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sábado, 11 de mayo de 2013

ENTRE NOSOTROS

 



Entre nosotros: tengo la impresión de que la gente que me rodea piensa que vive en la época más catastrófica de todas las épocas posibles; que si la sociedad actual genera una esclavitud jamás vista a través de los sistemas políticos  vigentes y de los medios de comunicación; que si los nuevos límites de la libertad no están claramente definidos debido a las nuevas tecnologías y sobre todo a Internet;  que si los políticos, que si la sociedad civil…; en definitiva, que ya no existe ni igualdad, ni libertad, ni justicia.

Bien, pues si la igualdad no existe, si la libertad no existe y, si la justicia no existe, ¡¡tendremos que imaginarlas!!

Una de las preocupaciones del quehacer filosófico es la construcción de una sociedad justa que arranca en el siglo V a.c. en Grecia y llega hasta nuestros días. Es evidente que, a lo largo de la historia, diferentes pensadores se han preocupado, además de por establecer una teoría de la justicia, por las “formas” en las que puedan realizarse para ofrecer una vida humana más digna.

Y dentro de este debate acerca de la justicia apareció un libro publicado en 1971 que lleva por título A Theory of Justice, del filósofo norteamericano John Rawls.  Rawls, que se distancia de las tesis utilitaristas ya que le parecen injustas porque sacrifica a los individuos y su libertad con el fin de perseguir la felicidad de la mayoría, entiende que una sociedad justa es la que trata a sus miembros con igual respeto y consideración, tomando como punto de partida que el hombre es un ser racional y razonable.

Esto quiere decir que, aunque las personas sean egoístas y persigan sus propios intereses individuales, somos capaces, al mismo tiempo, de adquirir un sentido de la justicia que implica la preocupación por los demás. Kant, lo decía de esta manera en La Paz Perpetua: “el hombre está obligado a ser un buen ciudadano aunque no esté obligado a ser moralmente un hombre bueno”.

Dentro de esa propuesta de diseño de una sociedad justa,  Rawls propone una situación ideal que sea la condición de posibilidad para intentar establecer una idea de justicia que satisfaga a todos los miembros de la misma, siendo consciente de que para establecer unos principios comunes, las sociedades, por muy  democráticas que sean, son en el fondo, desiguales, debido a que en la tradición occidental la justicia se entiende como imparcialidad.

Por eso Rawls diseña una situación imaginaria que denomina “posición original” en la que los miembros de una sociedad no saben qué características naturales y sociales van a tener, o lo que es lo mismo: imagínense una especie de reunión de personas que son iguales entre sí y que ignoran todo sobre su posible situación, presente o futura: no saben si van a ser hombres o mujeres, ricos o pobres, negros o blancos… Ignoran, por tanto, “su concepción particular del bien”.

A este desconocimiento imaginario, Rawls lo denomina “velo de ignorancia”, ya que como nadie sabe cuál será su condición y circunstancias, solo desde esa perspectiva se podrán determinar unos principios que beneficien al máximo al peor situado. Por eso, para Rawls la libertad será un engaño si no se contempla al mismo tiempo la corrección de las desigualdades.

Es evidente. Lo ideal sería que todos los hombres fuesen iguales, pero como eso no es así, Rawls introduce lo que denomina “el principio de la diferencia”, en el que como todos estamos sujetos a una suerte de lotería natural y social, considera justificadas las desigualdades que beneficien a los menos aventajados ya que, de esta manera, se puedan asegurar un nivel de vida digno.

John Rawls está considerado uno de los filósofos políticos más importantes del siglo XX, profesor en Harvard, siempre intentó conciliar los principios de igualdad y libertad, apostando por una serie de ideales éticos realizables. No rehuyó nunca las críticas, ni el debate; ¡al contrario! De ahí que, encontrarse a día de hoy con Rawls, se hace necesario para volver a (re) formular planteamientos que, a favor o en contra, nos lleven a un debate, interno y externo, público y privado, sobre qué sociedad queremos y qué modelo es el mejor para llevarla a cabo.

“Sin tejido asociativo”, afirma Charles Taylor, “el poder político, tiende a la tiranía”. Por eso, la necesidad de una ética para la política debe ser el punto de partida para el establecimiento de un debate reflexivo y abierto.

Max Weber, decía que había dos formas de hacer de la política una profesión. O se vive “para” la política, o se vive “de” la política. La diferencia está en la grosería.

Por eso, entre nosotros, y volviendo a Charles Taylor, “la democracia no es un conjunto de leyes, sino un proyecto de convivencia”. ¿A qué estamos esperando?
 
Enrique López
                                                                                                                           
                                                                                                Imagen: Banksy (Graffiti)




miércoles, 10 de abril de 2013

SER RESPONSABLES



Las personas somos inevitablemente morales. Cada instante nos hace, nos forma, nos conforma. Imaginamos posibilidades, elegimos, justificamos. Nos forjamos un carácter, subimos, bajamos, una naturaleza, una vida.
Parece ser que la libertad es el bien más preciado en nuestra sociedad. Quien actúa según ella debe ser capaz de responder de sus actos y asumir, en su caso, las posibles consecuencias que conllevan dichas decisiones.
Ser responsable supone actuar de una forma libre, voluntaria y consciente, o lo que es lo mismo, con conciencia, que implica un saber conocer lo bueno y lo malo de las acciones propias y ajenas.
Ese saber actuar con conocimiento, que nos permite escoger entre diferentes alternativas, esa conciencia moral, esa voz interior, es la que mueve y orienta nuestra conducta en la dirección adecuada. Es, la que nos ayuda a juzgar y a distinguir lo que es correcto de lo que no lo es.
Cosa distinta es que al actuar sigamos su juicio o, que lo desatendamos. En ese caso, se nos premiará o se nos castigará, en este último caso, con el remordimiento. Y es que, tan solo “una buena conciencia no teme a ningún testigo” (Séneca).
Por eso, apunta Fernando Savater en Ética para Amador que “a diferencia de otros seres, vivos o animados,  los hombres podemos inventar, elegir, en parte, nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es decir, conveniente, frente a lo que nos parece malo, o inconveniente. De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese arte de vivir, es a lo que llaman ética”.
Max Weber, filósofo y sociológo alemán, hizo una distinción a la hora de actuar entre dos posibles orientaciones morales, e introdujo la noción de ética de la responsabilidad para referirse a los políticos, partiendo de la base de que un político no solo debe actuar según unas convicciones o principios, que Weber denomina ética de la convicción, sino que también debe tener en cuenta las consecuencias de sus actos. Por eso, cuando una acción produce consecuencias negativas, el responsable de dicha acción deberá asumir toda la responsabilidad sobre esas consecuencias. Y es que, en cada comunidad, incluso “en la tripulación de un barco pirata”, apunta Bertrand Russell, “hay acciones obligadas y acciones prohibidas, acciones alabadas y acciones reprobadas”.
Por eso, el buen político es el que asume las consecuencias de sus decisiones, sin echar balones fuera, sin culpar al mundo de sus errores. Aun en el caso de que éstas le obligaran a abandonar sus principios, sabría decir lo que hace más de cinco siglos dijera Lutero: Hier stehe ich und kann nicht anders (“No puedo seguir, aquí me detengo”).
De ahí que, cuando cualquier político actúa en función de principios o convicciones, suela caer en comportamientos intolerantes, tercos, sectarios. De la misma manera, cuando solo se fija en las consecuencias de sus actos, sin atender a los principios, corre el peligro de actuar sin ningún tipo de cuidado, o lo que es lo mismo: sin ética, de una manera inmoral.
En definitiva, como muy bien apunta Victoria Camps en su Breve historia de la ética: “ni los principios valen como criterios únicos ni tampoco las consecuencias, pero unos y otros son imprescindibles para aportar razones morales a las actuaciones humanas”.
Y es que, tal vez, Nietzsche tiene razón al afirmar que “el afán de dominio de los unos sobre los otros es la raíz misma del poder político”.

Enrique López

 (Imagen: Alberto Díaz "Evolution", ¿Subes o bajas?)