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martes, 20 de octubre de 2015

QUÉ TIENE DE NUEVO LO NUEVO



Lo que caracteriza al filósofo es el hecho de que trabaja con las ideas. Todos los filósofos, por definición, comparten dicho objeto: es eso y no otra cosa lo que los constituye como tales (por supuesto que pueden tomar la decisión de abandonar el territorio de las ideas y, siguiendo las indicaciones de Marx en su tesis XI sobre Feuerbach, dedicarse a transformar el mundo, pero en tal caso estarán comportándose como ciudadanos con elogiable sensibilidad política y social, pero ya no como filósofos). Lo que diferencia a unos filósofos de otros, lo que permite establecer una tipología entre ellos, es el lugar donde creen encontrarlas.

Así, el filósofo mundano se caracteriza por su convencimiento de que la realidad en su conjunto y en sus detalles se encuentra ya empapada de ideas, y que, revestidas con uno u otro ropaje (el de las opiniones explícitas de los individuos cuando sentencian en su vida cotidiana acerca del sentido de las cosas, el de los tópicos asumidos acríticamente por casi todo el mundo, etcétera...), nos tropezamos con ellas de continuo. El filósofo académico, en cambio, está persuadido que el habitat privilegiado, por no decir exclusivo, de las ideas son los textos filosóficos, porque es ahí donde pueden desplegar toda su potencia teórica en condiciones, donde muestran su auténtico valor de conocimiento.

Descrita de semejante manera esta dualidad de figuras, no parece que tenga demasiado sentido plantearla como si se tratara de una disyuntiva ante la que no hubiera más remedio que optar. A fin de cuentas, en ambas podemos encontrar los elementos sustanciales del registro filosófico, distinguiéndose únicamente por el lugar en el que colocan el acento de lo que entienden como lo más importante. La cosa empieza a radicalizarse, y plantearse en términos de opción, cuando examinamos las materializaciones de las dos figuras y, sobre todo, reparamos en las menos acertadas. Así, el peor filósofo mundano es el que cree que basta con ponerse delante de la tele (o similares) y darle a la cabeza. Como si fuera suficiente con dejar ir la propia capacidad de interpretación y análisis de lo que pasa, dar libre curso a la especulación espontánea y desordenada, en definitiva, a la libre asociación de ideas e imágenes, para que así, sin necesidad de disciplina, destreza ni lectura previa alguna, fluya ya un pensar penetrante y poderoso.

Por el otro lado, el peor filósofo académico es el que cree que las ideas solo están en los libros, contraviniendo así el designio fundacional de la filosofía misma e incurriendo en la paradoja de exaltar, librescamente, el pasaje platónico acerca de la risa de la muchacha tracia, pero asumiendo en el fondo la actitud de ésta al resistirse a aplicar él mismo a la realidad más inmediata la plantilla de su discurso abstracto. En efecto, como es sabido, la joven sirvienta de la anécdota era incapaz de entender que los cálculos en los que andaba abstraído su señor, Tales de Mileto, y que le provocaron un cómico tropezón que dio con sus huesos en el suelo, no alejaban a éste de la realidad, sino que le servían precisamente para trabajar mejor con ella. El mal filósofo académico es aquel que, lejos de entender, como el presocrático, que nada hay más práctico que una buena teoría y que las ideas abstractas son un atajo inmejorable para acceder al núcleo duro del sentido de lo real, considera que los textos filosóficos son un fin en sí mismo. El más confortable lugar para quedarse a vivir, en definitiva.

Pero los defectos de esa variante de filósofo académico no deberían hacernos incurrir en el error de desdeñar el valor de las herramientas que domina, en ningún caso sustituibles por la banal pirotecnia del peor filósofo mundano, persuadido de que sus intuiciones valen como categorías o que sus estados de ánimo —o incluso de salud— fundan doctrina. Confunde de esta manera, como llevan haciendo los insustanciales desde tiempo inmemorial, sus deposiciones teóricas con aforismos, sentencias, máximas y similares. Su insustancialidad no le permite emprender adecuadamente una de las tareas filosóficas hoy más urgentes, que es la del combate con las cambiantes formas que va adoptando el sentido común dominante. Se encuentra en el lugar adecuado para hacerlo, que no es otro que el territorio del impersonal se heideggeriano (se dice, se piensa, se cree...), esto es, en el de las opiniones mayoritarias en un determinado momento en la sociedad, pero carece de las herramientas y de la competencia discursiva para llevar a cabo la necesaria tarea de la crítica de todo ese universo mental.

Así, es frecuente que no atine a la hora de dilucidar la efectiva novedad de un planteamiento o de una idea que acaba de irrumpir, reivindicando tan inédita condición, en el escenario del discurso público. El erudito de turno no le sirve de la menor ayuda, puesto que, por definición, a cualquier presunta novedad que aparezca en el panorama de las ideas le encuentra un antecedente o un precursor (“esto mismo ya lo había dicho mucho antes...”, suele ser su frase favorita). Pero tampoco él consigue ir muy allá con su vacua celebración adanista de cuanto descubre (que por venirle de nuevas considera sin más como nuevo). No deja de ser curiosa la simétrica impotencia de ambos para entender de lo que se trata, aquello que se halla en juego en el recurrente debate acerca de la antigüedad o la novedad de cualquier propuesta teórica. Ninguno de ellos ve que lo nuevo no se encuentra en lo que lo nuevo en cuanto tal nombra (a sí mismo), sino en aquello que no puede nombrar porque todavía no es, y que, como mucho, intuye.

Por eso llevan razón, en un cierto sentido, los que —académicos o no— tienden a dar por ya sabida cualquier novedad que se les pueda presentar. Es cierto: en parte acertaban los contemporáneos más reticentes a las propuestas de Darwin, Freud, Wittgenstein o el propio Marx (o, por supuesto, cualquier otro autor que hoy tengamos por revolucionario en lo suyo) cuando subsumían las propuestas de estos en las presentadas con anterioridad por otros, ya conocidos. Lo que no percibían —y les condenaba a aparecer en el futuro como amedrentados cauterizadores del asombro o, peor aún, como el necio del proverbio chino, que se queda mirando el dedo en vez de lo que éste señala— era que la novedad que anuncia lo nuevo, aquello “que todavía no es” recién aludido, son los efectos a que da lugar.

Desde su específico punto de vista, el historiador de la ciencia Thomas S. Khun ya nos había advertido de la esterilidad de determinadas maneras de plantear este asunto. El paradigma emergente, afirmaba, no resuelve los problemas en los que el paradigma anterior se había quedado embarrancado. No responde a sus preguntas cruciales, sino que plantea otras, de todo punto diferentes. Por ello, quien se empeñe en interpretarlo como una propuesta más de solución a las dificultades teóricas heredadas quedará con toda seguridad decepcionado, porque el paradigma que aspira a obtener la hegemonía no viene a salvar al antiguo, sino a enterrarlo. Y obtendrá la hegemonía, se ganará el calificativo de “nuevo”, si, efectivamente, permite penser autrement, por decirlo a la manera de Foucault, si consigue desplazarnos a otro escenario teórico, esto es, a un entramado de preguntas completamente diferente. Lo nuevo en materia de pensamiento no es, pues, aquello que se anuncia como tal (¿quién no lo hace?), sino aquello que consigue que terminemos viendo el universo de nuestras ideas bajo una nueva luz. O también: aquello que nos convierte en capaces de preguntarnos por lo que nunca antes había despertado nuestra curiosidad.

Nota: si, en un rapto de benevolencia crítica y generosidad intelectual, algún profesor considerara que todo lo precedente tiene la suficiente entidad y consistencia argumentativas para ser propuesto como material para un comentario de texto, me permitiría sugerirle que añadiera al final una pregunta: “¿Se puede aplicar lo señalado en el escrito a nuestra realidad más próxima, y predicar de la política y de los politólogos (muchos de ellos reconvertidos de un tiempo a esta parte en políticos) cosas parecidas a las que el autor predica de la filosofía y los filósofos?”.


Artículo escrito por Manuel Cruz en La Cuarta Página
Imagen: Sath (graffiti) 

viernes, 21 de noviembre de 2014

¿TIENE SENTIDO HACER FILOSOFÍA HOY?





¿Qué es la filosofía? O incluso más importante aún, ¿qué es la filosofía para nosotros? Muchas personas la definirían como una ciencia que se encarga de poner en duda todo lo que nos rodea. Otras, en cambio, la definirían como una actitud hacia la vida, una actitud inconformista. Y algunas, como un camino que hace que nunca pares de buscar preguntas. Pero, y volviendo al punto de partida: ¿hay alguna utilidad en todo ello? ¿Tiene sentido rebuscar y rebuscar?

            Antes de responder a este interrogante podríamos plantearnos otro mucho más sencillo de responder: ¿es útil la ciencia? La respuesta a esta pregunta es, para la mayoría de las personas, diáfana: ¡sí! Pero, ¿qué tiene la ciencia que la convierte en algo útil? 

De todos es sabido que la ciencia nace de la experimentación, es decir, todo el conocimiento que extraemos de ella es empírico. Por ejemplo, cuando un científico quiere demostrar una teoría, tiene que aportar una serie de datos, de relaciones y de realidades que ha obtenido mediante experimentos combinados con el uso de su razón. Y cuando consigue que se cumplan todas esas condiciones, es capaz de verificar el enunciado del que partía su experimento y establecer, de esa manera, una teoría.

            El conocimiento científico, por lo tanto, es racional y tiene una finalidad. En el ejemplo anterior, la finalidad de las indagaciones del científico era demostrar esa teoría.. Pero, ¿acaso la filosofía puede hacer lo mismo? En contraposición al conocimiento científico, la filosofía no da un sí rotundo a todo lo que descubre, es más, deja puertas y ventanas abiertas para el posible nacimiento de más preguntas con respecto a todo lo que nos rodea. La filosofía, entonces, ¿no servirá más que para hacernos preguntas y no obtener respuestas? ¿No será, como afirmaba Karl Jaspers, más que un  ir de camino buscando lo que no se tiene?

            Las diferencias entre la filosofía y la ciencia son evidentes, Ortega dejó clara constancia de ello. La ciencia persigue una finalidad, (por ejemplo, la demostración de una teoría,), mientras que para la filosofía el camino que se recorre para llegar a algo es más importante que ese "algo” final. La ciencia es concreta y limitante, mientras que la filosofía está abierta a todo. La ciencia busca la obtención de respuestas exactas, aunque sea penúltima, busca soluciones.

Sin embargo, la filosofía se plantea preguntas, problemas. Por ejemplo, si a un biólogo le preguntan que qué es el ser humano, respondería: un conjunto de células que realizan las tres funciones vitales. En cambio, si se lo preguntamos a un filósofo, como por ejemplo, Platón, respondería: "el hombre es un alma racional encadenada a un cuerpo material y sensible que busca salir de él para retornar a un estado original de perfección a través de una lucha continua".

Ahora bien, aunque las diferencias entre ciencia y filosofía sean tantas, ambas también cosas en común. ¿Qué haría la ciencia sin la filosofía? O, ¿qué haría la filosofía sin la ciencia? Ambas nos acercan a nuestro mundo utilizando la misma herramienta. la razón. Ambas buscan que comprendamos todo aquello que está a nuestro alrededor. Ambas ansían, al fin y al cabo, alcanzar un conocimiento último y universal, ¿Por qué entonces, si son tan parecidas, nos empeñamos en separarlas?

          Si nos remontamos al siglo VI a.C. a Grecia, y más concretamente a la región de Mileto, nos toparíamos con el que para algunos es el padre de la filosofía, Tales. Este filósofo milesio empezó a cuestionarse el por qué del espacio, del tiempo, el por qué del movimiento estelar. Y no lo hizo solo de una manera científica, ni, solo de una manera filosófica, sino que lo hizo empleando y sirviéndose de ambas. Después de él, muchos otros como Parménides, Anaxágoras, o Heráclito, hicieron lo mismo. Todos ellos buscaron la manera de conocer mediante las dos fuentes de conocimiento de que disponemos: la razón, y los sentidos. Por eso, en palabras de Giacomo Marramao, “las interrogaciones filosóficas se sirven de la experiencia, no del experimento, y por ello solo pueden utilizarse en los símbolos, metáforas, palabras clave con las cuales intentamos conocer la realidad en la que vivimos”.

 De ahí que, si nosotros, inicialmente, consideramos la ciencia como un saber útil, y hemos comprobado que la ciencia y la filosofía tienen muchas más cosas en común de lo que parece, ¿por qué no considerar también útil la filosofía?

            Ahora bien, ¿cómo surge? ¿De qué manera aparece la filosofía? Las personas llevamos dentro de nosotros la curiosidad y las ganas de descubrir el por qué de todo. Por eso, cuando la ciencia no fue capaz de cubrir nuestra necesidad de saber mediante sus experimentos y teorías, surgió la filosofía. Cuando nos planteamos preguntas que, a priori, no parecen tener respuesta, también hacemos filosofía. Y cuando reconocemos nuestra ignorancia porque no lo sabemos todo, filosofamos, de la misma manera que lo hizo Sócrates.

            Pero, aunque este proceso parezca sencillo, es más complicado de lo que parece. Antes de entrar en contacto con el mundo filosófico, la mayoría de las personas viven en un estado de indiferencia ante el mundo. No se plantean dudas, no se cuestionan nada. Por eso, sabemos que nadie nace filósofo, sino que se hace y que, poco a poco, aprende a serlo. La manera de hacerlo es aprendiendo a filosofar, es decir, a utilizar nuestra propia razón de manera libre para encontrar aquello que buscamos. Por eso, ya lo decía Kant, “no es posible aprender filosofía, únicamente se puede aprender a filosofar”. 

            ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo convertirnos en personas capaces de hacer filosofía? La respuesta, para los filósofos es simple. Siendo críticos, siendo capaces de formular preguntas a las preguntas, no aceptando lo ya establecido, sino cuestionándolo. Pensando, utilizando nuestra propia razón, liberándola, rebuscando sin descanso en nuestro interior, convirtiéndonos en ávidos detectives de la verdad. Rechazando el conformismo, consiguiendo hablar desde las cosas, no de las cosas, viviéndolas, involucrándonos y ayudándonos a nosotros mismos y al mundo a abrir los ojos. Tal vez por eso, Hegel llegó a la conclusión de que "la filosofía es el mundo al revés".

Por lo tanto, este proceso que parece tan complicado, ¿es útil? ¿Acaso es útil aprender a filosofar, a tener una actitud crítica? Previamente, planteamos como la ciencia es la antítesis de la filosofía, describiendo las diferencias entre ellas, para llegar, en definitiva, a un punto en común. Decíamos, por lo tanto, que la ciencia era un saber útil, y viendo que existen cosas en común con la filosofía, podríamos concluir que esta última también lo es.
Aunque la conclusión es clara, yo, personalmente, respondería a la pregunta inicial sobre la utilidad de la filosofía de esta forma: si queremos llegar a ser personas, la filosofía nos ayudará en ese camino, sino, podemos seguir haciendo lo que hasta ahora.


 Ejercicio realizado por Andrea Real, alumna de 1º de Bachillerato Internacional
Imagen:  "No future", de Banksy (graffiti)

martes, 27 de noviembre de 2012

LA PRIMERA PREGUNTA DE LA FILOSOFÍA, María Zambrano



"Y así la filosofía se inicia del modo más antipoético: por una pregunta. La poesía lo hará siempre por una respuesta no formulada. El preguntarse es lo peculiar del hombre, el signo de que ha llegado a un momento en que va a separarse de lo que le rodea, algo así como la ruptura de un amor,como el nacimiento. Toda pregunta indica la pérdida de una intimidad o el extinguirse de una adoración. En los dos procesos actúa como fondo último, determinante, el afán, la necesidad quizá de alguien que quiere independizarse, vivir por su cuenta, liberarse de lo mismo que ha sido el lugar de su alma. Y aún más que la ruptura de un amor, es algo como el nacimiento; el proceso en que un ser que se ha nutrido y respirado dentro de otro, intrincado con él, se desprende en busca de su propio espacio vital. Así, la pregunta filosófica que Tales formulara un día significa el desprendimiento del alma humana, no ya de esos dioses creados por la poesía, sino de la instancia sagrada, del mundo oscuro de donde ellos mismos salieron (…). Y el verdadero proceso de la filosofía y su progreso –de haberlo- estriba en descender cada vez a capas más profundas de ignorancia, adentrarse en el lugar de las tinieblas originarias del ser de la realidad: comenzando por olvidar toda idea y toda imagen. Y así la pregunta inicial de la filosofía: “¿qué son las cosas?” suena todavía en nuestros oídos con ese aire de brusquedad y hasta de impaciencia, como si dijera: “basta de dioses y de historias, volvamos o empecemos a no saber”. Pues solamente una ignorancia más completa puede descubrir la soledad de la que nace la pregunta.
Soledad un tanto especial; pues más que haber soledad, hay soledades, distintas. La soledad en la que debió nacer la pregunta de la filosofía parece ser la que advierte cuando se han perdido las imágenes y los fantasmas; cuando una imagen con quien se ha vivido en intimidad se desvanece. La soledad que aún no se sabe como soledad y que apenas se siente, porque corresponde a ese instante en que algo se acaba de ir y se está enfrente de toda una realidad que se presenta aún más enigmática; en este caso, frente a la realidad, lo que más absorbe la mente humana: un problema."


ZAMBRANO, María: “El hombre y lo divino”