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sábado, 10 de octubre de 2015

SÓCRATES JUBILADO



Hace unas semanas tuve un encuentro que las circunstancias volvieron prodigioso. En un kiosco de la Ciudad de México encontré el primer libro de una serie titulada Grandes Pensadores. Por un precio irrisorio compré una antología de Platón de 800 páginas, editada por Gredos, con comentarios autorizados y un espléndido aparato de notas. Me sentí afortunado, pero no sabía en qué grado lo era.
Para conseguir el siguiente tomo, dedicado a Nietzsche, tuve que recorrer más de veinte puestos. En uno de ellos, un estoico me dijo: “Ni lo intente, joven, la filosofía es demasiado popular”. Finalmente di con un vendedor que tenía reservado a Nietzsche para otro cliente. En vez de especular con mi deseo, el hombre habló como si hubiera leído toda la serie de Grandes Pensadores: “Otra persona lo reservó para este martes, ya estamos a jueves y usted parece más necesitado”.
Fue mi último triunfo. El tercer tomo no llegó a mis manos. En un puesto de la calle Donceles, que tiene la mayor concentración de librerías de viejo del país, un dependiente me dijo: “Los libros de pensadores rebasaron todas las expectativas de venta; los van a volver a lanzar en 2016, pero en grande”.
México tiene uno de los comercios callejeros más activos del mundo; sin embargo, nunca pensé que la filosofía formara parte de su oferta. Soy hijo de un filósofo y de niño pasé trabajos para entender a qué se dedicaba. “La filosofía busca el sentido de la vida”, me dijo cuando yo tenía seis años. Los padres de mis amigos tenían profesiones comprensibles: médicos, abogados, vendedores de alfombras. “¿A qué se dedica tu papá?”, me preguntaban. El vértigo llegaba con la respuesta: “Busca el sentido de la vida”. La frase sugería que mi padre se la pasaba en las cantinas, indagando los misterios del tequila y los mariachis.
La utilidad de la filosofía siempre ha estado en disputa. Cuando Sócrates bebió la cicuta, Grecia aceptó deshacerse de una de sus mejores mentes. Nuestra época no pretende matar a Sócrates sino jubilarlo. Japón acaba de proponer un severo recorte para las carreras de humanidades y España se ha sumado al pragmatismo que elimina la enseñanza obligatoria de filosofía y valores éticos en secundaria y bachillerato.
Este empobrecimiento sólo se entiende si quienes toman la medida ya pasaron por él. El cerebro se activa sin instrucciones de uso, pero la filosofía le aporta sentido crítico.
En su más reciente novela, Sumisión, Michel Houellebecq, plantea una sugerente hipótesis: ¿qué pasaría si un partido islámico ganara las elecciones en Francia? Aliados con los socialistas, los islamistas crean un frente político. Su única exigencia es hacerse cargo de la educación. Los socialistas ceden de buena gana, interesados en controlar Hacienda, Defensa y Asuntos Exteriores. El resultado es una transformación total de las costumbres. El país de la Enciclopedia se entrega al sometimiento.
Después de los asesinatos en la revista Charlie Hebdo, el Tratado sobre la tolerancia de Voltaire se convirtió en un best seller. Ante la sinrazón, la filosofía se vuelve urgente. Fernando Savater estaba en Londres cuando el ayatolá Jomeini lanzó la fatwa contra Salman Rushdie. En la plaza de Trafalgar presenció una manifestación donde una pancarta decía: “¡Avísenle a Voltaire!” Las ideas brindan últimos consuelos y primeros auxilios. 
No es por presumir, pero los mexicanos somos raros. Mientras la “racionalización” de la enseñanza elimina el pensamiento libre en diversas partes del mundo, los libros de metafísica se buscan como versiones encuadernadas del Santo Grial en la Ciudad de México.
Sócrates continúa su labor peripatética en calles que desafían el sentido de la orientación y donde la filosofía es un remedio.
Avísenle a Voltaire.


Artículo de opinión escrito por Juan Villoro en el diario El País
Imagen: Graffiti (anónimo)

viernes, 21 de noviembre de 2014

¿TIENE SENTIDO HACER FILOSOFÍA HOY?





¿Qué es la filosofía? O incluso más importante aún, ¿qué es la filosofía para nosotros? Muchas personas la definirían como una ciencia que se encarga de poner en duda todo lo que nos rodea. Otras, en cambio, la definirían como una actitud hacia la vida, una actitud inconformista. Y algunas, como un camino que hace que nunca pares de buscar preguntas. Pero, y volviendo al punto de partida: ¿hay alguna utilidad en todo ello? ¿Tiene sentido rebuscar y rebuscar?

            Antes de responder a este interrogante podríamos plantearnos otro mucho más sencillo de responder: ¿es útil la ciencia? La respuesta a esta pregunta es, para la mayoría de las personas, diáfana: ¡sí! Pero, ¿qué tiene la ciencia que la convierte en algo útil? 

De todos es sabido que la ciencia nace de la experimentación, es decir, todo el conocimiento que extraemos de ella es empírico. Por ejemplo, cuando un científico quiere demostrar una teoría, tiene que aportar una serie de datos, de relaciones y de realidades que ha obtenido mediante experimentos combinados con el uso de su razón. Y cuando consigue que se cumplan todas esas condiciones, es capaz de verificar el enunciado del que partía su experimento y establecer, de esa manera, una teoría.

            El conocimiento científico, por lo tanto, es racional y tiene una finalidad. En el ejemplo anterior, la finalidad de las indagaciones del científico era demostrar esa teoría.. Pero, ¿acaso la filosofía puede hacer lo mismo? En contraposición al conocimiento científico, la filosofía no da un sí rotundo a todo lo que descubre, es más, deja puertas y ventanas abiertas para el posible nacimiento de más preguntas con respecto a todo lo que nos rodea. La filosofía, entonces, ¿no servirá más que para hacernos preguntas y no obtener respuestas? ¿No será, como afirmaba Karl Jaspers, más que un  ir de camino buscando lo que no se tiene?

            Las diferencias entre la filosofía y la ciencia son evidentes, Ortega dejó clara constancia de ello. La ciencia persigue una finalidad, (por ejemplo, la demostración de una teoría,), mientras que para la filosofía el camino que se recorre para llegar a algo es más importante que ese "algo” final. La ciencia es concreta y limitante, mientras que la filosofía está abierta a todo. La ciencia busca la obtención de respuestas exactas, aunque sea penúltima, busca soluciones.

Sin embargo, la filosofía se plantea preguntas, problemas. Por ejemplo, si a un biólogo le preguntan que qué es el ser humano, respondería: un conjunto de células que realizan las tres funciones vitales. En cambio, si se lo preguntamos a un filósofo, como por ejemplo, Platón, respondería: "el hombre es un alma racional encadenada a un cuerpo material y sensible que busca salir de él para retornar a un estado original de perfección a través de una lucha continua".

Ahora bien, aunque las diferencias entre ciencia y filosofía sean tantas, ambas también cosas en común. ¿Qué haría la ciencia sin la filosofía? O, ¿qué haría la filosofía sin la ciencia? Ambas nos acercan a nuestro mundo utilizando la misma herramienta. la razón. Ambas buscan que comprendamos todo aquello que está a nuestro alrededor. Ambas ansían, al fin y al cabo, alcanzar un conocimiento último y universal, ¿Por qué entonces, si son tan parecidas, nos empeñamos en separarlas?

          Si nos remontamos al siglo VI a.C. a Grecia, y más concretamente a la región de Mileto, nos toparíamos con el que para algunos es el padre de la filosofía, Tales. Este filósofo milesio empezó a cuestionarse el por qué del espacio, del tiempo, el por qué del movimiento estelar. Y no lo hizo solo de una manera científica, ni, solo de una manera filosófica, sino que lo hizo empleando y sirviéndose de ambas. Después de él, muchos otros como Parménides, Anaxágoras, o Heráclito, hicieron lo mismo. Todos ellos buscaron la manera de conocer mediante las dos fuentes de conocimiento de que disponemos: la razón, y los sentidos. Por eso, en palabras de Giacomo Marramao, “las interrogaciones filosóficas se sirven de la experiencia, no del experimento, y por ello solo pueden utilizarse en los símbolos, metáforas, palabras clave con las cuales intentamos conocer la realidad en la que vivimos”.

 De ahí que, si nosotros, inicialmente, consideramos la ciencia como un saber útil, y hemos comprobado que la ciencia y la filosofía tienen muchas más cosas en común de lo que parece, ¿por qué no considerar también útil la filosofía?

            Ahora bien, ¿cómo surge? ¿De qué manera aparece la filosofía? Las personas llevamos dentro de nosotros la curiosidad y las ganas de descubrir el por qué de todo. Por eso, cuando la ciencia no fue capaz de cubrir nuestra necesidad de saber mediante sus experimentos y teorías, surgió la filosofía. Cuando nos planteamos preguntas que, a priori, no parecen tener respuesta, también hacemos filosofía. Y cuando reconocemos nuestra ignorancia porque no lo sabemos todo, filosofamos, de la misma manera que lo hizo Sócrates.

            Pero, aunque este proceso parezca sencillo, es más complicado de lo que parece. Antes de entrar en contacto con el mundo filosófico, la mayoría de las personas viven en un estado de indiferencia ante el mundo. No se plantean dudas, no se cuestionan nada. Por eso, sabemos que nadie nace filósofo, sino que se hace y que, poco a poco, aprende a serlo. La manera de hacerlo es aprendiendo a filosofar, es decir, a utilizar nuestra propia razón de manera libre para encontrar aquello que buscamos. Por eso, ya lo decía Kant, “no es posible aprender filosofía, únicamente se puede aprender a filosofar”. 

            ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo convertirnos en personas capaces de hacer filosofía? La respuesta, para los filósofos es simple. Siendo críticos, siendo capaces de formular preguntas a las preguntas, no aceptando lo ya establecido, sino cuestionándolo. Pensando, utilizando nuestra propia razón, liberándola, rebuscando sin descanso en nuestro interior, convirtiéndonos en ávidos detectives de la verdad. Rechazando el conformismo, consiguiendo hablar desde las cosas, no de las cosas, viviéndolas, involucrándonos y ayudándonos a nosotros mismos y al mundo a abrir los ojos. Tal vez por eso, Hegel llegó a la conclusión de que "la filosofía es el mundo al revés".

Por lo tanto, este proceso que parece tan complicado, ¿es útil? ¿Acaso es útil aprender a filosofar, a tener una actitud crítica? Previamente, planteamos como la ciencia es la antítesis de la filosofía, describiendo las diferencias entre ellas, para llegar, en definitiva, a un punto en común. Decíamos, por lo tanto, que la ciencia era un saber útil, y viendo que existen cosas en común con la filosofía, podríamos concluir que esta última también lo es.
Aunque la conclusión es clara, yo, personalmente, respondería a la pregunta inicial sobre la utilidad de la filosofía de esta forma: si queremos llegar a ser personas, la filosofía nos ayudará en ese camino, sino, podemos seguir haciendo lo que hasta ahora.


 Ejercicio realizado por Andrea Real, alumna de 1º de Bachillerato Internacional
Imagen:  "No future", de Banksy (graffiti)

viernes, 7 de noviembre de 2014

¿TIENE SENTIDO HACER FILOSOFÍA HOY?





En esta disertación hemos de decidir si hacer filosofía hoy en día tiene sentido o no. Pero antes centraremos la atención en unas cuestiones previas: ¿qué es hacer filosofía? y ¿cómo es la vida hoy en día?
Respecto de la primera cuestión, etimológicamente hablando, el término filosofía se refiere al amor por el conocimiento. Dice Schopenhauer que “la filosofía nace del asombro que en nosotros produce el mundo y nuestra propia existencia”. Eso es principalmente la filosofía, un saber de preguntas y no de respuestas, un método de vida que consiste en estar alerta constantemente, cuestionándonos todo aquello que pasa por delante de nuestros ojos, y lo que se escapa a nuestra percepción.
Ante la segunda pregunta, vivimos en una sociedad capitalista, tecnológica y tremendamente consumista, en la que lo único que nos interesa son las cosas útiles. Buscamos respuestas rápidas y concisas a los problemas que nos acontecen y esto se debe al alto nivel de vida que llevamos. Como dice Fernando Savater en su libro Las preguntas de la vida, "en la época actual, la de los grandes descubrimientos técnicos, en el mundo del microchip y del acelerador de partículas, en el reino de Internet y la televisión digital: ¿qué información podemos recibir de la filosofía?”
La sociedad nos ha enseñado a buscarle la utilidad a las cosas, y a desechar aquellas que carecen de la misma. Isaiah Berlin, discípulo predilecto de Wittgenstein, comenzó su vida académica en la rama de la filosofía, pero pronto abandonó este camino para dedicarse a otra cosa. Cuando fue preguntado acerca de ello respondió: “es que quiero estudiar algo de lo que al final pueda saber más que al principio.” ¿Qué subyace en esta afirmación sino el devenir de la sociedad, el abandono de la filosofía para centrarse en algo más útil? Ante esta situación cabe realizarse una nueva pregunta: ¿qué es útil?
A menudo, soy preguntado acerca de la utilidad de mis estudios profesionales en el ámbito de la música: ¿para qué lo haces? ¿De qué te sirve? Pues bien, salvando el hecho de que es una gran fuente de enriquecimiento cultural, no todo lo que hagamos en esta vida ha de ser útil, muchas cosas no lo son, y a muchas otras todavía no las hemos encontrado esa utilidad. Parece ser un gran símil con la filosofía: la filosofía es fundamental e imprescindible en nuestra vida y nuestra sociedad, ¿por qué? Es sencillo. Porque la filosofía nace al mismo tiempo que la ciencia en Mileto, en la Antigua Grecia. Y estas dos amigas han ido de la mano gran parte del tiempo hasta que en una discoteca llamada Renacimiento ambas se enamoraron del mismo chico y se separaron. Desde entonces la ciencia ha crecido exponencialmente, y la filosofía ha ido perdiendo importancia paulatinamente. La ciencia se ha ido convirtiendo en la típica adolescente influenciable que se deja corromper por malas influencias, por nuevos amigos, como el poder. El poder ha corrompido a la ciencia: la información es poder, ¿quién no ha oído hablar de esta frase? 
Los científicos se convirtieron en siervos del poder, y esto ha llevado a grandes desastres en la historia más reciente de la humanidad, véase el caso de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki o de las técnicas de exterminio en los campos de concentración. Por suerte, como todo cuento de Hans Christian Andersen, esta historia tiene un final feliz. La ciencia está siendo consciente de todo el mal que ha hecho y, con el tiempo, volvió a coincidir con una prima de su antigua amiga la filosofía llamada Ética, y esta está consiguiendo, como buena celestina, encauzar las antiguas relaciones que ambas vinieron manteniendo desde hace más de 25 de siglos.
Las malas lenguas, sin embargo, han introducido un murmullo en forma de prejuicio entre ambas amigas. Se trata de la utilidad de la ciencia frente a la inutilidad de la filosofía. Nigel Warburton establece en la introducción de su libro “Filosofía básica” tres argumentos por los cuales la filosofía es útil y merece la pena. El primero de ellos es el de someter la vida a examen. Dice: “una de las razones de mayor peso para dedicarse al estudio de la filosofía es su capacidad para ocuparse de cuestiones fundamentales que afectan al sentido de la existencia.” Todos alguna vez nos hemos preguntado cuál es el sentido de nuestra existencia o por qué estamos en este mundo y no en otro. Estas preguntas, o quizá otras menos trascendentes pero de semejante naturaleza, son a menudo planteadas por los niños a sus padres. Calicles le dijo una vez a Sócrates: “La filosofía es ciertamente, amigo Sócrates, una ocupación grata, si uno se dedica a ella con mesura en los años juveniles, pero cuando se atiende a ella más tiempo del debido es la ruina de los hombres.”
El segundo argumento es que la filosofía nos enseña a pensar, los métodos de pensamiento filosófico nos ayudan en multitud de problemas. Por último, establece que la filosofía es un placer, un placer similar, a mi parecer, al de observar una obra de arte, o escuchar un Concerto de Salieri, y es que la filosofía tampoco difiere tanto del arte, por ello ¿existe alguna relación entre arte y filosofía?
El arte, ha sido modo de expresión desde tiempos antiguos, y en guerras y periodos oscuros, esta forma de expresión ha sido el modo de evitar la censura y la opresión, escondiendo en sus obras mensajes, o sirviendo de critica al sistema. Este era el modo que tenían de comenzar a ser libres. La relación, por lo tanto, está clara. Dice Karl Jaspers que “pensar es comenzar a ser hombre”, y es que el pensamiento es lo que caracteriza a la filosofía, y la libertad es precisamente esa capacidad de poder ser alguien, y no algo. Por lo tanto si el arte es el modo de liberarse que tienen los autores y, pensar es comenzar a ser hombre, podemos considerar la filosofía como un arte, que poca gente termina de entender. Aunque este concepto de filosofía como libertad puede ser contradictorio si  nos atenemos a la siguiente cita de Nietzsche en la que afirma: “¿conoces a alguien más esclavizado que el filósofo en su mundo de ideas irreales?”
De ahí que, el arte más parecido a la filosofía es sin duda, la música, ya que mucha gente cree entender de música por haber escuchado un par de obras de algún artista clásico, al igual que mucha gente cree saber de filosofía por haber memorizado un par de frases de filósofos. No es esto lo que caracteriza la actitud filosófica, sino el hablar desde algo y no de algo.
Es por tanto este el motivo por el cual se conoce a la filosofía como a la amiga inútil, porque todo el mundo cree conocerla, y es alguien que a primera vista cae mal y parece torpe, pero conviene darle una segunda oportunidad, ya que merece la pena introducirse en el mundo inteligible, en el mundo de las ideas, del que hablaba Platón.
Como conclusión, destacar el hecho de la importancia que debería tener la filosofía en la actualidad y que no siempre es así. Es fundamental desarrollar una parte humana en cualquier actividad, y esta misión es propia de la filosofía en la mayoría de los casos. Muchas veces hacemos filosofía casi sin quererlo aunque eso sería otro tema de discusión aparte. Por último, plantear una pregunta para realizar una semicadencia a la dominante, continuando con el ambiente musical: ¿por qué no dedicamos más horas a una actividad tan productiva como la filosofía?


Ejercicio realizado por Gonzalo Hernández Sanz, alumno de 1º de bachillerato Internacional









lunes, 29 de septiembre de 2014

LA REBELIÓN DE LA SINRAZÓN


En una ocasión Theodor Adorno afirmó que no era posible escribir poesía después de Auschwitz. Escribió esas famosas palabras en 1949, antes de que la palabra Auschwitz pasara a simbolizar el terror y la destrucción a gran escala que fue el Holocausto. La afirmación se enmarca en una crítica más general de la modernidad capitalista y la Ilustración, de la que Auschwitz y la barbarie nazi se consideran ramificaciones. En este sentido, cuando Adorno mencionó Auschwitz no aludía al campo de concentración de la Polonia ocupada, sino más precisamente a los perturbadores procesos culturales occidentales que produjeron lo que hoy se conoce como Holocausto. Un proceso que redujo a humo y cenizas a seres humanos vivos, reduciendo al tiempo todas las formas de discurso al nivel de lo innombrable. “Auschwitz niega todos los sistemas, destruye todas las doctrinas”, afirmó Elie Wiesel. Quizá por eso la afirmación de Adorno sea prácticamente inevitable al debatir la relación entre cultura y barbarie.
En los últimos 50 años, la observación de Adorno ha sido una de las piedras de toque de quienes han escrito sobre la concepción de la cultura y en general sobre la historia de las ideas. Necesitamos analizar lo que podríamos calificar de paradigma pos-Auschwitz, tan evidente en las reflexiones de Adorno sobre la cultura posterior al Holocausto. Adorno expresa la imperiosa necesidad de representar las atrocidades nazis y la imposibilidad de hacerlo. Sin embargo, su llamamiento al silencio no puso fin a la posibilidad de la cultura después de Auschwitz, sino que más bien recalcó la paradójica situación en la que se encontraban poetas, escritores y filósofos después del Holocausto que, siendo una sistemática y mecánica aniquilación de los judíos, perversamente organizada con burocrática eficacia, destruyó la propia idea de cultura vigente hasta el siglo XX. Como escribió George Steiner: “Ahora sabemos que un hombre puede leer a Goethe o Rilke por la noche, que puede tocar a Bach y Schubert, y por la mañana acudir a su trabajo en Auschwitz”.
Si Auschwitz formó parte esencial del proceso civilizador, parecería razonable decir que no solo tenía que ver con Alemania y con los judíos, sino con el conjunto de la humanidad. La paradoja a la que nos enfrentamos en tanto que sujetos posteriores al Holocausto aparece claramente en primer plano gracias a la siguiente actitud intelectual: guardar silencio y racionalizar ese silencio partiendo del reconocimiento de la incapacidad subjetiva para representar el horror no es más que una ilusión autocomplaciente. La cultura humana ya se había utilizado para envolver los crímenes más bárbaros. Hacer caso omiso de esa cultura después de tales atrocidades se considera una labor imposible. Es decir, Auschwitz es una aberración de nuestras esencias porque constituye una degradación y una destrucción ilimitadas de la condición humana. En consecuencia, no es un accidente o un error histórico, es un trauma de la civilización humana.
Irónicamente, ese trauma no ha quedado detrás de nosotros en la historia contemporánea. Nos mira a la cara en el futuro en calidad de imperativo ético. Esto explica que, para la labor socrática de la cultura en el mundo actual, sea crucial mantenerse fiel a la ética. Esa fidelidad no consiste en desear que la propia vida vaya lo mejor posible, sino en hacer lo que es éticamente mejor para que sea diferente. Kierkegaard vio en este proceso el momento justo en el que se pasa de la “no verdad” a la “verdad”, del “no ser” al “ser”. En consecuencia, la idea de que se puede analizar la vida planteándose preguntas intemporales y universales sigue siendo tan revolucionaria hoy como en la época de Sócrates.
Esta labor socrática de “vivir en la verdad” suscita el espectro de un problema más amplio: pensar en la cultura es una labor crítica que, sin embargo, se enmarca dentro de otra labor mayor: la lucha contra la mediocridad. Las épocas mediocres hacen de la labor socrática algo todavía más necesario y pueden conseguir que los individuos que buscan la excelencia sean más receptivos a sus lecciones. El hecho de que una entidad como la cultura, en apariencia impotente, sea realmente capaz de superar la mediocridad es en verdad sorprendente y alentador. Sin embargo, en muchos sentidos la cultura contemporánea es la peor enemiga de sí misma. La mediocridad, con su insistencia en la fama más que en la ejemplaridad, ha minado la repercusión moral del arte, la filosofía y la literatura en la sociedad contemporánea. El presente será incapaz de criticarse a sí mismo en tanto no pueda acceder a lo que le es ajeno o conceptualizarlo. Sin una crítica del conformismo general, el presente se extenderá indefinidamente y sin solución de continuidad hasta el futuro. En consecuencia, la crítica es la posibilidad de una ruptura, experimentada en el presente. Es una situación en el mundo vivido que ofrece posibilidades alternativas que exigen atención.
A la luz de esta idea de la crítica es donde el lúcido punto de partida de Ortega y Gasset encuentra hoy en día toda su pertinencia y relevancia. “La vida es, esencialmente, un diálogo con el contorno”, decía Ortega en 1924 en Las Atlántidas. En 1929 escribió La rebelión de las masas, libro en el que analizaba la crisis política y social que sufría Europa. No fue el único pensador en detectarla, pero su análisis fue especialmente importante, ya que para él las causas de tal situación radicaban en la generalizada distribución del poder social entre las masas. No hace falta decir que su evaluación, esencial cuando se escribió, resulta todavía más esencial y relevante al aplicarse a nuestro tiempo.
En consecuencia, la “rebelión de las masas” no es un fenómeno privativo del siglo XX, ya que se ha abierto paso hasta el XXI y está cobrando impulso. La “rebelión de la sinrazón” es ahora un problema mundial. Nos enfrentamos a ella en la vida cotidiana, plasmada en diversas formas de absolutismo y fundamentalismo que ponen en peligro los fundamentos básicos de la civilización humana. En la sociedad contemporánea, la rebelión de la sinrazón también ha conducido a la unidimensionalidad del pensamiento y este, a su vez, al eclipse de la alta cultura y a la extinción de los valores intelectuales clásicos entre una población que se ha vuelto totalmente indiferente al sentido de la vida. Según Ortega, “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”. Esta observación, escrita por Ortega en Esquema de la crisis, indica claramente la pérdida de nuestra concepción del futuro. Lo cual confirma todas nuestras sospechas sobre la mediocrización de la cultura humana en el mundo actual.
La humanidad ha quedado sola con varios gritos individuales en la oscuridad que nos animan a buscar señales de excelencia y nobleza en grandes documentos del pasado. Solo el tiempo nos dirá qué repercusiones tendrán esas nobles llamadas a la excelencia en las generaciones futuras, porque el tiempo es nuestro único pasaporte al futuro.

Artículo publicado por Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní y catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.

Imagen: Il dolore de Emilio Gallori (escultura / marmol)


martes, 21 de enero de 2014

¿ES ESTO LO QUE PRETENDEN?


¡¡Pensar no es ilegal!! "Pensar sacude el mundo, lo trastorna al trastornar sus rutinas" y eso, al parecer, resulta actualmente peligroso. Vivimos en un mundo en el que todo cambia continuamente, quizá demasiado rápido, y estos cambios violan continuamente el principio de identidad. Así, la célebre máxima socrática conócete a ti mismo implica un cuestionarse, el sentimiento de haber encontrado una "personalidad" porque, una vida sin examen no tiene por objeto ser vivida por el hombre. 
Por eso, esa búsqueda interior, ese viaje a lo más profundo de nuestro ser, ese cuidado de uno mismo implica, necesariamente, el cuidado de los demás y, a la vez, el cuidado de la ciudad.
Y para llevar a cabo esta misión, Sócrates, que miraba mucho dentro de sí, pero hablaba poco de ello, se empeñó en hacer que los demás tomasen conciencia de su propio no saber, intentando hacer siempre a su interlocutor progresar en el camino del conocimiento.
Así, para llevar a cabo esta tarea, el filósofo debe ser siempre el primero en interrogarse, el primero en confesar su propia ignorancia, "solo sé que no sé nada", dando por buena la célebre frase por la que la Pitia le declaró el hombre más sabio de Atenas.
En Sócrates hay más preguntas que respuestas y, muchas veces, el diálogo, la mayeútica o, la ironía, acarrean una serie de consecuencias un tanto peligrosas porque, "aquellos que han accedido al conocimiento no suelen gozar de las simpatías de la multitud; de hecho ellos mismos las rehúyen, se les considera locos, son objetos de burlas, de desprecio, y quizá llegará el día en que se les dé muerte". De ahí que ahora, filosofar, se haya convertido en paradoja y, para muestra, un botón.


Enrique López

Imagen: Elrich (viñeta)

jueves, 26 de septiembre de 2013

¿Cómo ser filósofo hoy en día?

  

"Vivimos en una época de generalizado relativismo ético, que entre las nuevas generaciones ha creado una actitud de «todo vale», y también en una época caracterizada por un profundo escepticismo público respecto al papel crítico de la filosofía (algo no ajeno a esa actitud). Ahora, gran parte de la población cree que el compromiso socrático con la búsqueda de la verdad es una pérdida de tiempo y una forma de vivir idealista en un mundo globalizado. A los filósofos se los presenta como insignificantes inventores de conceptos cuyo único objetivo en la vida es luchar por asegurarse un puesto fijo en una universidad norteamericana o europea. Por lo tanto, es probable que la afirmación de que la filosofía es una actividad liberadora se acoja con cinismo y desdén.

Es interesante señalar que hace dos mil quinientos años, Aristófanes, en su obra Las nubes, retrataba a Sócrates como a un sofista amoral que enseñaba a la juventud ateniense a engañar mediante arteras argumentaciones. Sin embargo, en su sombría comedia Aristófanes no disuadía a los filósofos de abordar y cuestionar algunas de las creencias fundamentales en las que se basa la existencia del hombre en el mundo. Entre las principales preocupaciones de la filosofía ha figurado el desafío planteado por el concepto de libertad y su plasmación social y política. ¿Por qué a los filósofos les ha preocupado el problema de la libertad? ¿Por qué la libertad es la cuestión más importante que debe tratar un filósofo? La mejor manera de responder con claridad a esas preguntas es examinar las consecuencias que comporta dejar de lado el tema de la libertad.

No hace falta decir que la libertad es la fuerza creadora que subyace tras el pensamiento filosófico, del mismo modo que la filosofía contribuye a la comprensión y la evolución del concepto de libertad. En consecuencia, los filósofos han intentado comprender la libertad de la forma más exhaustiva y crítica que han podido, no solo haciendo una aportación a su definición, sino a su propia materialización. "De ninguna idea se sabe de manera tan general que es indeterminada, ambigua y susceptible de los más grandes malentendidos (de los que, por tanto, es realmente víctima) como de la idea de libertad, y ninguna otra circula con tanta inconsciencia". Esta afirmación de Hegel es tan certera hoy en día como cuando él la hizo, hace casi 200 años.

El concepto de libertad no solo se ha entendido deficientemente sino que también se ha utilizado de manera enormemente abusiva. Esta doble problemática de la libertad pone sobre el tapete de cualquier debate filosófico tanto la idea de que la propia filosofía constituye una lucha por la libertad como la de que una parte importante del hecho de ser libre radica en pensar de manera filosófica. Como se puede ver, el problema de la libertad se plantea siempre que se aborda la propia naturaleza del cuestionamiento filosófico. Si el objetivo de la naturaleza de dicho cuestionamiento es reflexionar sobre el concepto de libertad, para que los seres humanos puedan avenirse a ella, de alguna manera habrá que explicar que estos hayan llegado a abandonar ese cuestionamiento y cómo sería posible recuperarlo. Dicho de otro modo, la filosofía no es solo una forma de cuestionar el concepto de libertad y sus aplicaciones sociales y políticas, también es una forma de pensar y de interrogarse sobre la falta de libertad. El hecho de que el problema de la libertad y el del cuestionamiento filosófico se enmarquen mutuamente apunta a la posibilidad de que ambos sean elementos complementarios de un problema más profundo: ¿de qué manera la acción humana o la experiencia humana de la política se ven determinadas por ese entrecruzamiento entre filosofía y libertad?
Quizá, en lugar de coincidir con Kant y con Sartre en que nuestra humanidad reside en nuestra libertad, debamos reconocer que la creación política comporta una tensión permanente entre la institucionalización de la libertad y el cuestionamiento filosófico. De este modo, seremos libres para pensar en tanto en cuanto podamos optar por un examen más amplio del propio proceso intelectual. En consecuencia, en el proyecto que nos lleva a cuestionar y desafiar la realidad imaginable y materializable, podemos decir que la libertad es un gemelo no idéntico de la filosofía.
Postular que la filosofía es un conocimiento terminado y exhaustivo sería como definir y practicar la libertad desde ese mismo postulado. El encubrimiento del cuestionamiento filosófico por parte de la teología va unido a la pérdida de la naturaleza creadora y revolucionaria de la libertad. No cabe duda de que un individuo que ya haya accedido al cuestionamiento filosófico no podrá evitar la práctica abierta y libre que supone postular otros tipos de pensamiento y otras formas de lo imaginable. Es fascinante señalar que el cuestionamiento filosófico es una forma de pensar que puede producir fisuras en los muros que rodean el pensamiento establecido. En consecuencia, la filosofía, en tanto que interrogación crítica, se desarrolla en el espacio que separa el pensamiento libre que aspira a establecerse y el pensamiento ya propiamente establecido. Aquí es donde podríamos comenzar a comprender por qué la filosofía es la tarea constante de insuflar libertad en la vida política, en forma de correctivo empírico para la vida teológica.

La filosofía tiene la labor cívica de resistirse a la idea de que existe una teoría total de la realidad. En consecuencia, exigir que la organización política de una sociedad se base en una teoría total y completa equivale a proclamar que la política es algo inimaginable y a poner fin a la libertad de pensar de otra manera, de pensar en algo nuevo. Dicho de otro modo, no puede haber una sociedad democrática sin un cuestionamiento democrático o, dicho con más claridad, sin un cuestionamiento cívico de la naturaleza de la democracia. No tiene mucho sentido hablar o escribir sobre filosofía si no hay que reflexionar sobre la naturaleza de la propia filosofía. Esta es la razón de que se deba mantener la función del filósofo cívico, en tanto persona cuyo intelecto observa las inhumanidades e injusticias del mundo (casi siempre en nombre de la filosofía), a pesar de que el concepto haya perdido hoy en día su vigor político. Aunque el carácter de los tiempos así lo sugiera, el académico en busca de plaza fija no puede sustituir al filósofo, que sigue teniendo mucho que aportar a la democratización de la sociedad. Sin duda los filósofos serán socialmente útiles mientras los seres humanos continúen creyendo que la palabra filosofía no es baladí. En cierto modo, la tarea cívica de la filosofía actual radica en la pugna entre pensamiento crítico y fanatismo. Sea cual sea el precio que los filósofos hayan de pagar por tener las manos vacías en su batalla contra tiranías irreflexivas y dominaciones hegemónicas, podemos esperar la victoria de un pensamiento democrático incluyente."

Artículo escrito por Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní y catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto, famoso por su compromiso con la no violencia, lleva años dedicado a promover el diálogo constructivo y el acercamiento entre diferentes culturas.

Imagenes: Daniel Paz y Rayma (viñetas)

miércoles, 6 de febrero de 2013

POR QUÉ LA DEMOCRACIA NECESITA DE LAS HUMANIDADES




“Las artes y las humanidades desempeñan una función central en la historia de la democracia, pero así y todo, muchos padres en la actualidad sienten vergüenza de que sus hijos estudien arte o literatura. Aunque la filosofía y la literatura han cambiado el mundo, es mucho más probable que un padre o una madre se preocupen porque sus hijos no sepan nada de negocios que porque reciban una formación insuficiente en materia de humanidades.” Así comienza el prefacio que escribe Ruth O´Brien sobre el libro Sin fines de lucro de Martha Nussbaum.

La filósofa newyorquina sostiene que la “educación para obtener beneficios económicos” ha desplazado a la educación integral de los ciudadanos, y que, con esta marginación de las humanidades de los programas de estudio, se descuidan “el pensamiento crítico, la empatía y la comprensión de la justicia”. El descuido y el desprecio de las artes y de las humanidades, generan un peligro para nuestra calidad de vida y para la salud de nuestras democracias. Es más, afirma la autora de El ocultamiento de lo humano,, “aquello que podríamos describir como el aspecto humanístico de las ciencias, es decir, el aspecto relacionado con la imaginación, la creatividad, y la rigurosidad en el aspecto crítico, también está perdiendo terreno en la medida en que los países optan por fomentar la rentabilidad a corto plazo mediante el cultivo de capacidades utilitarias y prácticas, aptas para generar rentas.”

Nussbaum nos alerta sobre la existencia de una “crisis silenciosa”, que va más allá de la enorme crisis económica y financiera que existe a nivel planetario. La actual profesora de ética de la facultad de Chicago se refiere a una crisis mundial en materia de educación que, si se prolonga en el tiempo, “producirá generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales con capacidad de pensar por sí mismos, poseer una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y los sufrimientos ajenos”. Por ello, en la medida en que se recorta el presupuesto asignado a las disciplinas humanísticas, “se produce una grave erosión de las cualidades esenciales para la vida misma de la democracia”.

Y es que se tiene, por una parte, una visión mohína de las humanidades, en general, y de la filosofía, en particular, como algo aburrido, estático y caduco. Se nos vende que, filosofar no sirve para nada, que no conduce a nada: es una gran pérdida de tiempo que se reduce a un listado de nombres que empieza por los griegos presocráticos y a los que hay que aprenderse de memoria aunque no se les entienda. Pero eso no es filosofía, es, como mucho, y mal entendido, su historia.

Pero, dejando a un lado esta visión estéril de la filosofía como punta de lanza de ese grupo de disciplinas humanísticas que no tienen cabida en los nuevos planes de estudio, también se da,  por otra parte, una visión completamente antagónica. La de la filosofía como algo peligroso, nocivo, incómodo e incluso, revolucionario. Porque no lo olvidemos, la filosofía, aparte de ser un saber crítico, es un saber de preguntas, un saber radical; y una cosa es transformar objetos y, otra muy distinta, transformar a los hombres.

Bien es cierto que, actualmente, en nuestras naciones hiper y super desarrolladas no se ejecuta a los filósofos dándoles de beber un buen trago de cicuta al estilo Sócrates, pero se puede matar la filosofía sin necesidad de envenenar al filósofo. En palabras de Lyotard, “se puede impedir al filósofo estar ahí, que se halle presente con su falta en la sociedad. Se le puede relegar a cualquier lugar, a cualquier parte, de tal forma que su vacío no haga demasiado ruido, demasiada discordancia en la rica melodía del desarrollo.”

En 1917, Rabindranath Tagore, escribió un libro titulado Nacionalismo en el que exponía que “la historia ha llegado a un punto en el que el hombre moral, el hombre íntegro, está cediendo cada vez más espacio, casi sin saberlo al hombre comercial, el hombre limitado a un solo fin. Este proceso, asistido por las maravillas del avance científico, está alcanzando proporciones gigantescas, con un  poder inmenso, lo que causa el desequilibrio moral del hombre y oscurece su costado más humano bajo la sombra de una organización sin alma”.

Creo que con esto debería ser suficiente. Si no se dan por enterados, luego, que no se quejen.

Enrique López


jueves, 24 de enero de 2013

EL MITO DE LA CAVERNA





Imagina que durante toda tu vida has sido prisionero en el fondo de una caverna subterránea. Tienes encadenados los pies y las manos, mientras que tu cabeza está sujeta de tal modo que no puedes ver más que la pared del fondo que queda frente a ti. A tu espalda se ha dispuesto un fuego, y entre tú y el fuego una especie de camino a lo largo del cual unos hombres muestran todo tipo de objetos.  Las sombras proyectadas en el fondo de la caverna de tales objetos son lo único que tú y tus compañeros conocéis, lo único de lo que habéis hablado y en lo único en lo que habéis pensado.

Imagina ahora que uno de los prisioneros se libera de sus cadenas y se levanta. Poco a poco, y con dificultad, comienza el ascenso desde el fondo de la caverna. Al principio deslumbrado por el fuego y confundido con los hombres que pasean los objetos. Debe habituarse a su nueva situación, consciente del origen de las sombras que había tomado por reales. Lentamente, afirma Nigel Warburton, “se va haciendo consciente de la pobreza de su vida interior”. Finalmente, y con mucho esfuerzo, consigue salir de la cueva y, expuesto a los rayos del sol, queda nuevamente deslumbrado. Pero cuando sus ojos logran acostumbrarse a la luz, contempla las realidades de las que hasta el momento solo conocía las sombras, y de las que han sido privados sus compañeros de cautiverio, y descubre el sol que las hace visibles.

Pero aunque parezca mentira, el antiguo prisionero que ha descubierto un mundo tan extraordinario decide, ansioso, que debe compartir su descubrimiento. Cómo no regresar con sus compañeros para decirles: “estáis locos de seguir encadenados ahí abajo y de dejaros engañar por las sombras”. “Pero no veis lo ignorantes que sois”. Vuestro mundo es una mentira, un gran engaño.

Así que, el antiguo prisionero vuelve a descender a la caverna, pero como ahora no está acostumbrado a la oscuridad va dando traspiés en su descenso, convirtiéndose en el hazmerreír de todos. Piensan que su viaje le ha trastornado y que, por las cosas que les cuenta, se ha vuelto completamente loco.

En el mito de la caverna, que aparece reflejado en el libro VII de La República, Platón expresó que hay hombres que prefieren la oscuridad de sus prejuicios al resplandor de la verdad. De esta manera, el discípulo de Sócrates, equipara la situación de nuestra naturaleza en el mundo con la que padecen los prisioneros atados desde la niñez en el fondo de una caverna.

Es evidente que la intención del filósofo ateniense es la de presentarnos un retrato de la condición humana: sin educación, las personas dan por real lo que solo son conjeturas, sombras, imitaciones. Solamente a través de la educación, de la buena educación, será posible superar esta confusión.

De ahí que para Platón, la filosofía consista en una actividad, en un proceso, en una ascensión en la que lo que cuenta es la marcha, el camino hacia el exterior. Roger-Pol Droit afirma que “el filósofo no es un antiguo prisionero sino más bien un eterno fugitivo” que, aun a riesgo de que lo tomen por loco, e incluso intenten acabar con su vida, decide regresar al interior de la caverna para intentar convencer a sus antiguos compañeros de que existe una realidad distinta a la que ellos conocen. Y es que la filosofía, como afirma Fernando Savater, “es siempre cosa de dos”; sin el otro no hay filosofía que valga, porque para Platón, pensar significa introducirse en una conversación, participar: “quién ha contemplado una vez la verdadera realidad de las cosas no puede guardarse esta experiencia para él solo”, nos dice Jeanne Hersch en El gran asombro.

Pero para salir de la caverna, uno tiene que pensárselo mucho. ¿Es posible, e incluso deseable, abandonar este mundo feliz? ¿No será más conveniente seguir estando ocupados en algo, aunque no sepamos en qué? ¿No es más sencillo continuar disfrutando de la representación en el patio de butacas como meros espectadores, tomando como real lo que solo es una ilusión?

Y en el fondo, ¿tiene sentido hablar de un mito que se escribió hace más de 2.500 años? ¿No estará pasado de moda? ¿Existen actualmente habitantes en la caverna? ¿Quiénes son? ¿Cuántos hombres hay viviendo en las sombras? ¿Es aconsejable releer un libro de filosofía en esta “civilización mundial telemática”, como la llama Peter Sloterdijk, que acaba de nacer?




Es evidente que los habitantes de la caverna se han multiplicado por millones, y que continúan atados, limitados, organizados, en torno a una imagen que “vale más que mil palabras” y que representa nuestra cultura occidental. Y es que el conocimiento no consiste únicamente en lo que percibimos sino en aquello que puede ser comprobado, puesto en duda, criticado, apaleado, desmontado, argumentado y contra/argumentado a través de la razón. Parece ser que lo que ahora importa en “Telépolis”, como lo llama Julio Quesada, no es el conocimiento sino “la opinión pública”.

Imagino que todo el mundo conoce el final de la alegoría platónica. El prisionero liberado que regresa a la caverna es asesinado por sus compañeros que prefieren no creer sus historias y permanecer al amparo de las sombras. De esta manera, la muerte del protagonista le convierte en inmortal.

Platón escribe el mito de la caverna para llevar a cabo un ajuste de cuentas con la sociedad democrática de su tiempo que condenó a muerte a su maestro Sócrates en el 399 a.c. Su crimen, “bajar la filosofía del cielo, buscarle acomodo en las ciudades, e introducirla en los hogares”, como muy bien dice Cicerón en Tusculanas. O en otras palabras: descender hasta lo más profundo de la caverna y aceptar, de una manera consciente y responsable, la muerte como liberación, como ejemplo, como emblema.
Si es cierto, como dice Burnyeat que “siempre hay alguien, en alguna parte, leyendo  La República”, tal vez, y solo digo, tal vez, aun no esté todo perdido.

 Enrique López