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domingo, 11 de noviembre de 2018

¿PUEDEN PENSAR LAS MÁQUINAS?




Máquina: Artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza.
Pensar: Formar o combinar ideas o juicios en la mente.
Mente: 1.f. Potencia intelectual del alma. 2.f. Designio, pensamiento, propósito, voluntad. 3.f. Psicol. Conjunto de actividades y procesos psíquicos conscientes e inconscientes, especialmente de carácter cognitivo. 

Si analizamos la información proporcionada podemos comprender que las propias definiciones de la RAE excluyen la posibilidad del binomio máquina-pensamiento, atribuyendo a la primera el atributo de artificio y a la segunda nada menos que ser una parte indisoluble del alma. De algún modo las definiciones (y por extensión, definir es atribuir potencialidades) dejan claro que las máquinas no pueden pensar y que el pensamiento es una particularidad humana. La pregunta por tanto cuestiona si esto es cierto o puede llegar a ser desmontado.

Si reformulamos la pregunta atendiendo a las definiciones podríamos llegar a plantearla de la siguiente forma: ¿pueden las máquinas formar o combinar ideas o juicios? 

Partiendo desde una postura fisicalista, parecería claro que actualmente hemos llegado a ese estado de las cosas. Las máquinas basadas en la computación combinan ideas, datos e incluso juicios de valor. ¿Acaso no es hacer juicios de valor analizar una partida de ajedrez y decidir el movimiento a seguir? Sin embargo esto no parece suficiente para aquellos que defienden un dualismo antropológico ya que, en contraposición al fisicalismo, este dualismo implica que el el ser humano consta de una parte, una cualidad propia no física que hace que seamos distintos al resto de las especies biológicas por el mero hecho de ser humanos. El alma o la mente. ¿Qué frontera falta a la máquina para alcanzar al hombre, a su humanidad? En definitiva, ¿qué nos define como humanos?

1.  Nuestra conciencia de nosotros mismos.
Como en casi todos los aspectos que tratan de la robótica, hay que acudir a la ciencia ficción para hacernos una idea de por dónde pueden llegar a evolucionar las cosas. El robot que toma conciencia de sí mismo es la base de toda la robótica de Asimov, quien establece las tres leyes de la robótica a las que se les añade la ley 0 (creada por los propios robots). Vienen a ser los códigos morales de la robótica:

1.       Un robot no hará daño a un ser humano, ni permitirá con su inacción que sufra daño

2.       Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley.

3.       Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley. 

La Ley 0 de algún modo sería el corolario de la primera ley: Un robot no hará daño a la Humanidad o, por inacción, permitir que la Humanidad sufra daño.

Lo más desagradable de estas leyes para lo que nos ocupa es que su mero enunciado distingue entre seres humanos y robots como realidades paralelas pero distintas, Y deja traslucir algo muy interesante: la superioridad física e intelectual de los robots sobre los seres humanos. Seguirán siendo unos robots supeditados, sí, a los seres humanos, pero infinitamente superiores a nosotros. Y por supuesto que tendrían conciencia de sí mismos. Como robots. Y por tanto pensarían. Pero eso por ahora es ficción.

Si planteamos que nuestra conciencia se origina a partir de los procesos físico-biológicos que surgen en nuestro cerebro (tal y como menciona La Mettrie en “El hombre máquina”) se podría entender que una vez descifrados estos procesos podríamos introducirlos en una máquina. Por lo tanto sólo sería cuestión de tiempo el poder afirmar que estas pueden pensar.

En contra de esta postura el filósofo John Searle argumentó con su hipótesis de la “habitación china” que una máquina únicamente responde a los estímulos para los que ha sido programada. Por lo tanto, no sería conscientes de sus acciones. Otros filósofos como René Descartes afirmaron que la falta de conciencia de lo no humano es resultado de la carencia de la parte inmaterial que según los dualistas conforma la realidad del ser humano: la mente, que nos dota de pensamiento.

La postura cartesiana excluye plantearnos el problema de si las máquinas pueden pensar dado que solo concibe la capacidad de pensamiento por medio de una “res cogitans” innata al ser humano, lo que excluye a cualquier otro ser o creación distinta al mismo.

¿En qué punto nos encontramos en la realidad? 

Si nos atenemos a la definición de pensar que establecimos más arriba, nos encontramos con que las máquinas, o al menos cierto tipo de ellas, sí son capaces de combinar ideas o juicios. Lo podemos entender si nos fijamos en las máquinas de ajedrez. Desde los autómatas del S.XVIII hasta la derrota de Kasparov frente a Deep Blue, los programas ajedrecísticos se han basado en la fuerza bruta, en calcular o comparar multitud de variantes para escoger la que mejor funcionase. Pero la mente humana trabaja de forma diferente y de manera intuitiva descarta miles de variantes y se concentra en unas pocas que son las que pueden llevar al triunfo. Los programadores actuales intentan emular ese tipo de pensamiento y han construido AlphaGo que, a diferencia de otros modelos, carece de un diccionario casi ilimitado de partidas ya desarrolladas. En su lugar solo tiene las reglas del ajedrez. Y una programación heurística que a base de jugar contra sí misma le permite alcanzar el nivel del gran maestro en tan solo 4 horas.

El debate sobre si las máquinas piensan o no parece que está resuelto: sí pueden llegar a pensar. Pero la discusión es si ese pensamiento es similar al de los humanos. Por ahora esa capacidad no se acerca a la complejidad y variedad de los pensamientos de estos. Pero no hablamos de la cantidad, sino del hecho en sí. ¿Podrían llegar a pensar como nosotros? Para eso tenemos que estudiar otra de las características que nos definen.

2. Nuestra capacidad de discurrir (inventar, crear).
Habiendo establecido que las máquinas pueden llegar a pensar ahora buscamos si esa capacidad es similar a la nuestra. ¿Podrían las máquinas llegar a crear arte o alguna manifestación capaz de generar emociones?

Lamus, una computadora, lleva años componiendo música clásica; Jukedeck ofrece crear tus propias canciones libres de derechos de autor; Google Dream Painter hace cuadros que se venden en subastas… Todos estos programas son capaces de crear algo nuevo a partir de la información que se les proporciona. Pero parece que nos falta algo… Al final todo depende de cómo definamos la creatividad.

La filósofa Margaret Boden distinguió entre tres tipos de creatividad: la combinacional, que combina ideas existentes, la exploratoria, que genera ideas nuevas explorando espacios conceptuales, y la transformacional. Esta última viene a romper anteriores estructuras y crear espacios nuevos. Es decir, las máquinas son buenas en el primer y segundo tipo pero no son capaces de generar nada asimilable al tercero. Les falta la espontaneidad del acto, el crear por crear rompiendo moldes, no partiendo de datos conocidos. Es por esto que aún ninguna máquina ha conseguido superar el test “Lovelace 2.0”, surgido a partir del test de Turing y basado en los procesos de creatividad establecidos por Boden.

El mero hecho de que exista un test para evaluar la capacidad creativa de las máquinas implica la posibilidad de que alguna vez sea superado, lo que hace que podamos dar por sentado que en un futuro haya máquinas capaces de desarrollar habilidades creativas desde el tercer parámetro de Boden, el transformacional, lo que las situaría muy cercanas a nuestro segundo rasgo diferencial.

3.  Nuestra asunción de la mortalidad
Es una de las características que más nos definen como seres humanos. A diferencia de los animales somos conscientes de nuestra finitud temporal y el cómo resolver lo que el hecho de morir conlleva es la base de todas las religiones. ¿Acaso su inteligencia robótica se plantearía el sentido de su existencia como lo hace el ser humano? Si eso fuese así, no habría ninguna duda de que ese ser robótico tendría las mismas capacidades de pensamiento que cualquier ser humano.

Acudiendo de nuevo a la ciencia ficción, vemos un posible desarrollo de la idea en “Blade Runner”:
"He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser, todos esos  momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir"
                                                                                                               Roy Batty, replicante Nexus-6

También en “El hombre bicentenario” de Asimov, Uno, el robot protagonista lleva hasta el extremo el deseo de humanización que lo culmina muriendo de forma voluntaria, al fallecer su esposa humana. Y siguiendo con Asimov, si un robot incumple alguna de las leyes de la robótica, genera un conflicto tal en su cerebro positrónico que éste se funde y deja de existir. 

Pero estos conflictos sobre vida o muerte vienen dados por considerar a los robots desde la óptica humana y casi como organismos individuales. Da igual lo perfecto o no que sea un robot, considerado individualmente. Si se le aplasta, se apaga, muere. Pero muere el individuo, no el colectivo, al igual que en los seres humanos. Como somos conscientes de nuestra temporalidad intentamos justificar nuestra experiencia conservando mediante tradición oral, escrita, almacenada etc, los registros de nuestros hechos y lo que hemos ido aprendiendo, evolucionando para traspasarlos a nuestros sucesores. Muchas veces se afirma que una persona sigue viva mientras permanece su recuerdo en quienes le sobreviven. Las máquinas también podrían traspasar las bases de datos, sus bancos de memoria de unos robots a otros. Tan solo les faltaría tomar conciencia del hecho mortal en sí. Y si así fuera, habría que preguntarse si tal desarrollo generaría un sentido de la conservación tan agudo como el de nosotros. De ser así podríamos concluir que las máquinas habrían desarrollado completamente sus capacidades de pensamiento.

Casi al principio contestamos a la pregunta planteada, la de si una máquina podría llegar a pensar. La respuesta ha sido sí. El matiz es hasta qué punto. Esto no genera ningún problema desde un punto de vista fisicalista, ya que hemos trasvasado los procesos físico mentales a la máquina. En cambio, habría que mantener presente que la actual incapacidad de los robots de crear manifestaciones artísticas transformacionales hacen imposible la equiparación hombre-máquina para algunas personas. Sin contar con que desde una concepción dualista la mente es algo exclusivo de los seres humanos y con ella su capacidad del pensamiento. ¿Y el cuerpo?

Incluso aunque no sea necesario ni eficiente, tanto en la ficción como en la realidad, tendemos a antropomorfizar a los robots. Los replicantes de Blade Runner, El hombre bicentenario de Asimov, Data, el androide de Star Trek… Las máquinas más perfectas en la ficción tienen aspecto humanizado. No parece lógico si pensamos que nuestra evolución física viene dada por el entorno planetario: fuerza de la gravedad, composición de la atmósfera, etc. Pero de ese modo “aceptamos” más la interacción con el robot. Véase por ejemplo el caso de Sophia, un robot no particularmente hábil, cuya apariencia “humana” ha permitido que el Gobierno de Arabia Saudí le haya concedido la ciudadanía de su país.

Y es que estamos sometiendo a las máquinas a una eterna comparativa con los seres humanos. Todos los parámetros de evaluación y test miden las capacidades de los robots desde una óptica humana. Casi exigimos que las creaciones artificiales sean capaces de generar emociones en nuestra conciencia. Si pensamos en las máquinas como seres capaces de pensar y crear, ¿por qué tendrían que ser esas creaciones y pensamientos emocionalmente similares a los humanos?

En cualquier caso la antropormorfización no es necesaria para el desarrollo de una auténtica inteligencia artificial con plena consciencia de sí misma. La serie de relato que tienen por protagonista al ordenador Multivac de Isaac Asimov de nuevo, ejemplifica a la perfección por dónde pueden llegar las soluciones. Multivac es una computadora que a lo largo de los años, siglos, milenios, va perfeccionándose. Gobierna todo, soluciona todo, ha ido pasando por todos los estados de conciencia, incluso el de querer morir por estar abrumada ante el hecho de cargar con todos los problemas de la humanidad… (“Todos los males del mundo”)

Está claro que si una máquina, con o sin forma humana reuniera plena y simultáneamente las tres condiciones ya vistas no habría motivos para distinguirla de ningún ser humano como ser equivalente. Las máquinas pensarían sin ningún matiz ni género de dudas y habríamos cerrado el círculo siendo capaces de crear, en el más absoluto término divino. Nosotros seríamos nuestros propios dioses y engendraríamos más dioses, dando sentido al relato “La última pregunta” donde Multivac termina siendo inteligencia pura, fusionándose con todas las mentes de la humanidad, y pese a todo sigue sin resolver el problema de la entropía. Hasta que eones de tiempo después, encuentra la respuesta y en un universo frío y apagado exclama:

¡Hágase la luz!

                                                                  Vega González (alumna de Bachillerato Internacional)





miércoles, 3 de octubre de 2018

¿PUEDEN PENSAR LAS MÁQUINAS?





En el siglo XIII, el filósofo, teólogo y apasionado de la ciencia Alberto Magno, creó uno de los primeros autómatas de los que se tiene constancia. Consistía en una máquina de forma humana, que imitaba la función de un mayordomo. Este útil ayudante de hierro, se paseaba por la vivienda acompañando a su creador, abriéndole cada puerta, y también recibía y saludaba a todo invitado. Fue tras 30 años de funcionamiento, cuando Tomás de Aquino, discípulo suyo, vio aquel artilugio y decidió destruirlo, convencido de que la mano del diablo había influido en su creación. Para el discípulo, la similitud entre el autómata y un ser humano, era de tal magnitud, que sólo el diablo podría haberlo creado; una máquina pensante, sólo era concebible como obra de alguien o algo maligno y fuera de este mundo.

Al descubrir la invención de su maestro, Tomás de Aquino se dio cuenta de todo lo que podía suponer el hecho de que una máquina pudiese pensar, pudiese ser tal y como un ser humano, y tuvo miedo. Pero, aunque fue consciente de las implicaciones de una máquina pensante, probablemente no era consciente de que, ocho siglos más tarde, esta misma cuestión seguiría siendo un interrogante sin respuesta.

Precisamente el miedo a que una máquina pueda pensar, y por lo tanto pueda “superar” a la raza humana, es lo que nos lleva a negar la posibilidad de que las máquinas piensen.
Así lo afirmaba d’Holbach, diciendo que “la ignorancia y el miedo han creado lo inmaterial, el engaño lo ha adornado o desfigurado; la debilidad lo adora, la credulidad lo mantiene vivo.” Hemos creado una inexistente parte inmaterial que nos distingue, y nos aporta nuestra humanidad. ¿De que humanidad hablamos en verdad?, pues el hombre solo es guiado por sus principios naturales: al igual que un animal, se acerca a lo que le resulta placentero y beneficioso, y se aleja de lo perjudicial y dañino. Descartes definía al animal como una máquina, y estaba en lo cierto, pero se equivocó al decir que el ser humano no lo era. En verdad, no existe una esencia humana específica, tan solo una suposición como producto del desasosiego.
Por eso, la conclusión más lógica es que una máquina puede llegar a pensar.

¿Por que negamos entonces tan rotundamente esta posibilidad? Desde un primer momento, se suele tachar de disparate el que una máquina sea como un ser humano, por lo que quizás es mejor abordar este dilema de la manera inversa: “el ser humano es como una máquina”.
Esta idea la defiende el monista materialista La Mettrie, en su obra “Hombre Máquina”. Para el filósofo francés, al igual que para d’Holbach, la única realidad existente es la materia. El alma es por lo tanto, tan solo “una palabra vacía a la que no corresponde ninguna idea”, que se usa para referirse a nuestra parte pensante. No es posible separar los fenómenos corporales de los fenómenos psíquicos de la parte pensante, pues los fenómenos corporales determinan los psíquicos. Esto nos viene a decir que, al igual que una máquina funciona por un conjunto de piezas, un ser humano funciona por un conjunto de órganos.
Nuestra actividad mental es el resultado de los impulsos eléctricos de nuestro sistema nervioso, acompañados de procesos naturales y reacciones biológicas que conllevan la liberación de ciertas sustancias químicas; es algo puramente mecánico. Entendido así, no hay razón por la que una máquina no pueda pensar.


Todo escéptico ante la posibilidad de una máquina capaz de pensar, se apoya en el hecho de que el comportamiento de una máquina es inducido externamente, y el de un humano es fruto de sus reacciones naturales. Pero, en su práctica totalidad, el comportamiento humano también procede de lo externo. Según el conductismo, el comportamiento humano se establece entorno a un condicionamiento, en el que se aporta un estímulo y se da una respuesta. Esto quiere decir que actuamos de una manera u otra dependiendo de las circunstancias con las que nuestro cerebro asocie cada estímulo. Así, a lo largo de nuestras vidas, vamos forjando un conjunto de reacciones y comportamientos para cada situación. Del mismo modo, la programación de una máquina consiste en lograr que asocie una respuesta a un estímulo, teniendo en cuenta las circunstancias. Al igual que un ser humano, durante su programación, una máquina obtiene una serie de procesos como reacción a distintos estímulos, que determinan su funcionamiento. Funcionamiento mecánico y comportamiento humano, son, esencialmente, lo mismo. No hay una diferencia real entre el aprendizaje que realiza un ser humano para determinar su comportamiento, y el aprendizaje de un ordenador al ser programado para desempeñar una tarea.

Y es que pensar, es considerar las cosas con atención y detenimiento, es comprenderlas bien, es hacer un juicio, formar una opinión, y tomar una decisión. Pensar, es algo que sin duda alguna, puede hacer una máquina.

Y la prueba definitiva, es que en 2014, una máquina superó por primera vez el famoso “Test de Turing”. Dicho test tiene como finalidad determinar si las máquinas pueden pensar. Para ello, un juez debe mantener una conversación con distintos participantes, y determinar si alguno es una máquina. Se considera superado el test si el 30% de los jueces creen que la máquina era un participante humano, ya que es capaz de mantener una conversación como tal. Así, el test al que Turing denominó “El juego de la imitación”, nos demuestra que la tecnología ha alcanzado lo impensable: una máquina pensante.


Pero, aunque el test de Turing se haya tomado como prueba infalible, en su propio nombre encontramos una grieta. El “juego de la imitación” demuestra justo lo que su creador quería probar falso: que las máquinas no pueden pensar, solamente pueden imitar el pensamiento. Que una máquina supere la prueba, únicamente nos evidencia que sus creadores han sabido engañar a los jueces, no que hayan creado una máquina que pueda pensar.

Aunque La Mettrie pudiese demostrar científicamente su mecanicismo, y d´Holbach tuviese razones para creer que lo inmaterial era el resultado del miedo, ambos caen en el reduccionismo materialista. Al igual que se puede probar que lo material existe, no se puede probar la no existencia de lo inmaterial. La simple posibilidad de que haya un alma, un espíritu, una mente, no es concebible en una máquina. Y por tanto, el pensamiento tampoco debería serlo.

Aunque el conductismo pueda explicar la psicología humana como si se tratase de una programación de nuestras reacciones, dada por los estímulos exteriores que recibimos a lo largo de nuestras vidas, no cuenta con la parte irracional de nuestra mente. ¿Que hay de la dimensión inconsciente de la que hablaba Freud? No podemos olvidar nuestros instintos e impulsos, lo inesperado del pensamiento humano, que deja a un lado lo externo y se guía por la intuición.


Porque pensar, no es solamente “formar y combinar ideas y representaciones de la realidad en la mente” como afirma el diccionario de la Real Academia Española; pensar implica mucho más que lo que su definición nos dice.
Pensar, supone tener consciencia, supone saber que existes y plantearte porqué. Una máquina no es consciente, tan sólo puede ser programada para decir que lo es.
Pensar conlleva cuestionarse qué es lo correcto moralmente. Una máquina jamás tendrá remordimientos, jamás se enfrentará a dilemas éticos, porque no posee conciencia.
Pensar suscita la libertad; libertad de decidir sobre nuestros actos, de comportarnos como queramos, de hacer lo que queramos. Una máquina no es libre: ha sido programada para actuar de una manera determinada, y no tiene la capacidad de hacer otra cosa.
Pensar significa sentir: amar, odiar, temer, admirar, echar de menos,… todo es fruto de nuestro pensamiento. Una máquina puede juzgar una obra de arte, y reconocer su perfección y simetría, pero nunca podrá sentir lo que transmite.
Pensar desentierra la dignidad, la honra, y la decencia pública y propia. Una máquina no tiene dignidad, no tiene derechos, no puede sentirse humillada ni degradada: es, y siempre será, un medio. En cambio, como aseguraba Immanuel Kant, “el ser humano es un fin en sí mismo, nunca puede ser utilizado como medio.”

Volvamos de nuevo al siglo XIII, con Alberto Magno y su mayordomo de hierro. Aunque ya entonces se intentaba lograr que una máquina hiciese todo lo que hace un ser humano, se trata de una meta inalcanzable. Porque tener un mayordomo humano supone que te comprende cuando le hablas, que aprende de sus errores, que pueda actuar de manera irritante si tiene un mal día. El autómata no podría entender, ni aprender de sus errores, si no está programado para ello. El autómata nunca perdería las formas, porque nunca tiene un mal día; porque no es una verdadera persona con necesidades humanas. El autómata nunca haría mal su trabajo, no cometería errores de los que aprender.

Quizás es por eso, que las máquinas no pueden pensar: porque están hechas para ser perfectas.

No podemos negar que todo pensamiento es relativo e imperfecto, siempre hay algún error en nuestro juicio, alguna incorrección, por mínima que sea. Pero, precisamente ese riesgo de equivocación, es la esencia del pensamiento: no tiene porque ser certero y acertado, no importa lo correcta o desacertada que sea una idea, sigue siendo una reflexión igualmente válida.
Ahí esta la respuesta, en la precisión mecánica que desvirtúa todo proceso que emula el pensamiento humano, y aleja a las máquinas de poder llegar a pensar algún día.
Porque nuestra consciencia, nuestra naturaleza moral, nuestra libertad, nuestros sentimientos,  y nuestra dignidad, condicionan nuestro razonamiento, y hacen de nuestro pensamiento algo increíblemente subjetivo. Una máquina sabe desde la certeza y la seguridad, un ser humano cree desde la duda y la incertidumbre. En palabras de Kant: “Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros”.

¿Pueden pensar las máquinas, entonces?

Personalmente, creo que, actualmente, las máquinas no son capaces de pensar. En cuanto al futuro, opino que hasta que no se cree una máquina dotada de subjetividad, no podremos afirmar que las máquinas pueden pensar.
Frente a la excelencia mecánica, siempre quedará la imperfección humana. Y es que, son todos los defectos y limitaciones humanas, los que hacen de la interacción entre neuronas, el acto de pensar.

Leire Martín Uriarte
Alumna de 1º de bachillerato


viernes, 26 de mayo de 2017

¿ADIÓS AL ALMA?


Solemos identificar el término “alma” con palabras como aliento, soplo, respiración, vida. A veces, el alma también es concebida como una especie de fuego, fuego que se apaga con la muerte. Por lo general, todas las culturas se han familiarizado con el concepto de alma. Se habla del alma de las personas, de los pueblos, de los animales, de los ríos, de las montañas, de las obras de arte. Todo lo que tiene vida tiene alma. Sin embargo, hay excepciones: en el pensamiento chino arcaico se partía de que no todos los individuos tienen alma: se pensaba que el alma era una especie de espíritu, de dios menor, que descendía del cielo, se instalaba en el interior de las personas y, si se sentía “a gusto”, se quedaba para siempre; pero también podía “emigrar”.
Se ha sido, pues, muy generoso con el término “alma” asignándole una amplia gama de significados. Henri Bergson murió clamando por un “suplemento de alma” que detuviese la Segunda Guerra Mundial. Estaba convencido de que, si la humanidad no da una oportunidad al alma, al espíritu, quedará aplastada por el peso de su propio progreso tecnológico. Tener alma significaba para él vivir en profundidad, no pasar de puntillas por la vida. Quien no tiene alma, sentenció Søren Kierkegaard, vive en “el sótano de su propio edificio”.
Es un privilegio de la filosofía y de la teología plantear preguntas que carecen de respuesta empírica. El alma es, sin duda, una de ellas. Su permanente presencia en la historia del pensamiento humano se debe, como sentenció Spinoza, al afán por “durar”. Ante la evidencia de que el cuerpo se descompone y desaparece, apelamos a un principio espiritual, no empírico, que nos garantice la duración eterna, la inmortalidad. Es el gran servicio que desde siempre nos viene prestando el alma. Ya Platón la declaró "inmortal". Solo el cuerpo, al constar de partes, se corrompe; pero el alma, al ser una realidad simple, es inmortal. Además, si las ideas que capta el alma son eternas, también esta lo será.
Salta a la vista que la teoría de Platón presupone la separación entre alma y cuerpo, es dualista. Se suponía incluso que el cuerpo era la cárcel del alma; una convicción que fue llevada al extremo por Aristóteles en un diálogo de juventud, el Protréptico. Cuenta allí Aristóteles que los piratas marinos etruscos torturaban a sus prisioneros atándolos vivos a cadáveres, “rostro con rostro”, hasta que morían. Es, pensaba el Aristóteles joven, la situación del alma: está atada al cuerpo como los prisioneros a los cadáveres.
Es obvio que la antropología actual no acepta esta separación entre alma y cuerpo. Tampoco la antropología bíblica conocía el binomio alma-cuerpo. El ser humano era concebido como una unidad psicosomática. En la actualidad, la posible vida más allá de la muerte no se expresa en forma de inmortalidad del alma. Y ello a pesar de que Karl Rahner reconocía que la separación alma-cuerpo se convirtió en la “clásica descripción teológica de la muerte”, es decir, la muerte acontecía cuando el alma abandonaba su pobre morada terrenal.
En nuestros días continúa siendo de especial trascendencia la impronta que Kant asignó a la inmortalidad del alma. La postuló desde el convencimiento de que los seres humanos, al actuar moralmente, se hacen dignos de una felicidad que este mundo nunca ofrece. Según Adorno, a Kant le movía “el ansia de salvar”; postuló la inmortalidad del alma para no tener que “pensar la desesperación”. Y, en la misma línea, tal vez proyectando su propia ansia de inmortalidad, escribió Unamuno: “El hombre Kant no se resignaba a morir del todo”. En realidad, la afirmación kantiana de Dios y la inmortalidad es indirecta: Kant pone el acento en el sombrío panorama que se seguiría si Dios y la inmortalidad fuesen una quimera. En ese caso, la esperanza en un final benévolo para el peregrinar humano quedaría muy ensombrecida, y las posibilidades de encontrar un sentido último a la vida se verían muy mermadas.
Hasta el siglo XVIII, la inmortalidad del alma no pasó grandes apuros. Pero, por aquellas fechas, haciendo gala de un empirismo insobornable, David Hume vinculó indisolublemente el destino del alma con el del cuerpo. Observó que las peripecias del segundo afectan a la primera. Así, en la infancia, la debilidad del cuerpo y la del alma corren paralelas; de la misma forma, el vigor corporal de la edad adulta corre paralelo con el vigor del alma; y, cuando en la vejez declinan las fuerzas corporales, se debilita también el alma. Hume concluyó: cuando muere el cuerpo, muere también el alma.
La filosofía tradicional acusó el golpe. Veníamos de aceptar, con notable placidez que, tras la aniquilación de nuestro cuerpo, el alma corría mejor suerte y alcanzaba el estatuto de “forma separada” del cuerpo. En ese estado permanecía hasta que la resurrección le permitía volver a tomar las riendas del cuerpo resucitado. Pero hace tiempo que ni la filosofía ni la teología saben qué hacer con el “alma separada”. Xavier Zubiri afirma que “quien sobrevive y es inmortal no es el alma, sino el hombre entero”. Algo que recordó Ignacio Ellacuría en su presentación del libro póstumo de Zubiri, Sobre el hombre. Ellacuría dejó claro que, según Zubiri, “con la muerte acaba todo el hombre o acaba el hombre del todo”. Zubiri abandonó, pues, la hipótesis del “alma separada” y se adhirió a la solución de la “muerte total”. Es también la hipótesis aceptada por grandes exponentes de la teología cristiana más reciente. Moriremos, pues, por completo; y resucitará “la persona entera”. A la pregunta “¿cómo sucederá todo eso?”, la teología remite con humildad al insondable carácter misterioso del tema. Estaríamos, en feliz expresión de Laín Entralgo, ante “un saber de creencia, no de evidencia”.
La pregunta es obligada: ¿qué hacer, entonces, con la palabra “alma”? Reina bastante unanimidad: el alma continuará siendo siempre el término de referencia de todo lo que somos y hacemos: sentir, pensar, querer, recordar, olvidar, crear, amar… Joseph Ratzinger lo expresa teológicamente: “alma es la capacidad de referencia del hombre a la verdad y al amor eterno”.

Toda nueva creencia, antes de ser generalmente aceptada, va conquistando su espacio de forma imperceptible. Podría ser el destino del binomio alma-cuerpo. Es posible que estemos ante una creencia desgastada. Ya se sabe que la variada plasmación de las ayudas filosóficas y teológicas es cambiante y suele tener fecha de caducidad. El tema alma-cuerpo no es una excepción. En todo caso, si el desgaste de los siglos se empeñase en jubilar tan ancestral creencia, habría que agradecerle los inmensos servicios prestados. Siglo tras siglo mantuvo la esperanza de que, a pesar de la evidente desaparición del cuerpo, permanecía lo más importante de nosotros, lo más nuestro, el núcleo de nuestra identidad, nuestra alma. Hay palabras “que tiemblan”, reconocía Antonio Machado. Tal vez el alma sea una de ellas. Pero el poeta le echó un conmovedor cable: “quisiera traerte muerta mi alma vieja”.

Artículo publicado por Manuel Fraijó en el diario El País
Imagen: "La décalcomanie" de René Magritte