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viernes, 26 de mayo de 2017

¿ADIÓS AL ALMA?


Solemos identificar el término “alma” con palabras como aliento, soplo, respiración, vida. A veces, el alma también es concebida como una especie de fuego, fuego que se apaga con la muerte. Por lo general, todas las culturas se han familiarizado con el concepto de alma. Se habla del alma de las personas, de los pueblos, de los animales, de los ríos, de las montañas, de las obras de arte. Todo lo que tiene vida tiene alma. Sin embargo, hay excepciones: en el pensamiento chino arcaico se partía de que no todos los individuos tienen alma: se pensaba que el alma era una especie de espíritu, de dios menor, que descendía del cielo, se instalaba en el interior de las personas y, si se sentía “a gusto”, se quedaba para siempre; pero también podía “emigrar”.
Se ha sido, pues, muy generoso con el término “alma” asignándole una amplia gama de significados. Henri Bergson murió clamando por un “suplemento de alma” que detuviese la Segunda Guerra Mundial. Estaba convencido de que, si la humanidad no da una oportunidad al alma, al espíritu, quedará aplastada por el peso de su propio progreso tecnológico. Tener alma significaba para él vivir en profundidad, no pasar de puntillas por la vida. Quien no tiene alma, sentenció Søren Kierkegaard, vive en “el sótano de su propio edificio”.
Es un privilegio de la filosofía y de la teología plantear preguntas que carecen de respuesta empírica. El alma es, sin duda, una de ellas. Su permanente presencia en la historia del pensamiento humano se debe, como sentenció Spinoza, al afán por “durar”. Ante la evidencia de que el cuerpo se descompone y desaparece, apelamos a un principio espiritual, no empírico, que nos garantice la duración eterna, la inmortalidad. Es el gran servicio que desde siempre nos viene prestando el alma. Ya Platón la declaró "inmortal". Solo el cuerpo, al constar de partes, se corrompe; pero el alma, al ser una realidad simple, es inmortal. Además, si las ideas que capta el alma son eternas, también esta lo será.
Salta a la vista que la teoría de Platón presupone la separación entre alma y cuerpo, es dualista. Se suponía incluso que el cuerpo era la cárcel del alma; una convicción que fue llevada al extremo por Aristóteles en un diálogo de juventud, el Protréptico. Cuenta allí Aristóteles que los piratas marinos etruscos torturaban a sus prisioneros atándolos vivos a cadáveres, “rostro con rostro”, hasta que morían. Es, pensaba el Aristóteles joven, la situación del alma: está atada al cuerpo como los prisioneros a los cadáveres.
Es obvio que la antropología actual no acepta esta separación entre alma y cuerpo. Tampoco la antropología bíblica conocía el binomio alma-cuerpo. El ser humano era concebido como una unidad psicosomática. En la actualidad, la posible vida más allá de la muerte no se expresa en forma de inmortalidad del alma. Y ello a pesar de que Karl Rahner reconocía que la separación alma-cuerpo se convirtió en la “clásica descripción teológica de la muerte”, es decir, la muerte acontecía cuando el alma abandonaba su pobre morada terrenal.
En nuestros días continúa siendo de especial trascendencia la impronta que Kant asignó a la inmortalidad del alma. La postuló desde el convencimiento de que los seres humanos, al actuar moralmente, se hacen dignos de una felicidad que este mundo nunca ofrece. Según Adorno, a Kant le movía “el ansia de salvar”; postuló la inmortalidad del alma para no tener que “pensar la desesperación”. Y, en la misma línea, tal vez proyectando su propia ansia de inmortalidad, escribió Unamuno: “El hombre Kant no se resignaba a morir del todo”. En realidad, la afirmación kantiana de Dios y la inmortalidad es indirecta: Kant pone el acento en el sombrío panorama que se seguiría si Dios y la inmortalidad fuesen una quimera. En ese caso, la esperanza en un final benévolo para el peregrinar humano quedaría muy ensombrecida, y las posibilidades de encontrar un sentido último a la vida se verían muy mermadas.
Hasta el siglo XVIII, la inmortalidad del alma no pasó grandes apuros. Pero, por aquellas fechas, haciendo gala de un empirismo insobornable, David Hume vinculó indisolublemente el destino del alma con el del cuerpo. Observó que las peripecias del segundo afectan a la primera. Así, en la infancia, la debilidad del cuerpo y la del alma corren paralelas; de la misma forma, el vigor corporal de la edad adulta corre paralelo con el vigor del alma; y, cuando en la vejez declinan las fuerzas corporales, se debilita también el alma. Hume concluyó: cuando muere el cuerpo, muere también el alma.
La filosofía tradicional acusó el golpe. Veníamos de aceptar, con notable placidez que, tras la aniquilación de nuestro cuerpo, el alma corría mejor suerte y alcanzaba el estatuto de “forma separada” del cuerpo. En ese estado permanecía hasta que la resurrección le permitía volver a tomar las riendas del cuerpo resucitado. Pero hace tiempo que ni la filosofía ni la teología saben qué hacer con el “alma separada”. Xavier Zubiri afirma que “quien sobrevive y es inmortal no es el alma, sino el hombre entero”. Algo que recordó Ignacio Ellacuría en su presentación del libro póstumo de Zubiri, Sobre el hombre. Ellacuría dejó claro que, según Zubiri, “con la muerte acaba todo el hombre o acaba el hombre del todo”. Zubiri abandonó, pues, la hipótesis del “alma separada” y se adhirió a la solución de la “muerte total”. Es también la hipótesis aceptada por grandes exponentes de la teología cristiana más reciente. Moriremos, pues, por completo; y resucitará “la persona entera”. A la pregunta “¿cómo sucederá todo eso?”, la teología remite con humildad al insondable carácter misterioso del tema. Estaríamos, en feliz expresión de Laín Entralgo, ante “un saber de creencia, no de evidencia”.
La pregunta es obligada: ¿qué hacer, entonces, con la palabra “alma”? Reina bastante unanimidad: el alma continuará siendo siempre el término de referencia de todo lo que somos y hacemos: sentir, pensar, querer, recordar, olvidar, crear, amar… Joseph Ratzinger lo expresa teológicamente: “alma es la capacidad de referencia del hombre a la verdad y al amor eterno”.

Toda nueva creencia, antes de ser generalmente aceptada, va conquistando su espacio de forma imperceptible. Podría ser el destino del binomio alma-cuerpo. Es posible que estemos ante una creencia desgastada. Ya se sabe que la variada plasmación de las ayudas filosóficas y teológicas es cambiante y suele tener fecha de caducidad. El tema alma-cuerpo no es una excepción. En todo caso, si el desgaste de los siglos se empeñase en jubilar tan ancestral creencia, habría que agradecerle los inmensos servicios prestados. Siglo tras siglo mantuvo la esperanza de que, a pesar de la evidente desaparición del cuerpo, permanecía lo más importante de nosotros, lo más nuestro, el núcleo de nuestra identidad, nuestra alma. Hay palabras “que tiemblan”, reconocía Antonio Machado. Tal vez el alma sea una de ellas. Pero el poeta le echó un conmovedor cable: “quisiera traerte muerta mi alma vieja”.

Artículo publicado por Manuel Fraijó en el diario El País
Imagen: "La décalcomanie" de René Magritte

miércoles, 16 de marzo de 2016

¿PUEDEN PENSAR LAS MÁQUINAS?




- ¡Vaya consuelo! Perdiste la confianza del Congreso, pero te has ganado la confianza de Multivac.
-La confianza de Multivac es lo más importante en este mundo- manifestó Bakst, totalmente serio.

"Vida y Obra de Multivac", Isaac Asimov

Analizando detenidamente el extracto, nos podemos plantear ¿cómo es posible que Multivac pueda sentir confianza o desconfianza por alguien? La confianza se trata de un concepto que, a priori, asociamos únicamente con los individuos de nuestra misma especie. Por ejemplo, un teléfono móvil no es capaz de confiar ni desconfiar en su dueño ya que, el dispositivo no puede saber si su propietario es ‘de fiar’. Hasta el momento, no existe ninguna máquina que sea capaz de, ni siquiera, acercarse al nivel de complejidad del pensamiento humano pero, es posible, e incluso probable, que en futuro no muy lejano este tipo de máquinas empiecen a aparecer.

Ahora bien, ¿qué poseemos los humanos que nos permite pensar y sentir, cosa que, ni animales ni ordenadores supuestamente pueden hacer? ¿De qué modo nuestro organismo difiere de un primate o de una abeja, para justificar la existencia tal diferencia?
Podríamos afirmar que la causa de la existencia de esas características únicas y especiales radican en la presencia de una mente propia y única de los seres humanos. Sin embargo, existen una gran variedad de formas a la hora de afrontar el ‘dilema mente-cerebro’. ¿Acaso la mente conforma una parte física de nuestro cerebro o -como, por ejemplo, gran parte de las religiones afirman-  esta se trata de un elemento que transciende a nuestra propia realidad?

Dependiendo del punto de vista que cada uno de nosotros adoptemos ante esta cuestión, la respuesta a la pregunta de si las máquinas pueden pensar será totalmente diferente.
Existe la posibilidad de que mantengamos una postura cercana al fisicalismo -también conocido como materialismo reduccionista- y, creamos que el ser humano -así como todo lo que existe en nuestro universo- se pueda reducir a un conjunto de partículas que interaccionan entre sí. En ese caso, podremos comenzar a plantearnos la posibilidad de que las máquinas puedan pensar.
Los fisicalistas no creen en la existencia de ningún ente o elemento extracorpóreo que nos haga diferentes de los demás seres vivos, incluso de las máquinas. Para ellos toda la materia que compone nuestro universo consta de unas propiedades similares e inalterables, de las cuales también nosotros damos cuenta.
Por lo tanto, ¿cuál es el elemento que nos podría hacer diferentes de todo lo demás?
Definitivamente no somos iguales a una piedra, ni tampoco nos parecemos a un protozoo, entonces: ¿qué es lo que hay diferente en nosotros?
La gran mayoría de fisicalistas opinan que la clave de nuestro "ser" reside en el cerebro. Ese órgano, por lo tanto, es el único responsable de que seamos lo que somos.  De él provienen todos nuestros pensamientos y sentimientos y, hacia él viajan todos los estímulos que captamos de la realidad a nuestro alrededor.

Se explica así la mente humana con la ‘metáfora del ordenador’: según esta nuestro cerebro es como una máquina en tanto que responde a estímulos (inputs) elaborando una respuesta (outputs).

Ahora bien, ¿qué es lo que nos ha sucedido para que desarrolláramos un cerebro único y singular?
Desde los mismos orígenes de la especie humana, con el Ardiphitecus y, más tarde el Australopitecus, la capacidad craneal de nuestros ancestros fue progresivamente aumentando. El ulterior desarrollo del lenguaje, junto a la fabricación y utilización de herramientas -entre ellas el fuego y las armas de caza- ha permitido que, a día de hoy, el hombre sea tal y como lo conocemos.
Todo ello, unido al desarrollo de la vida en sociedad, permitió que nuestros primitivos congéneres tomaran un camino diferente al resto de animales. Fueron paulatinamente adquiriendo una consciencia, una mente: algo que les hizo situarse un escalafón por encima del resto de seres vivos -evolutivamente hablando-.

Para los defensores a ultranza de la teoría fisicalista, nuestra esencia y naturaleza se podría reducir a un conjunto de uniones sinápticas entre unas células llamadas neuronas. Todo nuestro yo, desde nuestros más básicos instintos hasta los pensamientos de mayor profundidad, serían pues el resultado de la transmisión de impulsos nerviosos entre estos corpúsculos. Nuestra mente, la cual consideramos única y especial, se reduciría a un conjunto de procesos bioquímicos de gran complejidad que, no son únicos en la especie humana.
  
Turing: Bueno, si solo cuenta el cerebro, déjenme proponer el siguiente experimento mental. Efectuemos un mapa minucioso de todas las neuronas, sinapsis y demás conexiones del cerebro del Dr. Haldane. Ahora supongan que sustituyo cada uno de estos componentes por un equivalente electrónico, todos ellos conectados exactamente de la misma forma a como están unidos los componentes del cerebro de Haldane. Entonces, no solo esta copia electrónica del cerebro de Haldane debería Pensar 'justo como Haldane, sino que según la teoría de la continuidad física debería 'ser' Haldane.
"El quinteto de Cambridge", J.L.Casti

Pero, ¿no es cierto que, en algún momento, seremos capaces de replicar todas las conexiones neuronales de nuestro cerebro? ¿Podremos entonces afirmar que las máquinas piensan? O, como afirma Turing, ¿deberemos considerar a ese artefacto como un ser con vida y sentimientos -al contar con ese yo característico de la especie humana-?
Muchos autores dentro del campo de la ciencia-ficción, como Philip K. Dick, Isaac Asimov e, incluso, Stephen King han tratado de forma extensa la posibilidad de que ciertos artefactos electrónicos puedan llegar a tener vida.
Asimov, dedicó gran parte de su producción literaria a los robots. También elaboró diversos relatos de corta extensión que giran en torno a Multivac, un potentísimo supercomputador presente universalmente en nuestro planeta, con una capacidad muy superior a la de los seres humanos, capaz de sentir y de pensar.
Philip Dick, también introdujo en su obra el tema de máquinas que contaban con voluntad propia y, en cierto modo, también con sentimientos. En la novela ¿Sueñan los androides con Ovejas Eléctricas? realiza una extensa reflexión sobre la posibilidad de que los seres artificiales tengan la capacidad de pensar y de tomar sus propias decisiones. Asimismo, se plantea la posibilidad de que los seres humanos podamos sentir empatía por máquinas que simulan tener vida.

—Estoy bien —sacudió la cabeza, como si tratara de aclarar sus ideas, aún sorprendido—. La araña que Mercer le dio a Isidore, el cabeza de chorlito, también debía de ser artificial. Pero no importa. Las cosas eléctricas también tienen su vida, por pequeña que ésta sea.

"¿Sueñan los androides con Ovejas Eléctricas?", Philip K.Dick

Turing, una gran eminencia en el campo de las matemáticas, ideó un test para determinar si las personas eran capaces de identificar si estaban manteniendo una conversación con un ordenador o con un ser humano. Hasta el momento ninguno de los ordenadores ha logrado convencer a todos sus interlocutores de que se trataba de un ser humano pero, en los últimos años, varios software -como ‘Eugene Gootsman’- han conseguido engañar a más de un 30% de ellos. ¿Deberíamos pues, plantearnos la posibilidad de que estos circuitos impresos aparentemente inertes alberguen algo de vida en su interior?

En contraposición a la mentalidad reduccionista o fisicalista, existen otros planteamientos que no conciben la posibilidad de que ningún otro ser o, ‘máquina’, sea capaz de pensar del mismo modo que nosotros, los seres humanos, lo hacemos. Pero, ¿acaso las máquinas y los ordenadores no son programados por humanos y se limitan únicamente a repetir, una y otra vez, las órdenes para las que han sido instruidas?
¿Cómo un dispositivo de esta índole puede ser capaz de abandonar su secuencia lógica y hacerse autónomo? Para que un ordenador sea capaz de desarrollar una conciencia y pensar, es necesario que éste sea construido y diseñado específicamente para ese fin.
De todos modos, sería necesario llevar a cabo una investigación de tal magnitud que, a día de hoy, seguramente sería inviable teniendo en cuenta la tecnología de la que disponemos. En todo caso, ¿sería ético llevar a cabo este tipo de investigaciones? ¿No estaríamos poniendo en peligro la estabilidad de nuestra sociedad e, incluso, de nuestra especie?

Una gran variedad de posturas relacionadas con el ámbito filosófico y religioso, plantean una opción diferente a la expuesta hasta el momento: la separación entre cuerpo -nuestra parte física- y, mente -la parte no física o transcendente- a la que también nos podemos referir como alma.

Tengo yo un cuerpo al que estoy estrechamente unido, sin embargo, puesto que Por una Parle tengo una idea clara y distinta de mí mismo, según la cual soy algo que piensa y no extenso, y, por otra parte, tengo una idea distinta del cuerpo según la cual este es una cosa extensa, que no piensa, resulta cierto que yo, es decir mi alma, por la cual soy lo que soy, es entera y verdaderamente distinta de mi cuerpo, pudiendo ser y existir sin el cuerpo.

"Meditaciones metafísicas", René Descartes

Si compartimos esta posición dualistas, nos resultará imposible afirmar que una máquina sea capaz de pensar y sentir, de la misma forma en la que nosotros lo hacemos. 
Los fisicalistas piensan que, la única y principal diferencia entre nosotros y una bacteria, es el grado de desarrollo de nuestro cerebro. Por lo que los defensores de la existencia de dos elementos antagónicos, no compartirían nunca este planteamiento. Sin embargo, ¿acaso no todos los animales superiores tienen un cerebro con características similares al nuestro? Entonces, ¿por qué un chimpancé no es capaz de hacer música ni reflexionar sobre el sentido de su vida?
Parece ser que nosotros, los humanos, simplemente por el hecho de serlo, contamos con una cualidad no-física que nos obliga a ser cómo somos.

Dicha cualidad, es a la que los filósofos presocráticos denominaban psiké (alma). Platón, entre otros, defendía que a cada ser humano, en el momento de nacer, un dios hacedor denominado "demiurgo" insuflaba el alma a los cuerpos. A partir de ese momento, el sentido de nuestra vida se centraba en recordar todo aquello que, esta parte inmortal y trascendente, había olvidado con el paso al mundo material. De igual modo, filósofos como Aristóteles o, posteriormente Descartes, también propusieron diferentes teorías en este sentido, recalcando la diferencia entre ambos elementos.
Por lo tanto, desde el punto de vista dualista, es esta parte inmaterial la que nos hace y distingue como personas y no como animales salvajes. Pero, ¿puede un conjunto de cables y transistores tener alma? ¿Puede un ordenador contar con este componente metafísico?
La respuesta a estas preguntas, aunque parezca mentira, no puede ser respondida de una manera rotunda.

La mayoría de fisicalistas defienden que -a nivel teórico- sería viable la posibilidad de que algún día un circuito llegara a alcanzar el nivel de complejidad de nuestro cerebro y, por lo tanto, generara sentimientos y pensamientos, tal y como nosotros lo hacemos.
Sin embargo, la mayor parte de dualistas niegan la posibilidad de que un circuito electrónico pueda llegar a tener mente. Aunque este contara con una estructura similar a nuestro cerebro, sería incapaz de desarrollar la dimensión ética, autoconsciente y sentimental que nos caracteriza. Según ellos, la máquina no podría sentir envidia, odio, o empatía. Sin embargo, podría ser capaz de resolver problemas matemáticos de diversa índole.
Por lo tanto, ¿pueden ser capaces las máquinas de pensar?

Para intentar hallar la respuesta a esta pregunta, cada uno debe sopesar sus creencias y pensamientos acerca de su propia naturaleza. Más allá de plantearse si un dispositivo electrónico pudiese alcanzar una actitud similar a la humana, la cuestión tiene aún mayor transcendencia.
¿Somos únicos? ¿Tenemos motivos para considerarnos especiales en algún modo por tener la capacidad de reflexionar y sentir? ¿En el fondo, no somos máquinas programadas por la evolución que simplemente nos limitamos a ejecutar el código genético escrito en nuestras células? Y, finalmente: ¿podrá algún día una máquina reflexionar sentir, y pensar,  tal y como nosotros, los seres humanos, lo hacemos?

- Multivac, ¿qué es lo que deseas? -
El momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les pareció interminable, pero Othman y Gulliman no se atrevían siquiera a respirar.
Se oyó un clic y surgió una tarjeta. Muy pequeña. Sobre ella, con letras muy claras, se hallaba la respuesta:

- Deseo morir. -


Rafael Navarro, alumno de 1º de bachillerato
Imagen: Sebas Taits (viñeta)

domingo, 14 de febrero de 2016

ARISTÓTELES LLAMA A LAS PUERTAS DE LA NUEVA POLÍTICA



¡Cómo está Grecia de revuelta!: Esta frase, que bien podría referirse a los disturbios de la reciente huelga general contra la reforma de las pensiones de Tsipras tiene, sin embargo, mucho más largo aliento, porque valdría perfectamente para el tiempo de Aristóteles, que estudió el ascenso y la caída de cientos de regímenes en las Polis griegas. Son pocos los datos comprobados que tenemos de la biografía del gran filósofo, pero su obra es tan influyente que su sombra se proyecta hasta nuestros días. Y de toda su obra, sin duda la más vigente es la «Política». No podía ser de otra manera, porque su idea -todavía revolucionaria- vincula la constitución de las ciudades con la virtud, con la ética, y su progreso con la educación en los valores de la Polis, sin cuyo respeto el desgobierno está garantizado. ¡Que nos lo cuenten a nosotros, a los españoles!

Tomás Calvo, verdadera autoridad en el pensador macedonio, afirma que «no es solo el filósofo que más influencia ha tenido en nuestra cultura, sino el que está más de actualidad. Es influyente porque cualquier teoría de verdad, desde entonces, se acaba remitiendo a su obra». Aristóteles «inventa la Biología, la Lógica y sistematiza el método filosófico con una sensibilidad para la realidad verdaderamente empírica».

Poco se sabe de sus años mozos, pero en Atenas estudió durante 20 años, cultivando una mirada sobre las cosas propias de un extranjero. «Era un inmigrante cualificado». A la muerte del maestro no hereda él la dirección de la escuela y se va a Asia a fundar su propio camino en la corte de Hermias. Allí consiguió lo que Platón no había logrado en su república ideal de Siracusa: que el tirano moderase su política y fuese justo gracias a sus consejos.

Sin embargo, por ironía del destino, este hombre que había sido discípulo de Platón y estudiaría más de 140 constituciones de Ciudades Estado griegas, acabó siendo el preceptor no de un monarca en una Polis perfecta, sino de un gigante como Alejandro Magno, el primer emperador que ambicionó el mundo completo. Se dice que le enseñó utilizando las obras de Homero y que esa épica influyó en los sueños del joven, pero «la verdad es que no tenemos ni idea de lo que le enseñó ni de lo que aprendió Alejandro, solo sabemos que fue justo lo contrario: el que se carga la idea de Polis, convierte Atenas en una capital de provincias. Entienda que Atenas, Corinto y Esparta, los polos de poder de Grecia, cabrían en la provincia de Granada, nada que ver con un imperio como el del macedonio», remacha Calvo. Pero Aristóteles también educó a Ptolomeo, más brillante y poderoso en la paz que en la guerra. Y también al sucesor de Alejandro en Macedonia, Casandro, cuya victoria dio nombre a Tesalónica (la victoria de Tesalia o Tesalia-Nike, la ciudad más próxima a Estagira).

Cuando Alejandro rompe el nudo en Gordium y parte a sus conquistas, Aristóteles regresa a Atenas, funda su Liceo y escribe la mayor parte de sus obras, casi todas perdidas. «Lo que sabemos de él es por la compilación de sus materiales de trabajo, un corpus asombroso que hace la pérdida de sus obras irrelevante», comenta el filósofo Gabriel Albiac. Durante esos años no solo escribe sino que funda una especie de centro de investigación con proyectos cuyos avances compartía con los alumnos más aventajados. A la muerte del joven emperador en 323 a.C., Aristóteles debe dejar Atenas por la animadversión generada contra los macedonios y muere, en 322 a.c. menos de un año después.
Para Albiac, «Aristóteles no es equívoco en que el objetivo de la Polis es potenciar la libertad de los ciudadanos, y dice que el gobierno de los libres es más conforme a la virtud que el despótico». Aún así, analiza con objetividad constituciones de Polis con el fin de escribir su tratado sobre el poder. Esa labor empírica le permite superar a Platón, que había fracasado con su república utópica.

Tomás Calvo recomienda a nuestros políticos la lectura del libro V, apartado 8, de la «Política» aristotélica: los medios para asegurar la estabilidad de los regímenes. Vigilar que nadie quebrante la ley, desconfiar de los ardides que engañan al pueblo, prevenir enfrentamientos entre la clase dirigente (porque se extienden), proporcionar la imposición fiscal y leyes que impidan que nadie se enriquezca en el ejercicio de un cargo público. «Y todavía estamos nosotros hablando de leyes anticorrupción, 2.400 años después», ironiza el catedrático de la complutense. Para Calvo, hay rasgos fundamentales, como «que la educación es lo más importante y que el sistema solo funciona si se educa en los valores de la Polis, sean los que sean, no por cinismo, sino por mejorar a sus ciudadanos». Otra que deberíamos apuntarnos en España.

El filósofo se decanta por una opción próxima a la democracia pero con cargos «que no se puedan elegir salvo por las aptitudes para el desempeño de algunas funciones, como ocurre hoy con los jueces». Otro catedrático, José Luis Rodríguez, afirma que se despega de lo tiránico, admite lo que llama república, una democracia con correcciones, y la prefiere mucho antes que la oligarquía o la tiranía. Rodríguez incide en la actualidad del libro V de la «Política».

Ante las agitaciones políticas de nuestra actualidad, recuerda el diagnóstico de Aristóteles sobre las sublevaciones: «Los que aspiran a la igualdad se sublevan si creen que siendo iguales tienen menos que otros, y los que aspiran a la desigualdad aspiran a tener más si creen que tienen igual o menos que otros. Y entre los siete motivos de las rebeliones destaca el lucro, el honor, el desprecio, la soberbia o el crecimiento desproporcionado». Preguntado por la potencialidad del conflicto en la política española actual Rodríguez ironiza, con concepto filosófico, que «todo lo que vemos es puro acto, porque potencia queda poca, incluso en los de Podemos».

El filósofo Javier Gomá destaca la recuperación de la ética de las virtudes en Aristóteles, que ha tratado en su obra «Ejemplaridad pública». Explica que el estagirita es de un idealismo pragmático, en contraste con el utópico de Platón, y que resulta muy moderna la valoración del placer o la felicidad como guía de las personas hacia lo bueno y lo bello. Además, destaca que «es el padre de la ética comunitarista, que podría emparentarse con un liberalismo que no diera tanta primacía al individuo: “El todo de la Polis prevalece sobre el ciudadano”, es una forma de entender el liberalismo cercana a Arendt», afirma Gomá, que recuerda que para Aristóteles «es la prudencia la virtud de las virtudes, algo que debería aplicarse al político de hoy como ideal moral. La ética rige las cualidades del individuo y la política así entendida puede regir las cualidades de la Polis».

En ese sentido, según Gomá, Aristóteles «concede gran importancia a la educación y a la filía, la amistad que rige las relaciones no políticas de los ciudadanos, lo que hoy sería la sociedad civil. Ello se traduce en un cultivo de las relaciones y de los valores comunes muy actual, porque según yo mismo he escrito, la ley es necesaria pero no es suficiente». Como conclusión, Gomá cree que Aristóteles funda una ética de la felicidad con admirables objetivos, porque incluso cuando la felicidad es imposible (y pone el ejemplo de Príamo, el rey de Troya que ve morir a su hijo y su ciudad destruida) esa ética no puede privar al individuo de la dignidad.

Luis Alberto de Cuenca, por su parte, se refiere al impacto cultural de la «Poética» de Aristóteles, que funda otra ciencia: la investigación literaria. El mismo sentido común que aplica a la política lo pone sobre toda la realidad, según De Cuenca, «Aristóteles tiene un gran ojo clínico para la realidad y no olvidamos esta influencia cultural tan enorme que ha configurado nuestras sociedades. Define los géneros por primera vez, configura la manera en que entendemos la literatura y la criticamos desde entonces». Como prueba reciente en la cultura popular, recuerda que Aristóteles es, a través de su influencia en la cultura cristiana, un personaje más de obras como «El nombre de la Rosa», de Umberto Eco.

 Artículo publicado por Jesús García Calero
Imagen: viñeta (s/r)


jueves, 12 de noviembre de 2015

¿ES ÚTIL LA FILOSOFÍA HOY?



Antes de comenzar a hablar acerca de la utilidad o no de la filosofía, es importante clarificar el significado del concepto 'útil' que, según la RAE, es aquello que trae o produce provecho, comodidad, fruto o interés.

Dejando la lingüística de lado, el significado que erróneamente se atribuye a 'utilidad' es más cercano a lo que conocemos como 'pragmatismo', corriente de pensamiento que tiene en cuenta, por encima de todo lo demás, el valor práctico de las cosas. Ahora bien, ¿en qué consiste esa clase de valor y cómo se establece?

Vivimos en un mundo rápido, terriblemente dinámico y cambiante. Somos llamados 'seres sociales', incapaces de vivir sin considerarnos parte de un grupo de referencia. Necesitamos y requerimos de otros: tememos el aislamiento, y alejándonos de esta condición, buscamos ser eficaces y aportar a nuestros iguales. Por lo tanto, ¡debemos ser útiles!

Si miramos una lista de las 100 carreras más solicitadas por estudiantes en 2015, podríamos clasificarlas todas en tres grupos claramente diferenciados: las que el estudio de las mismas tiene como fin ofrecer un servicio (de vuelta a la necesidad de aportar). Las enfocadas a la construcción de un futuro y al devenir de la sociedad (un alto porcentaje). Y las que estudian el pasado o el presente que gira en torno a nosotros y nos concierne (menos de un 10% del total). ¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto?

Evidentemente, que el hombre busca un bien comunitario: el avance corporativo. Además, se espera que cada individuo que compone su grupo o etnia pueda aportar algo a la gran obra de arte que llamamos sociedad. Prolongarla, ensalzarla, porque el único objetivo que tenemos como seres pragmáticos es seguir caminando. Pero, ¿qué ocurre con nuestro yo, con nuestra individualidad? ¿Qué queda de ese sentimiento hedonista del placer por el placer? ¿Por qué la mayoría de todas nuestras acciones parecen estar ligadas a la utilidad colectiva? ¿Qué pasaría si, como afirma Nietzsche,  todo quedase en manos del deber?

Si entregásemos un martillo y unos tablones de madera a un carpintero sentado en un banco deteriorado y, tras un par de días volviésemos al mismo lugar, probablemente el carpintero habría arreglado el banco. Si entregásemos instrumental médico a un médico o unos balances de cuentas a un economista, seguramente darían buena cuenta de tales herramientas, siempre en pos de lo pragmático.  Pero si entregásemos ' La Metafísica' de Aristóteles a un filósofo sentado en ese banco arreglado por el carpintero, que estuvo en el médico porque tenía un fuerte dolor en el pecho y que pasó por la consultoría antes de hacer la declaración de la renta, y tras un par de días volviésemos al mismo lugar , en apariencia, nada habría cambiado; ¿o sí?

Fundamentado en esto y basándonos en la semántica conceptual de la palabra 'utilidad', puedo afirmar con absoluta rotundidad que la filosofía es completamente INÚTIL, ya que salvo que la enfoquemos como una disciplina académica, parece no tener ningún valor práctico.

Pero, curiosamente, ¿quién nos exige ese pragmatismo y qué nos obliga a cumplirlo? El amor al saber es individual y requiere fidelidad. El filósofo mismo es egoísta, se encauza en un viaje personal y no busca satisfacer ni servir. Calla, en su regocijo personal, al Bentham que dice: "la mayor felicidad para el mayor número", porque si "la filosofía es encontrarse a sí mismo, llegar por fin, a poseerse", como afirma María Zambrano, el amante del saber es "el valiente que se desvía, corrompido por el miedo y la sed, noctámbulo, que descubre, como dice Calderón, que la vida es sueño y ya jamás podrá volver a dormir".

La filosofía nació cuando el hombre comenzó a preguntarse por qué, qué es eso. La simple fórmula de esta pregunta engendró la bienaventuranza de nuestra raza y su condición. Así nació el pensamiento racional, la insurrección frente a la inconsciencia, la posibilidad de observar además de ver, de escuchar además de oír. El ser humano progresó como civilización y dejó de ser un animal guiado únicamente por el instinto para poder regir sus acciones en base a unas normas éticas.

Por eso, desde que el ser humano dejó atrás esa naturaleza exclusivamente animal, la filosofía rompió con los dogmas establecidos y, caída la venda, apareció una actitud vital que jubiló a los dioses e hizo que dejásemos de tener los ojos cerrados, como diría el filósofo racionalista René Descartes. Sin embargo, en esta sociedad tan útil, en pleno siglo XXI ¿por qué estamos empeñados en volver a cerrarlos?

La filosofía, a lo largo de los siglos, parece que ha permanecido estática, que no ha avanzado, que no nos ofrece respuestas y sólo nos ha llevado a más y más preguntas. Por lo tanto, ¿qué abarca la filosofía? ¿De qué se ocupa? ¿Cuál es su radio de acción? La filosofía abarca el ahora: el ahora que ha pasado, el que está pasando y el que pasará. Un presente atemporal, ininterrumpido, que al parecer carece de interés en este nuevo mundo diligente en el que nos enseñan que sólo debemos mirar útilmente hacia delante, hacia el futuro.

Lo que parece pasar por alto este pragmatismo global es que lo verdaderamente importante no es el destino, el fin o la meta; es el camino en sí.

Tras esta reflexión, y retomando la definición inicial de utilidad, podemos afirmar que vivimos conceptualmente equivocados. Si útil es aquello que trae o produce provecho, comodidad, fruto o interés, ¿por qué calificamos de inútil algo que es útil por sí mismo y que no es un medio para alcanzar esa virtud que se busca a través de dicha utilidad?

Desde mi puno de vista, la filosofía trae provecho, interés, curiosidad. Nabokov afirmó que la curiosidad es "insubordinación en su forma más pura". El ser humano se admira y es curioso por naturaleza, así que no podemos renegar de la utilidad de esta ciencia de la verdad que diría Aristóteles. De esta ciencia de todas las ciencias, que va intrínseca en nuestra esencia, en nuestro ser más íntimo. Por eso, no podemos dejar de ser lo que somos. De ahí  que la única forma de sustraerse de la filosofía, en palabras de Auguste Comte, "es la ignorancia y el oscurantismo"


María Trapero (Alumna de 1º de Bachillerato Internacional)
Imagen: "Escuela y guerra" (fotografía)

miércoles, 22 de octubre de 2014

CON EL TIEMPO



El tiempo no se nos va, nos vamos con él. Que sea o no nuestro o que tienda a quedarse le es más indiferente que a nosotros, aunque nos necesita, siquiera para poder irse mejor. Basta escuchar, “Avec le temps”, tal vez en la versión de Patricia Kaas, para sentir hasta qué punto se esfuma y se desvanece para erigirse con más contundencia. Aunque es suficiente con estar un tanto vivo para experimentarlo.
La impresión de que algo se va puede tenerse incluso antes de que haya venido. No es un monopolio de la vejez, sino de la edad, y hay quien conoce esa sensación desde la infancia. Hay acontecimientos que nos demarcan esa edad, hechos y vivencias que conforman una sensibilidad, que es más con el tiempo que por el tiempo. Con él no hace falta mucho más para aprender que lo que permanece es el devenir, algo que nos enseñan Parménides Heráclito cuando les escuchamos conjuntamente. Como lo hacen tantos incidentes que son verdaderos sucesos de nuestra vida.
No es simplemente la constatación de lo que pasa, de lo que huye, de lo que se va. Ni siquiera solo de la fugacidad o de lo efímera que es la existencia. Es tan reiterativa la mención que prácticamente resulta tan cotidiana como cualquier silencio. En efecto, la más prolongada de las vidas no deja de ser un soplo. Solola intensidad de cada instante la hace dilatarse y diferirse como el propio tiempo tiende a hacernos creer. Sin embargo, nada es capaz de una perdurabilidad, salvo la memoria, que ya nunca es simple recuerdo. Y es la de quienes quedan, tantas veces los otros.
No olvidar lo que con el tiempo ocurre viene a ser un verdadero acicate para una forma singular de coraje y de valentía, para una reconstitución de la escala de valores, para adoptar una mirada diferente respecto de ciertas urgencias. Y, sin duda, en quienes la tienen se reconoce una distancia respecto de determinadas euforias o de ciertas desazones. No es apatía, ni indiferencia, es una forma de saber. Y una convocatoria a una serena entrega, lejos de los arrebatos de la prisa, de las iniciativas del miedo.

Con el tiempo todo es bien diferente, sin necesidad de ser radicalmente tan distinto. Considerar que el sobresalto y la agitación constante, la precipitación y la proliferación de actividades vencen al tiempo, le ganan la partida, van antes y más lejos, hasta el punto de sobrepasarlo, de superarlo, es ignorar que incluso “el concepto” que, a decir de Hegel, “borra el tiempo”, queda tomado para siempre con su abrazo. Con el tiempo encontramos algo o a alguien, precisamente en la medida en que estamos desprovistos, despojados, despedidos de lo que no se deja retener.
Solo con el tiempo la mirada puede llegar a ser justa, obnubilada ahora con lo que sucede. Ignorarlo impide cualquier perspectiva y toma de distancia. Todo resulta plano y homogéneo, enmascarado de una febril premura. Los hechos se suceden unos a otros, las etapas de la vida, las peripecias y situaciones, los estados personales, sociales y políticos. La única emoción parece reservarse para lo más deslumbrante y exitoso y, mientras lo perseguimos, todo viene a ser tiempo ya vivido. Hasta el punto de que más bien él vive lo nuestro, que es lo suyo.
Sin embargo, ahí radica nuestra posibilidad. Habitar cada instante supone una complicidad con el tiempo, y eso nos permite saborear, que es un modo de saber, la maduración en lo que consiste despedirse. Y con aquellos otros, los otros, que participan de la misma travesía. Encontrarse con quienes han hecho asimismo la experiencia de lo que acontece con el tiempo, la experiencia que, en alguna medida, es la del propio tiempo, nos procura la participación conjunta en una forma de vida capaz de comprender la contundencia de su fragilidad.

Fiarlo todo al tiempo, con la confianza de que haga nuestro trabajo, como si laborara al margen de nuestra acción, como si pudiera ser nuestro sin nosotros, es ignorar hasta qué punto somos con él. Ampararnos, excusarnos en la confianza de que él todo lo puede, todo lo supera, todo lo olvida, todo lo cura, supone desconocer hasta qué punto nos precisa para hacerlo. Decir que somos con él es subrayar que solo con él somos, esto es, que somos temporales, que es condición de posibilidad, y no un recipiente, ni un aditamento.
Cuando decimos que el tiempo huye, confirmamos hasta qué punto nos vamos desprendiendo de nosotros mismos, como si este fuera el vivir del mortal, la intensidad de lo irrepetible, una y otra vez. Ello no nos impide añorar, incluso lo no vivido. Ello no nos impide reconocer lo que nos falta, lo que perdimos, lo que quizá nunca encontramos. Y hemos de aprender pronto, bien pronto, lo que significa, sin necesidad de sorprendernos con los años.
Por eso es tan desconcertante vernos impelidos a ciertas formas de vida que parecen no comprender lo que con el tiempo siempre nos ocurre, como si él estuviera a nuestra disposición, como un bien más de consumo. No cabe olvidar que son posibles las grandes hazañas, los sucesos históricos, las acciones heroicas, pero conviene no precipitarse a expedir certificados de acontecimiento a lo que buscamos, deseamos o vivimos. Con el tiempo habita otra sencillez, no exenta de ambición, y demorarse en él libera de algunas fantasiosas ingenuidades, sin duda dignas de admiración.
Cuando Aristóteles habla del asombro que supone el devenir y del terror que ello produce, algo bien distinto del miedo, lo denomina “la maravilla”. No es una simple sorpresa inicial, es un pathos que acompaña y sostiene toda la existencia. Con el tiempo aprendemos a ser temporales. Y a vivir gozosos, con una dicha no exenta de dolor, esa condición.

Artículo publicado por Ángel Gabilondo en el blog "El salto del ángel"
Imagen: La llave de los campos de René Magritte (óleo sobre lienzo)

sábado, 22 de diciembre de 2012

¡¡SAPERE AUDE!!!




"Sapere aude", decía Kant  en ¿qué es la ilustración? Atrévete a saber, piensa por ti mismo, ten el valor de servirte de tu propio entendimiento,  de usar tu razón para salir de la minoría de edad, para liberarte de tus prejuicios, para escapar. No se puede seguir actuando aceptando la rutina, “lo dado”, lo impuesto o, lo que Horkheimer denomina “el sentido común acrítico”.
Y es que las personas, decía Aristóteles, “deberían esforzarse por seguir lo que es correcto, no lo que está establecido”, porque “donde todos piensan igual, nadie piensa mucho”.
Mediante la educación podemos colaborar en la construcción de una libertad real, de una actitud que invite a cuestionar las cosas, a dudar. Debemos intentar no convencer sino invitar a la reflexión porque “la pregunta es el despertar del hombre”. En palabras de Ortega: “además de enseñar, enseña a dudar de lo que has enseñado”.  Pero, esto no significa dudar por dudar, sino emprender un camino desde un punto de vista crítico, metódico, radical si es preciso.
Debemos educar  sin miedos, para no caer en la aceptación de cualquier tipo de autoridad externa que, al fin y al cabo, termina dominando nuestra manera de pensar y nuestra manera de actuar, perdiendo así, cualquier rastro de libertad, de espíritu crítico, de seducción.
Porque no debemos olvidar que no nacemos libres, ¿o sí?, sino que nos vamos haciendo. “El hombre va siendo y desiendo”, otra vez Ortega, “va acumulando ser a través de sus experiencias”. Experiencias que nadie puede vivir por nosotros. Experiencias que nos foman y, a su vez,  nos deforman,.
Pero,  ¿cómo empezamos a filosofar?, se pregunta André Glucksmann en Los dos caminos de la filosofía: “¿desgastando los vaqueros en los bancos del instituto? ¿Bebiéndonos las palabras de los profesores en la universidad? ¿Meditando sobre los grandes textos? ¿Frecuentando a los buenos autores? Y es que nadie puede enseñarme a juzgar, puesto que previamente tengo que juzgar si son buenos o malos los consejos y los consejeros. Si quieres filosofar, nadie puede pensar en tu lugar. Si quieres empezar a pensar, decide pensar por ti mismo”.
Por eso, y volviendo a Kant, “no se puede aprender filosofía, solo se puede aprender a filosofar”. ¡¡Abramos entonces las ventanas!!
Enrique López