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jueves, 12 de noviembre de 2015

¿ES ÚTIL LA FILOSOFÍA HOY?



Antes de comenzar a hablar acerca de la utilidad o no de la filosofía, es importante clarificar el significado del concepto 'útil' que, según la RAE, es aquello que trae o produce provecho, comodidad, fruto o interés.

Dejando la lingüística de lado, el significado que erróneamente se atribuye a 'utilidad' es más cercano a lo que conocemos como 'pragmatismo', corriente de pensamiento que tiene en cuenta, por encima de todo lo demás, el valor práctico de las cosas. Ahora bien, ¿en qué consiste esa clase de valor y cómo se establece?

Vivimos en un mundo rápido, terriblemente dinámico y cambiante. Somos llamados 'seres sociales', incapaces de vivir sin considerarnos parte de un grupo de referencia. Necesitamos y requerimos de otros: tememos el aislamiento, y alejándonos de esta condición, buscamos ser eficaces y aportar a nuestros iguales. Por lo tanto, ¡debemos ser útiles!

Si miramos una lista de las 100 carreras más solicitadas por estudiantes en 2015, podríamos clasificarlas todas en tres grupos claramente diferenciados: las que el estudio de las mismas tiene como fin ofrecer un servicio (de vuelta a la necesidad de aportar). Las enfocadas a la construcción de un futuro y al devenir de la sociedad (un alto porcentaje). Y las que estudian el pasado o el presente que gira en torno a nosotros y nos concierne (menos de un 10% del total). ¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto?

Evidentemente, que el hombre busca un bien comunitario: el avance corporativo. Además, se espera que cada individuo que compone su grupo o etnia pueda aportar algo a la gran obra de arte que llamamos sociedad. Prolongarla, ensalzarla, porque el único objetivo que tenemos como seres pragmáticos es seguir caminando. Pero, ¿qué ocurre con nuestro yo, con nuestra individualidad? ¿Qué queda de ese sentimiento hedonista del placer por el placer? ¿Por qué la mayoría de todas nuestras acciones parecen estar ligadas a la utilidad colectiva? ¿Qué pasaría si, como afirma Nietzsche,  todo quedase en manos del deber?

Si entregásemos un martillo y unos tablones de madera a un carpintero sentado en un banco deteriorado y, tras un par de días volviésemos al mismo lugar, probablemente el carpintero habría arreglado el banco. Si entregásemos instrumental médico a un médico o unos balances de cuentas a un economista, seguramente darían buena cuenta de tales herramientas, siempre en pos de lo pragmático.  Pero si entregásemos ' La Metafísica' de Aristóteles a un filósofo sentado en ese banco arreglado por el carpintero, que estuvo en el médico porque tenía un fuerte dolor en el pecho y que pasó por la consultoría antes de hacer la declaración de la renta, y tras un par de días volviésemos al mismo lugar , en apariencia, nada habría cambiado; ¿o sí?

Fundamentado en esto y basándonos en la semántica conceptual de la palabra 'utilidad', puedo afirmar con absoluta rotundidad que la filosofía es completamente INÚTIL, ya que salvo que la enfoquemos como una disciplina académica, parece no tener ningún valor práctico.

Pero, curiosamente, ¿quién nos exige ese pragmatismo y qué nos obliga a cumplirlo? El amor al saber es individual y requiere fidelidad. El filósofo mismo es egoísta, se encauza en un viaje personal y no busca satisfacer ni servir. Calla, en su regocijo personal, al Bentham que dice: "la mayor felicidad para el mayor número", porque si "la filosofía es encontrarse a sí mismo, llegar por fin, a poseerse", como afirma María Zambrano, el amante del saber es "el valiente que se desvía, corrompido por el miedo y la sed, noctámbulo, que descubre, como dice Calderón, que la vida es sueño y ya jamás podrá volver a dormir".

La filosofía nació cuando el hombre comenzó a preguntarse por qué, qué es eso. La simple fórmula de esta pregunta engendró la bienaventuranza de nuestra raza y su condición. Así nació el pensamiento racional, la insurrección frente a la inconsciencia, la posibilidad de observar además de ver, de escuchar además de oír. El ser humano progresó como civilización y dejó de ser un animal guiado únicamente por el instinto para poder regir sus acciones en base a unas normas éticas.

Por eso, desde que el ser humano dejó atrás esa naturaleza exclusivamente animal, la filosofía rompió con los dogmas establecidos y, caída la venda, apareció una actitud vital que jubiló a los dioses e hizo que dejásemos de tener los ojos cerrados, como diría el filósofo racionalista René Descartes. Sin embargo, en esta sociedad tan útil, en pleno siglo XXI ¿por qué estamos empeñados en volver a cerrarlos?

La filosofía, a lo largo de los siglos, parece que ha permanecido estática, que no ha avanzado, que no nos ofrece respuestas y sólo nos ha llevado a más y más preguntas. Por lo tanto, ¿qué abarca la filosofía? ¿De qué se ocupa? ¿Cuál es su radio de acción? La filosofía abarca el ahora: el ahora que ha pasado, el que está pasando y el que pasará. Un presente atemporal, ininterrumpido, que al parecer carece de interés en este nuevo mundo diligente en el que nos enseñan que sólo debemos mirar útilmente hacia delante, hacia el futuro.

Lo que parece pasar por alto este pragmatismo global es que lo verdaderamente importante no es el destino, el fin o la meta; es el camino en sí.

Tras esta reflexión, y retomando la definición inicial de utilidad, podemos afirmar que vivimos conceptualmente equivocados. Si útil es aquello que trae o produce provecho, comodidad, fruto o interés, ¿por qué calificamos de inútil algo que es útil por sí mismo y que no es un medio para alcanzar esa virtud que se busca a través de dicha utilidad?

Desde mi puno de vista, la filosofía trae provecho, interés, curiosidad. Nabokov afirmó que la curiosidad es "insubordinación en su forma más pura". El ser humano se admira y es curioso por naturaleza, así que no podemos renegar de la utilidad de esta ciencia de la verdad que diría Aristóteles. De esta ciencia de todas las ciencias, que va intrínseca en nuestra esencia, en nuestro ser más íntimo. Por eso, no podemos dejar de ser lo que somos. De ahí  que la única forma de sustraerse de la filosofía, en palabras de Auguste Comte, "es la ignorancia y el oscurantismo"


María Trapero (Alumna de 1º de Bachillerato Internacional)
Imagen: "Escuela y guerra" (fotografía)

sábado, 9 de marzo de 2013

DETALLES




Saber mirar, contemplar, no es ver. Los sentidos, sus capacidades, son diferentes. Sin detalle no hay identidad, y saber acercarse no es fácil.

Hay que estar dotado para mirar, para escuchar. El don, dice Maurice Blanchot, “es un espacio cerrado del que uno se rodea para gozar de un placer clandestino. Los que no tienen el don se quedan afuera; y quienes lo tienen entran y salen a gusto”.

A primera vista, las cosas parecen. La totalidad nos rodea y nos niega a la vez, se convierte en algo cotidiano, predecible, que desborda en su conjunto.  La costumbre, afirma Marina, “nos hace ver las cosas al por mayor”.

El detalle, por el contrario, necesita cuidado, atención, finura. Mirar atentamente invita a reconocer un orden, algo digno de ser contemplado, la parte de un todo.

Y es que, a veces, conviene detenerse, tomar distancia, salir de la rutina que es, en palabras de Gracián, “la ordinaria carcoma de las cosas”. Porque parece que todo es lo mismo, que todo es igual, pero aún hay cosas, demasiadas, que quedan por descubrir.

Contemplar implica diálogo, reciprocidad, fascinación. La contemplación es un juego libre porque no apunta a ninguna finalidad preestablecida. Solo el amor puede  hacer que las cosas sean de un modo especial, “lo bello solo existe para el que es bello” decía Plotino, porque es independiente de la utilidad y el consumo.

Para saber mirar es necesario derrotar la prisa, sosiego, un mínimo interés, tiempo. No se trata de gozar “de algo”, sino “con algo”, porque el sentir humano es un sentir estético. No se trata de digerir de una manera pasiva, sino de aceptar lo contemplado y entablar con ello una comunicación que es, a la vez, sensible y racional.

Contemplar, recoger el guante del reclamo, de la provocación. Hacer que nuestra voluntad se detenga. Descubrir un nuevo sentido en las cosas: saborear la eternidad. Establecer una forma de comunicación distinta de la habitual. Abrir ante nuestros ojos, u oídos, un mundo diferente, diverso. Conseguir, al fin y al cabo, que nuestra atención quede raptada, atraída, seducida, supone una nueva experiencia, un rescate: prestar atención a los detalles, porque “el que ha sabido mirar, siquiera un árbol, ya no muere. Es la lección y la esperanza de toda vida contemplativa”, María Zambrano.

Enrique López

(Imagen: Alberto Díaz,  María Zambrano )
                                                                     
       

martes, 27 de noviembre de 2012

LA PRIMERA PREGUNTA DE LA FILOSOFÍA, María Zambrano



"Y así la filosofía se inicia del modo más antipoético: por una pregunta. La poesía lo hará siempre por una respuesta no formulada. El preguntarse es lo peculiar del hombre, el signo de que ha llegado a un momento en que va a separarse de lo que le rodea, algo así como la ruptura de un amor,como el nacimiento. Toda pregunta indica la pérdida de una intimidad o el extinguirse de una adoración. En los dos procesos actúa como fondo último, determinante, el afán, la necesidad quizá de alguien que quiere independizarse, vivir por su cuenta, liberarse de lo mismo que ha sido el lugar de su alma. Y aún más que la ruptura de un amor, es algo como el nacimiento; el proceso en que un ser que se ha nutrido y respirado dentro de otro, intrincado con él, se desprende en busca de su propio espacio vital. Así, la pregunta filosófica que Tales formulara un día significa el desprendimiento del alma humana, no ya de esos dioses creados por la poesía, sino de la instancia sagrada, del mundo oscuro de donde ellos mismos salieron (…). Y el verdadero proceso de la filosofía y su progreso –de haberlo- estriba en descender cada vez a capas más profundas de ignorancia, adentrarse en el lugar de las tinieblas originarias del ser de la realidad: comenzando por olvidar toda idea y toda imagen. Y así la pregunta inicial de la filosofía: “¿qué son las cosas?” suena todavía en nuestros oídos con ese aire de brusquedad y hasta de impaciencia, como si dijera: “basta de dioses y de historias, volvamos o empecemos a no saber”. Pues solamente una ignorancia más completa puede descubrir la soledad de la que nace la pregunta.
Soledad un tanto especial; pues más que haber soledad, hay soledades, distintas. La soledad en la que debió nacer la pregunta de la filosofía parece ser la que advierte cuando se han perdido las imágenes y los fantasmas; cuando una imagen con quien se ha vivido en intimidad se desvanece. La soledad que aún no se sabe como soledad y que apenas se siente, porque corresponde a ese instante en que algo se acaba de ir y se está enfrente de toda una realidad que se presenta aún más enigmática; en este caso, frente a la realidad, lo que más absorbe la mente humana: un problema."


ZAMBRANO, María: “El hombre y lo divino”