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lunes, 29 de septiembre de 2014

LA REBELIÓN DE LA SINRAZÓN


En una ocasión Theodor Adorno afirmó que no era posible escribir poesía después de Auschwitz. Escribió esas famosas palabras en 1949, antes de que la palabra Auschwitz pasara a simbolizar el terror y la destrucción a gran escala que fue el Holocausto. La afirmación se enmarca en una crítica más general de la modernidad capitalista y la Ilustración, de la que Auschwitz y la barbarie nazi se consideran ramificaciones. En este sentido, cuando Adorno mencionó Auschwitz no aludía al campo de concentración de la Polonia ocupada, sino más precisamente a los perturbadores procesos culturales occidentales que produjeron lo que hoy se conoce como Holocausto. Un proceso que redujo a humo y cenizas a seres humanos vivos, reduciendo al tiempo todas las formas de discurso al nivel de lo innombrable. “Auschwitz niega todos los sistemas, destruye todas las doctrinas”, afirmó Elie Wiesel. Quizá por eso la afirmación de Adorno sea prácticamente inevitable al debatir la relación entre cultura y barbarie.
En los últimos 50 años, la observación de Adorno ha sido una de las piedras de toque de quienes han escrito sobre la concepción de la cultura y en general sobre la historia de las ideas. Necesitamos analizar lo que podríamos calificar de paradigma pos-Auschwitz, tan evidente en las reflexiones de Adorno sobre la cultura posterior al Holocausto. Adorno expresa la imperiosa necesidad de representar las atrocidades nazis y la imposibilidad de hacerlo. Sin embargo, su llamamiento al silencio no puso fin a la posibilidad de la cultura después de Auschwitz, sino que más bien recalcó la paradójica situación en la que se encontraban poetas, escritores y filósofos después del Holocausto que, siendo una sistemática y mecánica aniquilación de los judíos, perversamente organizada con burocrática eficacia, destruyó la propia idea de cultura vigente hasta el siglo XX. Como escribió George Steiner: “Ahora sabemos que un hombre puede leer a Goethe o Rilke por la noche, que puede tocar a Bach y Schubert, y por la mañana acudir a su trabajo en Auschwitz”.
Si Auschwitz formó parte esencial del proceso civilizador, parecería razonable decir que no solo tenía que ver con Alemania y con los judíos, sino con el conjunto de la humanidad. La paradoja a la que nos enfrentamos en tanto que sujetos posteriores al Holocausto aparece claramente en primer plano gracias a la siguiente actitud intelectual: guardar silencio y racionalizar ese silencio partiendo del reconocimiento de la incapacidad subjetiva para representar el horror no es más que una ilusión autocomplaciente. La cultura humana ya se había utilizado para envolver los crímenes más bárbaros. Hacer caso omiso de esa cultura después de tales atrocidades se considera una labor imposible. Es decir, Auschwitz es una aberración de nuestras esencias porque constituye una degradación y una destrucción ilimitadas de la condición humana. En consecuencia, no es un accidente o un error histórico, es un trauma de la civilización humana.
Irónicamente, ese trauma no ha quedado detrás de nosotros en la historia contemporánea. Nos mira a la cara en el futuro en calidad de imperativo ético. Esto explica que, para la labor socrática de la cultura en el mundo actual, sea crucial mantenerse fiel a la ética. Esa fidelidad no consiste en desear que la propia vida vaya lo mejor posible, sino en hacer lo que es éticamente mejor para que sea diferente. Kierkegaard vio en este proceso el momento justo en el que se pasa de la “no verdad” a la “verdad”, del “no ser” al “ser”. En consecuencia, la idea de que se puede analizar la vida planteándose preguntas intemporales y universales sigue siendo tan revolucionaria hoy como en la época de Sócrates.
Esta labor socrática de “vivir en la verdad” suscita el espectro de un problema más amplio: pensar en la cultura es una labor crítica que, sin embargo, se enmarca dentro de otra labor mayor: la lucha contra la mediocridad. Las épocas mediocres hacen de la labor socrática algo todavía más necesario y pueden conseguir que los individuos que buscan la excelencia sean más receptivos a sus lecciones. El hecho de que una entidad como la cultura, en apariencia impotente, sea realmente capaz de superar la mediocridad es en verdad sorprendente y alentador. Sin embargo, en muchos sentidos la cultura contemporánea es la peor enemiga de sí misma. La mediocridad, con su insistencia en la fama más que en la ejemplaridad, ha minado la repercusión moral del arte, la filosofía y la literatura en la sociedad contemporánea. El presente será incapaz de criticarse a sí mismo en tanto no pueda acceder a lo que le es ajeno o conceptualizarlo. Sin una crítica del conformismo general, el presente se extenderá indefinidamente y sin solución de continuidad hasta el futuro. En consecuencia, la crítica es la posibilidad de una ruptura, experimentada en el presente. Es una situación en el mundo vivido que ofrece posibilidades alternativas que exigen atención.
A la luz de esta idea de la crítica es donde el lúcido punto de partida de Ortega y Gasset encuentra hoy en día toda su pertinencia y relevancia. “La vida es, esencialmente, un diálogo con el contorno”, decía Ortega en 1924 en Las Atlántidas. En 1929 escribió La rebelión de las masas, libro en el que analizaba la crisis política y social que sufría Europa. No fue el único pensador en detectarla, pero su análisis fue especialmente importante, ya que para él las causas de tal situación radicaban en la generalizada distribución del poder social entre las masas. No hace falta decir que su evaluación, esencial cuando se escribió, resulta todavía más esencial y relevante al aplicarse a nuestro tiempo.
En consecuencia, la “rebelión de las masas” no es un fenómeno privativo del siglo XX, ya que se ha abierto paso hasta el XXI y está cobrando impulso. La “rebelión de la sinrazón” es ahora un problema mundial. Nos enfrentamos a ella en la vida cotidiana, plasmada en diversas formas de absolutismo y fundamentalismo que ponen en peligro los fundamentos básicos de la civilización humana. En la sociedad contemporánea, la rebelión de la sinrazón también ha conducido a la unidimensionalidad del pensamiento y este, a su vez, al eclipse de la alta cultura y a la extinción de los valores intelectuales clásicos entre una población que se ha vuelto totalmente indiferente al sentido de la vida. Según Ortega, “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”. Esta observación, escrita por Ortega en Esquema de la crisis, indica claramente la pérdida de nuestra concepción del futuro. Lo cual confirma todas nuestras sospechas sobre la mediocrización de la cultura humana en el mundo actual.
La humanidad ha quedado sola con varios gritos individuales en la oscuridad que nos animan a buscar señales de excelencia y nobleza en grandes documentos del pasado. Solo el tiempo nos dirá qué repercusiones tendrán esas nobles llamadas a la excelencia en las generaciones futuras, porque el tiempo es nuestro único pasaporte al futuro.

Artículo publicado por Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní y catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.

Imagen: Il dolore de Emilio Gallori (escultura / marmol)


jueves, 26 de septiembre de 2013

¿Cómo ser filósofo hoy en día?

  

"Vivimos en una época de generalizado relativismo ético, que entre las nuevas generaciones ha creado una actitud de «todo vale», y también en una época caracterizada por un profundo escepticismo público respecto al papel crítico de la filosofía (algo no ajeno a esa actitud). Ahora, gran parte de la población cree que el compromiso socrático con la búsqueda de la verdad es una pérdida de tiempo y una forma de vivir idealista en un mundo globalizado. A los filósofos se los presenta como insignificantes inventores de conceptos cuyo único objetivo en la vida es luchar por asegurarse un puesto fijo en una universidad norteamericana o europea. Por lo tanto, es probable que la afirmación de que la filosofía es una actividad liberadora se acoja con cinismo y desdén.

Es interesante señalar que hace dos mil quinientos años, Aristófanes, en su obra Las nubes, retrataba a Sócrates como a un sofista amoral que enseñaba a la juventud ateniense a engañar mediante arteras argumentaciones. Sin embargo, en su sombría comedia Aristófanes no disuadía a los filósofos de abordar y cuestionar algunas de las creencias fundamentales en las que se basa la existencia del hombre en el mundo. Entre las principales preocupaciones de la filosofía ha figurado el desafío planteado por el concepto de libertad y su plasmación social y política. ¿Por qué a los filósofos les ha preocupado el problema de la libertad? ¿Por qué la libertad es la cuestión más importante que debe tratar un filósofo? La mejor manera de responder con claridad a esas preguntas es examinar las consecuencias que comporta dejar de lado el tema de la libertad.

No hace falta decir que la libertad es la fuerza creadora que subyace tras el pensamiento filosófico, del mismo modo que la filosofía contribuye a la comprensión y la evolución del concepto de libertad. En consecuencia, los filósofos han intentado comprender la libertad de la forma más exhaustiva y crítica que han podido, no solo haciendo una aportación a su definición, sino a su propia materialización. "De ninguna idea se sabe de manera tan general que es indeterminada, ambigua y susceptible de los más grandes malentendidos (de los que, por tanto, es realmente víctima) como de la idea de libertad, y ninguna otra circula con tanta inconsciencia". Esta afirmación de Hegel es tan certera hoy en día como cuando él la hizo, hace casi 200 años.

El concepto de libertad no solo se ha entendido deficientemente sino que también se ha utilizado de manera enormemente abusiva. Esta doble problemática de la libertad pone sobre el tapete de cualquier debate filosófico tanto la idea de que la propia filosofía constituye una lucha por la libertad como la de que una parte importante del hecho de ser libre radica en pensar de manera filosófica. Como se puede ver, el problema de la libertad se plantea siempre que se aborda la propia naturaleza del cuestionamiento filosófico. Si el objetivo de la naturaleza de dicho cuestionamiento es reflexionar sobre el concepto de libertad, para que los seres humanos puedan avenirse a ella, de alguna manera habrá que explicar que estos hayan llegado a abandonar ese cuestionamiento y cómo sería posible recuperarlo. Dicho de otro modo, la filosofía no es solo una forma de cuestionar el concepto de libertad y sus aplicaciones sociales y políticas, también es una forma de pensar y de interrogarse sobre la falta de libertad. El hecho de que el problema de la libertad y el del cuestionamiento filosófico se enmarquen mutuamente apunta a la posibilidad de que ambos sean elementos complementarios de un problema más profundo: ¿de qué manera la acción humana o la experiencia humana de la política se ven determinadas por ese entrecruzamiento entre filosofía y libertad?
Quizá, en lugar de coincidir con Kant y con Sartre en que nuestra humanidad reside en nuestra libertad, debamos reconocer que la creación política comporta una tensión permanente entre la institucionalización de la libertad y el cuestionamiento filosófico. De este modo, seremos libres para pensar en tanto en cuanto podamos optar por un examen más amplio del propio proceso intelectual. En consecuencia, en el proyecto que nos lleva a cuestionar y desafiar la realidad imaginable y materializable, podemos decir que la libertad es un gemelo no idéntico de la filosofía.
Postular que la filosofía es un conocimiento terminado y exhaustivo sería como definir y practicar la libertad desde ese mismo postulado. El encubrimiento del cuestionamiento filosófico por parte de la teología va unido a la pérdida de la naturaleza creadora y revolucionaria de la libertad. No cabe duda de que un individuo que ya haya accedido al cuestionamiento filosófico no podrá evitar la práctica abierta y libre que supone postular otros tipos de pensamiento y otras formas de lo imaginable. Es fascinante señalar que el cuestionamiento filosófico es una forma de pensar que puede producir fisuras en los muros que rodean el pensamiento establecido. En consecuencia, la filosofía, en tanto que interrogación crítica, se desarrolla en el espacio que separa el pensamiento libre que aspira a establecerse y el pensamiento ya propiamente establecido. Aquí es donde podríamos comenzar a comprender por qué la filosofía es la tarea constante de insuflar libertad en la vida política, en forma de correctivo empírico para la vida teológica.

La filosofía tiene la labor cívica de resistirse a la idea de que existe una teoría total de la realidad. En consecuencia, exigir que la organización política de una sociedad se base en una teoría total y completa equivale a proclamar que la política es algo inimaginable y a poner fin a la libertad de pensar de otra manera, de pensar en algo nuevo. Dicho de otro modo, no puede haber una sociedad democrática sin un cuestionamiento democrático o, dicho con más claridad, sin un cuestionamiento cívico de la naturaleza de la democracia. No tiene mucho sentido hablar o escribir sobre filosofía si no hay que reflexionar sobre la naturaleza de la propia filosofía. Esta es la razón de que se deba mantener la función del filósofo cívico, en tanto persona cuyo intelecto observa las inhumanidades e injusticias del mundo (casi siempre en nombre de la filosofía), a pesar de que el concepto haya perdido hoy en día su vigor político. Aunque el carácter de los tiempos así lo sugiera, el académico en busca de plaza fija no puede sustituir al filósofo, que sigue teniendo mucho que aportar a la democratización de la sociedad. Sin duda los filósofos serán socialmente útiles mientras los seres humanos continúen creyendo que la palabra filosofía no es baladí. En cierto modo, la tarea cívica de la filosofía actual radica en la pugna entre pensamiento crítico y fanatismo. Sea cual sea el precio que los filósofos hayan de pagar por tener las manos vacías en su batalla contra tiranías irreflexivas y dominaciones hegemónicas, podemos esperar la victoria de un pensamiento democrático incluyente."

Artículo escrito por Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní y catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto, famoso por su compromiso con la no violencia, lleva años dedicado a promover el diálogo constructivo y el acercamiento entre diferentes culturas.

Imagenes: Daniel Paz y Rayma (viñetas)