con tanta inconsciencia". Esta afirmación de Hegel es tan certera hoy en día como cuando él la hizo, hace casi 200 años.

El concepto de libertad no solo se ha entendido deficientemente sino que también se ha utilizado de manera enormemente abusiva. Esta doble problemática de la libertad pone sobre el tapete de cualquier debate filosófico tanto la idea de que la propia filosofía constituye una lucha por la libertad como la de que una parte importante del hecho de ser libre radica en pensar de manera filosófica. Como se puede ver, el problema de la libertad se plantea siempre que se aborda la propia naturaleza del cuestionamiento filosófico. Si el objetivo de la naturaleza de dicho cuestionamiento es reflexionar sobre el concepto de libertad, para que los seres humanos puedan avenirse a ella, de alguna manera habrá que explicar que estos hayan llegado a abandonar ese cuestionamiento y cómo sería posible recuperarlo. Dicho de otro modo, la filosofía no es solo una forma de cuestionar el concepto de libertad y sus aplicaciones sociales y políticas, también es una forma de pensar y de interrogarse sobre la falta de libertad. El hecho de que el problema de la libertad y el del cuestionamiento filosófico se enmarquen mutuamente apunta a la posibilidad de que ambos sean elementos complementarios de un problema más profundo: ¿de qué manera la acción humana o la experiencia humana de la política se ven determinadas por ese entrecruzamiento entre filosofía y libertad?
Quizá, en lugar de coincidir con Kant y con Sartre en que nuestra humanidad reside en nuestra libertad, debamos reconocer que la creación política comporta una tensión permanente entre la institucionalización de la libertad y el cuestionamiento filosófico. De este modo, seremos libres para pensar en tanto en cuanto podamos optar por un examen más amplio del propio proceso intelectual. En consecuencia, en el proyecto que nos lleva a cuestionar y desafiar la realidad imaginable y materializable, podemos decir que la libertad es un gemelo no idéntico de la filosofía.
Postular que la filosofía es un conocimiento terminado y exhaustivo sería como definir y practicar la libertad desde ese mismo postulado. El encubrimiento del cuestionamiento filosófico por parte de la teología va unido a la pérdida de la naturaleza creadora y revolucionaria de la libertad. No cabe duda de que un individuo que ya haya accedido al cuestionamiento filosófico no podrá evitar la práctica abierta y libre que supone postular otros tipos de pensamiento y otras formas de lo imaginable. Es fascinante señalar que el cuestionamiento filosófico es una forma de pensar que puede producir fisuras en los muros que rodean el pensamiento establecido. En consecuencia, la filosofía, en tanto que interrogación crítica, se desarrolla en el espacio que separa el pensamiento libre que aspira a establecerse y el pensamiento ya propiamente establecido. Aquí es donde podríamos comenzar a comprender por qué la filosofía es la tarea constante de insuflar libertad en la vida política, en forma de correctivo empírico para la vida teológica.

La filosofía tiene la labor cívica de resistirse a la idea de que existe una teoría total de la realidad. En consecuencia, exigir que la organización política de una sociedad se base en una teoría total y completa equivale a proclamar que la política es algo inimaginable y a poner fin a la libertad de pensar de otra manera, de pensar en algo nuevo. Dicho de otro modo, no puede haber una sociedad democrática sin un cuestionamiento democrático o, dicho con más claridad, sin un cuestionamiento cívico de la naturaleza de la democracia. No tiene mucho sentido hablar o escribir sobre filosofía si no hay que reflexionar sobre la naturaleza de la propia filosofía. Esta es la razón de que se deba mantener la función del filósofo cívico, en tanto persona cuyo intelecto observa las inhumanidades e injusticias del mundo (casi siempre en nombre de la filosofía), a pesar de que el concepto haya perdido hoy en día su vigor político. Aunque el carácter de los tiempos así lo sugiera, el académico en busca de plaza fija no puede sustituir al filósofo, que sigue teniendo mucho que aportar a la democratización de la sociedad. Sin duda los filósofos serán socialmente útiles mientras los seres humanos continúen creyendo que la palabra filosofía no es baladí. En cierto modo, la tarea cívica de la filosofía actual radica en la pugna entre pensamiento crítico y fanatismo. Sea cual sea el precio que los filósofos hayan de pagar por tener las manos vacías en su batalla contra tiranías irreflexivas y dominaciones hegemónicas, podemos esperar la victoria de un pensamiento democrático incluyente."

Artículo escrito por Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní y catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto, famoso por su compromiso con la no violencia, lleva años dedicado a promover el diálogo constructivo y el acercamiento entre diferentes culturas.

Imagenes: Daniel Paz y Rayma (viñetas)