Entre nosotros: tengo la impresión de que la gente que me rodea
piensa que vive en la época más catastrófica de todas las épocas posibles; que
si la sociedad actual genera una esclavitud jamás vista a través de los
sistemas políticos vigentes y de los
medios de comunicación; que si los nuevos límites de la libertad no están
claramente definidos debido a las nuevas tecnologías y sobre todo a Internet; que si los políticos, que si la sociedad civil…;
en definitiva, que ya no existe ni igualdad, ni libertad, ni justicia.
Bien, pues si la igualdad no existe, si la libertad
no existe y, si la justicia no existe, ¡¡tendremos que imaginarlas!!
Una de las preocupaciones del quehacer filosófico es
la construcción de una sociedad justa que arranca en el siglo V a.c. en Grecia
y llega hasta nuestros días. Es evidente que, a lo largo de la historia,
diferentes pensadores se han preocupado, además de por establecer una teoría de
la justicia, por las “formas” en las que puedan realizarse para ofrecer una vida humana más digna.
Y dentro de este debate acerca de la justicia
apareció un libro publicado en 1971 que lleva por título A Theory of Justice, del filósofo norteamericano John Rawls. Rawls, que se distancia de las tesis
utilitaristas ya que le parecen injustas porque sacrifica a los individuos y su
libertad con el fin de perseguir la felicidad de la mayoría, entiende que una
sociedad justa es la que trata a sus miembros con igual respeto y
consideración, tomando como punto de partida que el hombre es un ser racional y
razonable.
Esto quiere decir que, aunque las personas sean egoístas
y persigan sus propios intereses individuales, somos capaces, al mismo tiempo,
de adquirir un sentido de la justicia que implica la preocupación por los
demás. Kant, lo decía de esta manera en La
Paz Perpetua: “el hombre está obligado a ser un buen ciudadano aunque no esté
obligado a ser moralmente un hombre bueno”.
Dentro de esa propuesta de diseño de una sociedad
justa, Rawls propone una situación ideal
que sea la condición de posibilidad para intentar establecer una idea de
justicia que satisfaga a todos los miembros de la misma, siendo consciente de
que para establecer unos principios comunes, las sociedades, por muy democráticas que sean, son en el fondo,
desiguales, debido a que en la tradición occidental la justicia se entiende
como imparcialidad.
Por eso Rawls diseña una situación imaginaria que
denomina “posición original” en la que los miembros de una sociedad no saben
qué características naturales y sociales van a tener, o lo que es lo mismo:
imagínense una especie de reunión de personas que son iguales entre sí y que
ignoran todo sobre su posible situación, presente o futura: no saben si van a
ser hombres o mujeres, ricos o pobres, negros o blancos… Ignoran, por tanto, “su
concepción particular del bien”.
A este desconocimiento imaginario, Rawls lo denomina
“velo de ignorancia”, ya que como nadie sabe cuál será su condición y circunstancias,
solo desde esa perspectiva se podrán determinar unos principios que beneficien
al máximo al peor situado. Por eso, para Rawls la libertad será un engaño si no
se contempla al mismo tiempo la corrección de las desigualdades.
Es evidente. Lo ideal sería que todos los hombres
fuesen iguales, pero como eso no es así, Rawls introduce lo que denomina “el
principio de la diferencia”, en el que como todos estamos sujetos a una suerte
de lotería natural y social, considera justificadas las desigualdades que
beneficien a los menos aventajados ya que, de esta manera, se puedan asegurar
un nivel de vida digno.
John Rawls está considerado uno de los filósofos
políticos más importantes del siglo XX, profesor en Harvard, siempre intentó
conciliar los principios de igualdad y libertad, apostando por una serie de
ideales éticos realizables. No rehuyó nunca las críticas, ni el debate; ¡al
contrario! De ahí que, encontrarse a día de hoy con Rawls, se hace necesario
para volver a (re) formular planteamientos que, a favor o en contra, nos lleven
a un debate, interno y externo, público y privado, sobre qué sociedad queremos
y qué modelo es el mejor para llevarla a cabo.
“Sin tejido asociativo”, afirma Charles Taylor, “el
poder político, tiende a la tiranía”. Por eso, la necesidad de una ética para
la política debe ser el punto de partida para el establecimiento de un debate
reflexivo y abierto.
Max Weber, decía que había dos formas de hacer de la
política una profesión. O se vive “para” la política, o se vive “de” la
política. La diferencia está en la grosería.
Por eso, entre nosotros, y volviendo a Charles Taylor, “la democracia
no es un conjunto de leyes, sino un proyecto de convivencia”. ¿A qué estamos
esperando?
Enrique López
Imagen: Banksy (Graffiti)
