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jueves, 2 de julio de 2015

LA (DES)EDUCACIÓN





En nuestra democracia, cada cierto tiempo los miembros del «rebaño» tienen la posibilidad de participar en la aprobación de uno u otro líder, mediante un proceso conocido como «elecciones». Una vez han aprobado a este o a aquel miembro de la clase especializada, deben retirarse y convertirse de nuevo en espectadores. Cuando el «rebaño desconcertado» intenta ampliar su papel como mero espectador, cuando la gente intenta participar en la acción democrática, la clase especializada reacciona en contra de lo que se pasa a denominar una crisis de la democracia.


En el caso de la enseñanza, se trata de los estudiantes; no hay que verlos como un simple auditorio, sino como elemento integrante de una comunidad con preocupaciones compartidas, en la que uno espera poder participar constructivamente. Es decir, no debemos hablar a, sino hablar con. Eso es ya instintivo en los buenos maestros, y debería serlo en cualquier escritor o intelectual. Los estudiantes no aprenden por una mera trasferencia de conocimientos, que se engulla con el aprendizaje memorístico y después se vomite. El aprendizaje verdadero, en efecto, tiene que ver con descubrir la verdad, no con la imposición de una verdad oficial; esta última opción no conduce al desarrollo de un pensamiento crítico e independiente. La obligación de cualquier maestro es ayudar a sus estudiantes a descubrir la verdad por sí mismos, sin eliminar, por tanto, la información y las ideas que puedan resultar embarazosas para los más ricos y poderosos: los que crean, diseñan e imponen la política escolar.



Noam Chomsky, La (des)educación
Imagen: El Roto (viñeta)

domingo, 24 de noviembre de 2013

LA DERROTA DE LA FILOSOFÍA




"Los trámites parlamentarios para la reforma de la ley educativa están focalizándose en la figura del ministro Wert. Sin embargo, escasea el diagnóstico riguroso de lo que aquí se está jugando. Entretenerse con vaguedades y trivialidades parece ser el destino de esta decrepitud institucional e intelectual que se esconde bajo el solemne y respetable nombre de democracia, y que, en base a la ley de Murphy, aún puede empeorar bajo los que dicen encarnar como en un sacramento la verdadera democracia.

Lo que aquí se juega no depende sólo de un par de asignaturas, sino de la estructura objetiva del sistema de enseñanza, devastada por la ley del 90, que impuso una tendencia irreversible bajo la cual han sido sacrificadas varias generaciones y la salud técnica, económica, política e intelectual de España.

En el caso de la Filosofía, se da la paradoja de que hay que defenderla de los que salen en su defensa. El tópico de que es un modo de estar en el mundo es una vaguedad que la asimila al senderismo, a cualquier tribu urbana o a la afición por un equipo deportivo. El carácter específico de la Filosofía consiste en que es una labor crítica cuyo campo de estudio abarca los demás saberes, actividades y relatos de los homínidos parlantes, que, como sujetos, son producto de un entramado de relaciones objetivadas en las instituciones: económicas, tecnológicas, simbólicas. Por ello, es indispensable, no para ser mejor persona, más demócrata o cualquier otro tópico bienintencionado y políticamente correcto que ninguna asignatura garantiza, sino para poder discriminar, definir y entender las diferencias y las relaciones entre esos saberes y actividades, para distinguir lo que tiene una base lógica o racional y lo que es un mito, por muy innovador que parezca. Por ello, se pregunta qué significa "estar en el mundo" y qué se quiere decir con "mundo": para defenderse de la ignorancia que siempre vence.
Además, parece que se puede hacer Filosofía sin necesidad de saber Filosofía, como si fuera posible hacer carpintería sin saber carpintería, por no sé qué misterioso atributo taumatúrgico que permite a cualquiera filosofar ("pensar") sin estudiar los rudimentos de esa disciplina que pone en pie Platón. La Filosofía se levanta en defensa propia contra los mitos heredados y contra los que generan las nuevas tecnologías y ciencias. Por eso, no irrumpe de la nada, ni de la meditación con uno mismo, ni de la inspiración divina, ni de la comunión con la naturaleza, ni de la superioridad del genio. Es un trabajo de destrucción dialéctica contra toda la distorsión de la realidad, que moldea la mentalidad de los sujetos según los códigos de esas mitologías. Es un trabajo solitario que no se puede hacer más que en discusión con otros, contra los demás y contra uno mismo, contra el peso de la pereza intelectual que dicta lemas apresurados, consignas simplistas, dogmas que no se discuten. La Filosofía es una peculiar aristocracia contra las masas al alcance de cualquiera. Por eso no está reservado de antemano a élites de sabios o profetas, de líderes o iluminados. Necesita rigor, precisión, paciencia. El trabajo que cualquiera puede realizar, pero que muy pocos realizan. Justo lo que la escuela pública postmoderna ha barrido de los centros de enseñanza, convertidos en guarderías para sujetos infantilizados hasta la ciudadanía.

La nueva ley no corrige la catástrofe porque no ataca los principios objetivos en los que se basa la destrucción de la enseñanza perpetrada por la LOGSE: infantilización por medio de la reducción del bachillerato a dos cursos, de la igualación de los niveles, de la promoción automática. Los mitos pedagógicos (el constructivismo, aprender a aprender) son el vacío adecuado para propagar la ignorancia y forman la retórica que envuelve el delirio en el cual los profesores son esclavos de los pedagogos y de los alumnos, y, de ese modo, los alumnos son esclavos de sí mismos y, salvo heroicidades, están condenados a la incompetencia y el analfabetismo camuflados por las inercias mecánicas de leer y escribir sin saber leer ni escribir. Y ni siquiera en español.

Convertir la Religión en evaluable, aunque optativa, y hacer de la Historia de la Filosofía de 2º de Bachillerato una asignatura optativa, son torpezas que insisten en la destrucción del rigor y el estudio y dejan vía libre al adoctrinamiento por debilidad y falta de exigencia académica. Entre sacerdotes católicos, reverendos progresistas y obispos nacionalistas, el alumno queda asfixiado y con nulo margen para aquello que un sistema público de enseñanza ha de proporcionarle a él y, por extensión, a la sociedad de la que forma parte: conocimientos".


Artículo publicado por José Sánchez Tortosa, profesor de Filosofía y autor de 'El profesor en la trinchera'.

Imagen: Miguel Brieva (viñeta)

jueves, 24 de enero de 2013

EL MITO DE LA CAVERNA





Imagina que durante toda tu vida has sido prisionero en el fondo de una caverna subterránea. Tienes encadenados los pies y las manos, mientras que tu cabeza está sujeta de tal modo que no puedes ver más que la pared del fondo que queda frente a ti. A tu espalda se ha dispuesto un fuego, y entre tú y el fuego una especie de camino a lo largo del cual unos hombres muestran todo tipo de objetos.  Las sombras proyectadas en el fondo de la caverna de tales objetos son lo único que tú y tus compañeros conocéis, lo único de lo que habéis hablado y en lo único en lo que habéis pensado.

Imagina ahora que uno de los prisioneros se libera de sus cadenas y se levanta. Poco a poco, y con dificultad, comienza el ascenso desde el fondo de la caverna. Al principio deslumbrado por el fuego y confundido con los hombres que pasean los objetos. Debe habituarse a su nueva situación, consciente del origen de las sombras que había tomado por reales. Lentamente, afirma Nigel Warburton, “se va haciendo consciente de la pobreza de su vida interior”. Finalmente, y con mucho esfuerzo, consigue salir de la cueva y, expuesto a los rayos del sol, queda nuevamente deslumbrado. Pero cuando sus ojos logran acostumbrarse a la luz, contempla las realidades de las que hasta el momento solo conocía las sombras, y de las que han sido privados sus compañeros de cautiverio, y descubre el sol que las hace visibles.

Pero aunque parezca mentira, el antiguo prisionero que ha descubierto un mundo tan extraordinario decide, ansioso, que debe compartir su descubrimiento. Cómo no regresar con sus compañeros para decirles: “estáis locos de seguir encadenados ahí abajo y de dejaros engañar por las sombras”. “Pero no veis lo ignorantes que sois”. Vuestro mundo es una mentira, un gran engaño.

Así que, el antiguo prisionero vuelve a descender a la caverna, pero como ahora no está acostumbrado a la oscuridad va dando traspiés en su descenso, convirtiéndose en el hazmerreír de todos. Piensan que su viaje le ha trastornado y que, por las cosas que les cuenta, se ha vuelto completamente loco.

En el mito de la caverna, que aparece reflejado en el libro VII de La República, Platón expresó que hay hombres que prefieren la oscuridad de sus prejuicios al resplandor de la verdad. De esta manera, el discípulo de Sócrates, equipara la situación de nuestra naturaleza en el mundo con la que padecen los prisioneros atados desde la niñez en el fondo de una caverna.

Es evidente que la intención del filósofo ateniense es la de presentarnos un retrato de la condición humana: sin educación, las personas dan por real lo que solo son conjeturas, sombras, imitaciones. Solamente a través de la educación, de la buena educación, será posible superar esta confusión.

De ahí que para Platón, la filosofía consista en una actividad, en un proceso, en una ascensión en la que lo que cuenta es la marcha, el camino hacia el exterior. Roger-Pol Droit afirma que “el filósofo no es un antiguo prisionero sino más bien un eterno fugitivo” que, aun a riesgo de que lo tomen por loco, e incluso intenten acabar con su vida, decide regresar al interior de la caverna para intentar convencer a sus antiguos compañeros de que existe una realidad distinta a la que ellos conocen. Y es que la filosofía, como afirma Fernando Savater, “es siempre cosa de dos”; sin el otro no hay filosofía que valga, porque para Platón, pensar significa introducirse en una conversación, participar: “quién ha contemplado una vez la verdadera realidad de las cosas no puede guardarse esta experiencia para él solo”, nos dice Jeanne Hersch en El gran asombro.

Pero para salir de la caverna, uno tiene que pensárselo mucho. ¿Es posible, e incluso deseable, abandonar este mundo feliz? ¿No será más conveniente seguir estando ocupados en algo, aunque no sepamos en qué? ¿No es más sencillo continuar disfrutando de la representación en el patio de butacas como meros espectadores, tomando como real lo que solo es una ilusión?

Y en el fondo, ¿tiene sentido hablar de un mito que se escribió hace más de 2.500 años? ¿No estará pasado de moda? ¿Existen actualmente habitantes en la caverna? ¿Quiénes son? ¿Cuántos hombres hay viviendo en las sombras? ¿Es aconsejable releer un libro de filosofía en esta “civilización mundial telemática”, como la llama Peter Sloterdijk, que acaba de nacer?




Es evidente que los habitantes de la caverna se han multiplicado por millones, y que continúan atados, limitados, organizados, en torno a una imagen que “vale más que mil palabras” y que representa nuestra cultura occidental. Y es que el conocimiento no consiste únicamente en lo que percibimos sino en aquello que puede ser comprobado, puesto en duda, criticado, apaleado, desmontado, argumentado y contra/argumentado a través de la razón. Parece ser que lo que ahora importa en “Telépolis”, como lo llama Julio Quesada, no es el conocimiento sino “la opinión pública”.

Imagino que todo el mundo conoce el final de la alegoría platónica. El prisionero liberado que regresa a la caverna es asesinado por sus compañeros que prefieren no creer sus historias y permanecer al amparo de las sombras. De esta manera, la muerte del protagonista le convierte en inmortal.

Platón escribe el mito de la caverna para llevar a cabo un ajuste de cuentas con la sociedad democrática de su tiempo que condenó a muerte a su maestro Sócrates en el 399 a.c. Su crimen, “bajar la filosofía del cielo, buscarle acomodo en las ciudades, e introducirla en los hogares”, como muy bien dice Cicerón en Tusculanas. O en otras palabras: descender hasta lo más profundo de la caverna y aceptar, de una manera consciente y responsable, la muerte como liberación, como ejemplo, como emblema.
Si es cierto, como dice Burnyeat que “siempre hay alguien, en alguna parte, leyendo  La República”, tal vez, y solo digo, tal vez, aun no esté todo perdido.

 Enrique López

sábado, 29 de diciembre de 2012

¿QUÉ TIENE POSEER COSAS?






De sobra es conocido el célebre encuentro entre Diógenes de Sinope y Alejandro Magno en Corinto. El gran conquistador macedonio había oído hablar del filósofo cínico y salió a su encuentro con algunos de sus oficiales por las calles de la ciudad hasta que dieron con él sentado al lado de un tonel y tomando el cálido sol del mediodía. El rey macedonio, que apenas contaba con veinte años, se plantó ante Diógenes montado en su caballo y proyectando su sombra sobre el filósofo exclamó: “pídeme lo que quieras”, a lo que Diógenes respondió vociferando: “entonces, aparta que me tapas el sol”.
Esta breve anécdota nos sirve para reflexionar sobre la máxima del cínico: no hay que ser esclavo de nada ni de nadie en el pequeño universo donde uno encuentra su lugar.  Poseer, no da la felicidad.
Es evidente que frente a este encuentro se ejemplifica la polarización extrema de la existencia humana, ya que, en palabras de Séneca: “no es pobre el que tiene poco, sino el que ambiciona más”. Por eso Diógenes deja claro a Alejandro con su actitud la imposibilidad del rey de arrebatar la libertad a un hombre que solo tiene un bastón, un zurrón y una túnica hecha jirones.
Así, el filósofo pone en evidencia la inferioridad del tirano. El sabio está por encima de esa ambición, de todo aquello que pudiera poseer: riquezas, honores, poder. Porque todo eso es, para el cínico, vanidad. De esta manera, el hombre es libre cuanto más reducidas son sus posesiones, porque así resultará muy difícil arrebatarle las cosas que son verdaderamente importantes: “que tu vida represente el mínimo botín posible”, solo así, el hombre podrá alcanzar la verdadera felicidad.
“Y es que, en el fondo, son más las cosas que nos atemorizan que las que nos atormentan” (Séneca), y sufrimos más a menudo por lo que imaginamos que por lo que sucede en realidad. Por eso, “si dejas de esperar dejarás de temer”.
Y es que la libertad es siempre inquietante, pero es así como debe de ser. La mitología se encargó de sentar las bases del amor posesivo en la diosa Hera, casada con Zeus y siempre enfadada porque no quería separarse de su marido ni un solo instante. Así, el dios del Olimpo, cansado de esta actitud posesiva y absorbente decidió engañarla. La posesión ahogó a Zeus y este solamente comenzó a ser libre cuando fue consciente de que esa sensación de dejarse ir era la única manera de salvarse, de seguir viviendo.
Pero contario a este tipo de posesión que representa Hera, se nos aparece Afrodita, diosa del amor y de la belleza, precursora de las relaciones liberales,  independiente e inteligente: libre por encima de todo y de todos.
Y es que, frente a ese sentimiento de posesión se encuentra el amor sincero, independiente, autónomo, separado y soberano, no cautivo, ni preso, ni esclavo, que ni es sometido ni desea someter.
Así que, si alguna noche escucháis a un locutor de radio plantearse, ¿qué tiene poseer cosas?, serviros una buena copa de vino y acordaos de Diógenes y de Afrodita y hacer vuestra la máxima de Hecatón: “Yo te descubriré un modo de provocar el amor sin filtro mágico, sin hierbas, sin ensalmos de hechicera alguna: si quieres ser amado, ama”.

Enrique López

(Imagen: Antonio Cánova, "Eros y Psiqué", 1793, Escultura en mármol)

jueves, 13 de diciembre de 2012

DESDE LOS GRIEGOS HAY MUCHAS FORMAS DE PENSAR...




Desde los griegos hay muchas formas de pensar,  porque la filosofía no es un saber ya hecho, terminado o, acabado. La filosofía es una aventura, una actitud, un quehacer, un despertar. Un saber, pero también, un sabor, que nos permite degustar y maridar la vida de la mejor manera posible.
Y los filósofos son  los amantes del saber, los buscadores de conocimiento, curiosos, inconformistas, probadores y preguntadores, conscientes de que no son ni sabios, ni ignorantes sino que se sitúan a medio camino de los unos y de los otros.

La filosofía, como diría Karl Jaspers quiere decir ir de camino, buscar aquello que no se tiene, intentar desvelar lo que está oculto. Por eso, la búsqueda de la verdad, no su posesión, es el auténtico sentido de la filosofía.
Y es que en el origen de esta está la admiración, el asombro, que fue el arranque de una preocupación común:  la de intentar encontrar una explicación racional del universo  a través de la autorreflexión que emplea, en todas sus vertientes: metafísica, ética, estética, lógica, antropología, política, epistemología.

Por eso, desde tiempos remotos los filósofos han intentado interpretar el mundo de distintas maneras, de diferentes formas. Desde la explicación monista característica de la Escuela de Mileto hasta el posmodernismo  de Lyotard, Deleuze o, Derrida.
La historia de la filosofía es, por tanto, un reflejo de la historia humana y del modo de pensar del individuo a lo largo del tiempo. Distintos autores,  en diferentes épocas, nos presentan a través de sus teorías diferentes modos de pensar que nos ayudan a comprender nuestro tiempo, nuestro mundo y, a nosotros mismos.

De ahí que Fichte, discípulo de Kant, afirmara que “la clase de filosofía que se elige depende de la clase de hombre que se es”. Por tanto, ¡¡no elijan ser un cabeza cuadrada con la de opciones que hay!!
                                                                                                                                         Enrique López

miércoles, 28 de noviembre de 2012

EL ORIGEN DE LA FILOSOFÍA, por Carl Sagan





En la costa occidental de la actual Turquía, bañada por el mar Egeo, situamos la Jonia. Allí se fundaron doce prósperas ciudades entre las que destacaban Éfeso, Samos y Mileto, la ciudad más meridional. Y va a ser justamente en esta polis, en la que había una fuerte mezcla de étnias, lenguas y religiones, donde nacieron la ciencia y la filosofía griega. Podemos, pues, añadir que Mileto es la cuna de la filosofía occidental, porque es aquí, en el siglo VI a.c., donde se empieza a jubilar a los dioses y se produce "el gran milagro laico". 


(Imagen:  Rene Magritte, "La lámpara del filósofo", 1936,  Óleo)