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domingo, 12 de junio de 2016

MORAL ¿UNIVERSAL?


Hace varios años, Joshua Greene, un profesor asociado de la universidad de Harvard, realizó un experimento conocido como “el problema de la carreta” (The trolley problem). En él se planteba la siguiente situación: una carreta va descontrolada por un rail, en medio del cual se encuentran 5 personas; todas ellas morirán, a menos que alguien accione la palanca que cambia la vía por la que discurre la carreta, caso que solo ocasionaría la muerte de un solo individuo. Otra variante que se planteaba era que se empujara a algún inocente a la vía, frenando el camino de la carreta y salvándolos a todos. Y la pregunta era: ¿qué harías?

Los resultados fueron reveladores: los más emocionales, que usaban el lado derecho del cerebro más, se negaron a matar a un inocente para salvarse. Los más racionales opinaban que la muerte de uno solo era mejor que la muerte de cinco. Y para todos era más sencillo accionar el botón que acababa con la vida de una persona que el acto de empujar a otra a las vías.

Los estudios más recientes respecto a la cuestión moral parecen determinar que tenemos conocimientos innatos sobre la misma desde la niñez. Diferenciamos el bien y el mal, la crueldad de la compasión, y experimentamos empatía con aquellos que sufren. No obstante, la cuestión no es tan simple como nos gustaría.

Según Greene, en su obra Moral tribes: emotion, reason, and the gap between us and them, el problema es que somos animales sociales, diseñados para colaborar en un entorno determinado, un grupo, pero menos para hacer lo mismo con otros. “La moral no ha evolucionado para promover la cooperación universal”. Eso, que en los tiempos de la prehistoria era lógico y con pocas consecuencias, es ahora, en nuestro mundo superpoblado y globalizado, harina de otro costal. Supuestamente estamos hechos para colaborar, pero también lo estamos para mirar por nosotros mismos, buscar lo que merecemos (o creemos que merecemos) y sobrevivir. Baste un ejemplo de esto último: otro estudio preguntaba a los participantes en una tarea académica en grupo qué porcentaje del trabajo final correspondía a su labor. La suma de su ‘trabajo’ era de 140%. Todos creemos que merecemos más de lo que verdaderamente nos hemos ganado.

Los diferentes grupos, sociedades o culturas tienen diferentes perspectivas morales. Lo que él denomina “la tragedia del sentido común” de la moralidad. No es que el ser humano se enfrente en guerras y conflictos con otros por ser ‘egoísta’, sino que cada cultura tiene diferentes visiones de lo que una sociedad ha de ser y dichos choques éticos terminan en conflictos violentos.
Parece lógico que tengamos un sentido innato de justicia. A fin de cuentas, todos creemos que un buen comportamiento ha de ser premiado y uno malo castigado, pero eso no es tan sencillo, puesto que obvia el hecho de que no hay juicios imparciales, pues dos personas raramente estarán de acuerdo al 100% y en toda situación acerca de qué o quién es el malo y qué o quién el bueno. Es algo que está detrás de todos los conflictos: el rol que las diferentes creencias morales juegan en la interpretación de los mismos.

¿Cuál es la solución? Greene propone en su obra que nos deshagamos de la diversidad de opiniones morales. La creación, no sin mucho trabajo, de un código moral universal. Una especie de código de circulación internacional de la actuación correcta a seguir por los seres humanos.


La solución, que bebe de una concepción utilitarista (el mayor bien para el mayor número) de dicho código, debería estar basada en la racionalidad (los que en el caso del carrito optaban por salvar a 5 a cambio de la vida de uno), por una razón simple: los sentimientos no pueden ser cuantificados y son inviables de cara a tomar decisiones a nivel general, ya que implican percepciones individuales que, a la largo, imposibilitarían la creación de dicho conjunto de reglas. Una tarea titánica, llena de aristas y espinas, que, por otra parte, no deja de tener su miga y abre un nuevo debate sobre la posibilidad o no de alcanzar una convivencia pacífica y duradera en el planeta Tierra.  

Artículo publicado en la Revista "Filosofía Hoy"
Imagen: Viñeta (anónimo)

viernes, 7 de noviembre de 2014

¿TIENE SENTIDO HACER FILOSOFÍA HOY?





En esta disertación hemos de decidir si hacer filosofía hoy en día tiene sentido o no. Pero antes centraremos la atención en unas cuestiones previas: ¿qué es hacer filosofía? y ¿cómo es la vida hoy en día?
Respecto de la primera cuestión, etimológicamente hablando, el término filosofía se refiere al amor por el conocimiento. Dice Schopenhauer que “la filosofía nace del asombro que en nosotros produce el mundo y nuestra propia existencia”. Eso es principalmente la filosofía, un saber de preguntas y no de respuestas, un método de vida que consiste en estar alerta constantemente, cuestionándonos todo aquello que pasa por delante de nuestros ojos, y lo que se escapa a nuestra percepción.
Ante la segunda pregunta, vivimos en una sociedad capitalista, tecnológica y tremendamente consumista, en la que lo único que nos interesa son las cosas útiles. Buscamos respuestas rápidas y concisas a los problemas que nos acontecen y esto se debe al alto nivel de vida que llevamos. Como dice Fernando Savater en su libro Las preguntas de la vida, "en la época actual, la de los grandes descubrimientos técnicos, en el mundo del microchip y del acelerador de partículas, en el reino de Internet y la televisión digital: ¿qué información podemos recibir de la filosofía?”
La sociedad nos ha enseñado a buscarle la utilidad a las cosas, y a desechar aquellas que carecen de la misma. Isaiah Berlin, discípulo predilecto de Wittgenstein, comenzó su vida académica en la rama de la filosofía, pero pronto abandonó este camino para dedicarse a otra cosa. Cuando fue preguntado acerca de ello respondió: “es que quiero estudiar algo de lo que al final pueda saber más que al principio.” ¿Qué subyace en esta afirmación sino el devenir de la sociedad, el abandono de la filosofía para centrarse en algo más útil? Ante esta situación cabe realizarse una nueva pregunta: ¿qué es útil?
A menudo, soy preguntado acerca de la utilidad de mis estudios profesionales en el ámbito de la música: ¿para qué lo haces? ¿De qué te sirve? Pues bien, salvando el hecho de que es una gran fuente de enriquecimiento cultural, no todo lo que hagamos en esta vida ha de ser útil, muchas cosas no lo son, y a muchas otras todavía no las hemos encontrado esa utilidad. Parece ser un gran símil con la filosofía: la filosofía es fundamental e imprescindible en nuestra vida y nuestra sociedad, ¿por qué? Es sencillo. Porque la filosofía nace al mismo tiempo que la ciencia en Mileto, en la Antigua Grecia. Y estas dos amigas han ido de la mano gran parte del tiempo hasta que en una discoteca llamada Renacimiento ambas se enamoraron del mismo chico y se separaron. Desde entonces la ciencia ha crecido exponencialmente, y la filosofía ha ido perdiendo importancia paulatinamente. La ciencia se ha ido convirtiendo en la típica adolescente influenciable que se deja corromper por malas influencias, por nuevos amigos, como el poder. El poder ha corrompido a la ciencia: la información es poder, ¿quién no ha oído hablar de esta frase? 
Los científicos se convirtieron en siervos del poder, y esto ha llevado a grandes desastres en la historia más reciente de la humanidad, véase el caso de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki o de las técnicas de exterminio en los campos de concentración. Por suerte, como todo cuento de Hans Christian Andersen, esta historia tiene un final feliz. La ciencia está siendo consciente de todo el mal que ha hecho y, con el tiempo, volvió a coincidir con una prima de su antigua amiga la filosofía llamada Ética, y esta está consiguiendo, como buena celestina, encauzar las antiguas relaciones que ambas vinieron manteniendo desde hace más de 25 de siglos.
Las malas lenguas, sin embargo, han introducido un murmullo en forma de prejuicio entre ambas amigas. Se trata de la utilidad de la ciencia frente a la inutilidad de la filosofía. Nigel Warburton establece en la introducción de su libro “Filosofía básica” tres argumentos por los cuales la filosofía es útil y merece la pena. El primero de ellos es el de someter la vida a examen. Dice: “una de las razones de mayor peso para dedicarse al estudio de la filosofía es su capacidad para ocuparse de cuestiones fundamentales que afectan al sentido de la existencia.” Todos alguna vez nos hemos preguntado cuál es el sentido de nuestra existencia o por qué estamos en este mundo y no en otro. Estas preguntas, o quizá otras menos trascendentes pero de semejante naturaleza, son a menudo planteadas por los niños a sus padres. Calicles le dijo una vez a Sócrates: “La filosofía es ciertamente, amigo Sócrates, una ocupación grata, si uno se dedica a ella con mesura en los años juveniles, pero cuando se atiende a ella más tiempo del debido es la ruina de los hombres.”
El segundo argumento es que la filosofía nos enseña a pensar, los métodos de pensamiento filosófico nos ayudan en multitud de problemas. Por último, establece que la filosofía es un placer, un placer similar, a mi parecer, al de observar una obra de arte, o escuchar un Concerto de Salieri, y es que la filosofía tampoco difiere tanto del arte, por ello ¿existe alguna relación entre arte y filosofía?
El arte, ha sido modo de expresión desde tiempos antiguos, y en guerras y periodos oscuros, esta forma de expresión ha sido el modo de evitar la censura y la opresión, escondiendo en sus obras mensajes, o sirviendo de critica al sistema. Este era el modo que tenían de comenzar a ser libres. La relación, por lo tanto, está clara. Dice Karl Jaspers que “pensar es comenzar a ser hombre”, y es que el pensamiento es lo que caracteriza a la filosofía, y la libertad es precisamente esa capacidad de poder ser alguien, y no algo. Por lo tanto si el arte es el modo de liberarse que tienen los autores y, pensar es comenzar a ser hombre, podemos considerar la filosofía como un arte, que poca gente termina de entender. Aunque este concepto de filosofía como libertad puede ser contradictorio si  nos atenemos a la siguiente cita de Nietzsche en la que afirma: “¿conoces a alguien más esclavizado que el filósofo en su mundo de ideas irreales?”
De ahí que, el arte más parecido a la filosofía es sin duda, la música, ya que mucha gente cree entender de música por haber escuchado un par de obras de algún artista clásico, al igual que mucha gente cree saber de filosofía por haber memorizado un par de frases de filósofos. No es esto lo que caracteriza la actitud filosófica, sino el hablar desde algo y no de algo.
Es por tanto este el motivo por el cual se conoce a la filosofía como a la amiga inútil, porque todo el mundo cree conocerla, y es alguien que a primera vista cae mal y parece torpe, pero conviene darle una segunda oportunidad, ya que merece la pena introducirse en el mundo inteligible, en el mundo de las ideas, del que hablaba Platón.
Como conclusión, destacar el hecho de la importancia que debería tener la filosofía en la actualidad y que no siempre es así. Es fundamental desarrollar una parte humana en cualquier actividad, y esta misión es propia de la filosofía en la mayoría de los casos. Muchas veces hacemos filosofía casi sin quererlo aunque eso sería otro tema de discusión aparte. Por último, plantear una pregunta para realizar una semicadencia a la dominante, continuando con el ambiente musical: ¿por qué no dedicamos más horas a una actividad tan productiva como la filosofía?


Ejercicio realizado por Gonzalo Hernández Sanz, alumno de 1º de bachillerato Internacional









miércoles, 11 de junio de 2014

¿QUÉ ES SER ÉTICO?





Cuenta Vargas Llosa en su última novela El héroe discreto que cuando Felícito Yanaqué preguntó al doctor Castro Pozo qué opinaba de él, este le contestó: que es usted un hombre ético, don Felícito. Ético hasta las uñas de los pies. Uno de los pocos que he conocido, la verdad.

Y sigue contando el autor que, intrigado ante la respuesta, don Felícito se preguntó qué querría decir eso de “un hombre ético”, y se prometió a sí mismo comprarse un diccionario un día de estos.
Haría bien el señor Yanaqué buscando la palabra en el diccionario, porque, aunque bien poca cosa podría aportarle, peor sería recurrir a la LOMCE, que ha eliminado aquella asignatura llamada “Ética”, con la que todos los grupos sociales estaban de acuerdo. Y lo estaban porque se proponía dar a conocer a todos los alumnos, con luz y taquígrafos, las propuestas y principios éticos que una sociedad democrática comparte, de modo que fuera posible en las clases estudiar, debatir sobre ellos y aprender a ejercitarse en la autonomía y la solidaridad, que les serán indispensables como personas y como ciudadanos.

Ciertamente, podría decirse que las gentes pueden ser morales con tal de tener una buena influencia familiar, como le ocurrió a don Felícito. Pero en sociedades pluralistas y complejas como las nuestras, las fuentes morales de inspiración para niños y jóvenes son las familias, los amigos, las escuelas, las redes, los medios de comunicación; y, como es evidente, nada asegura que todas las familias enseñen lo mejor moralmente, ni tampoco los demás agentes sociales. Por eso resulta indispensable en la educación formal una materia con el nombre de “Ética”, que ayude a reflexionar sobre los contenidos éticos compartidos a los que no podemos renunciar.
Una sociedad demuestra que una materia le parece indispensable cuando la incluye en un plan de estudios
La cuestión no es menor. Y se extiende a la inmensa mayoría de planes de estudio de las carreras, en las que se prepara a los alumnos para ser profesionales, sea en las universidades, sea en las escuelas de diverso tipo. En bien pocas, figura alguna asignatura que abra un espacio para aprender, reflexionar y debatir sobre la ética de la profesión.

Si alguien, intrigado, pregunta por qué es así, puede encontrarse con dos respuestas. Una es “no sabe, no contesta”. Otra, que la ética es tan importante para esa carrera que la han convertido en transversal, que todos los profesores enfocan sus materias desde una perspectiva ética. Evidentemente, esto no se lo cree nadie. En la vida cotidiana los profesores dan sus programas, si es que el tiempo les llega; y si en alguna ocasión se proponen un enfoque común, las más de las veces se demuestra que lo que es de todos no es de nadie, al menos en este país. Con lo cual la materia en cuestión se escapa entre los dedos de la presunta transversalidad.

Y esto es un sobrentendido, porque las matemáticas o la estructura financiera, por poner dos ejemplos, no desaparecen de los programas de estudios, convirtiéndose en transversales. Cosa que debería ocurrir si el grado de importancia de una materia es la que le permite el honor de convertirse en transversal, tanto en el caso de las dos materias mencionadas como en el de una infinidad más de las que componen los currículums en las instituciones académicas. Pero no es así, sino que, con toda lógica, cada una se estudia por separado y goza de un horario propio, aunque todas estén vinculadas entre sí, porque todos los saberes humanos lo están.

Por otra parte, como le oí decir a un colega, una sociedad demuestra que una materia le parece indispensable para la formación de un profesional cuando la incluye explícitamente en su plan de estudios.

Y si damos por bueno, como creo que así es, que un profesional no es solo un técnico, sino aquel que pone los conocimientos y las técnicas propias de su campo al servicio de los fines que dan sentido a su profesión, en el periodo de formación necesita aprender cuáles son esos fines, qué propuestas éticas son las más relevantes, qué excelencias del carácter es preciso desarrollar, y analizar en el aula casos concretos del ejercicio profesional, en diálogo con profesores y compañeros. Aprender todo esto requiere estudio, claro está, pero sin ese saber ético no puede haber profesionales de cuerpo entero.

Recuerdo las palabras de un querido compañero de una universidad politécnica: en muchas ocasiones, al leer el periódico y ver los desastres que se producen en puentes, bancos o empresas me pregunto qué profesionales estamos formando. Por su empeño decidido y por el de otros profesionales que se han batido el cobre en esta brega, en algunos ámbitos politécnicos se han incorporado la ética de la ingeniería, de la arquitectura o de la empresa; en el campo sanitario, la bioética y la ética de la enfermería; y las escuelas de negocios abren también espacios para la ética.

¿Esto garantiza que de estos estudios se sigan necesariamente buenas prácticas? Claro que no. Pero eso ocurre en todos los estudios, que los buenos conocimientos no se convierten en buenas prácticas si los profesionales no tienen la voluntad decidida de hacerlo.

Artículo publicado por Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, en el diario El País

Imagen: Forges (viñeta)

miércoles, 10 de abril de 2013

SER RESPONSABLES



Las personas somos inevitablemente morales. Cada instante nos hace, nos forma, nos conforma. Imaginamos posibilidades, elegimos, justificamos. Nos forjamos un carácter, subimos, bajamos, una naturaleza, una vida.
Parece ser que la libertad es el bien más preciado en nuestra sociedad. Quien actúa según ella debe ser capaz de responder de sus actos y asumir, en su caso, las posibles consecuencias que conllevan dichas decisiones.
Ser responsable supone actuar de una forma libre, voluntaria y consciente, o lo que es lo mismo, con conciencia, que implica un saber conocer lo bueno y lo malo de las acciones propias y ajenas.
Ese saber actuar con conocimiento, que nos permite escoger entre diferentes alternativas, esa conciencia moral, esa voz interior, es la que mueve y orienta nuestra conducta en la dirección adecuada. Es, la que nos ayuda a juzgar y a distinguir lo que es correcto de lo que no lo es.
Cosa distinta es que al actuar sigamos su juicio o, que lo desatendamos. En ese caso, se nos premiará o se nos castigará, en este último caso, con el remordimiento. Y es que, tan solo “una buena conciencia no teme a ningún testigo” (Séneca).
Por eso, apunta Fernando Savater en Ética para Amador que “a diferencia de otros seres, vivos o animados,  los hombres podemos inventar, elegir, en parte, nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es decir, conveniente, frente a lo que nos parece malo, o inconveniente. De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese arte de vivir, es a lo que llaman ética”.
Max Weber, filósofo y sociológo alemán, hizo una distinción a la hora de actuar entre dos posibles orientaciones morales, e introdujo la noción de ética de la responsabilidad para referirse a los políticos, partiendo de la base de que un político no solo debe actuar según unas convicciones o principios, que Weber denomina ética de la convicción, sino que también debe tener en cuenta las consecuencias de sus actos. Por eso, cuando una acción produce consecuencias negativas, el responsable de dicha acción deberá asumir toda la responsabilidad sobre esas consecuencias. Y es que, en cada comunidad, incluso “en la tripulación de un barco pirata”, apunta Bertrand Russell, “hay acciones obligadas y acciones prohibidas, acciones alabadas y acciones reprobadas”.
Por eso, el buen político es el que asume las consecuencias de sus decisiones, sin echar balones fuera, sin culpar al mundo de sus errores. Aun en el caso de que éstas le obligaran a abandonar sus principios, sabría decir lo que hace más de cinco siglos dijera Lutero: Hier stehe ich und kann nicht anders (“No puedo seguir, aquí me detengo”).
De ahí que, cuando cualquier político actúa en función de principios o convicciones, suela caer en comportamientos intolerantes, tercos, sectarios. De la misma manera, cuando solo se fija en las consecuencias de sus actos, sin atender a los principios, corre el peligro de actuar sin ningún tipo de cuidado, o lo que es lo mismo: sin ética, de una manera inmoral.
En definitiva, como muy bien apunta Victoria Camps en su Breve historia de la ética: “ni los principios valen como criterios únicos ni tampoco las consecuencias, pero unos y otros son imprescindibles para aportar razones morales a las actuaciones humanas”.
Y es que, tal vez, Nietzsche tiene razón al afirmar que “el afán de dominio de los unos sobre los otros es la raíz misma del poder político”.

Enrique López

 (Imagen: Alberto Díaz "Evolution", ¿Subes o bajas?)