En nuestra democracia,
cada cierto tiempo los miembros del «rebaño» tienen la posibilidad de
participar en la aprobación de uno u otro líder, mediante un proceso conocido
como «elecciones». Una vez han aprobado a este o a aquel miembro de la clase
especializada, deben retirarse y convertirse de nuevo en espectadores. Cuando
el «rebaño desconcertado» intenta ampliar su papel como mero espectador, cuando
la gente intenta participar en la acción democrática, la clase especializada
reacciona en contra de lo que se pasa a denominar una crisis de la democracia.
En el caso de la
enseñanza, se trata de los estudiantes; no hay que verlos como un simple
auditorio, sino como elemento integrante de una comunidad con preocupaciones
compartidas, en la que uno espera poder participar constructivamente. Es decir,
no debemos hablar a, sino hablar con. Eso es ya instintivo en los buenos
maestros, y debería serlo en cualquier escritor o intelectual. Los estudiantes
no aprenden por una mera trasferencia de conocimientos, que se engulla con el
aprendizaje memorístico y después se vomite. El aprendizaje verdadero, en
efecto, tiene que ver con descubrir la verdad, no con la imposición de una
verdad oficial; esta última opción no conduce al desarrollo de un pensamiento
crítico e independiente. La obligación de cualquier maestro es ayudar a sus
estudiantes a descubrir la verdad por sí mismos, sin eliminar, por tanto, la
información y las ideas que puedan resultar embarazosas para los más ricos y
poderosos: los que crean, diseñan e imponen la política escolar.
"Los trámites parlamentarios para la reforma de la ley
educativa están focalizándose en la figura del ministro Wert. Sin
embargo, escasea el diagnóstico riguroso de lo que aquí se está jugando.
Entretenerse con vaguedades y trivialidades parece ser el destino de
esta decrepitud institucional e intelectual que se
esconde bajo el solemne y respetable nombre de democracia, y que, en
base a la ley de Murphy, aún puede empeorar bajo los que dicen encarnar
como en un sacramento la verdadera democracia.
Lo que aquí se juega no depende sólo de un par de asignaturas, sino de la estructura objetiva del sistema de enseñanza, devastada por la ley del 90,
que impuso una tendencia irreversible bajo la cual han sido
sacrificadas varias generaciones y la salud técnica, económica, política
e intelectual de España.
En el caso de la Filosofía, se da la paradoja de que hay que
defenderla de los que salen en su defensa. El tópico de que es un modo
de estar en el mundo es una vaguedad que la asimila al senderismo, a
cualquier tribu urbana o a la afición por un equipo deportivo. El
carácter específico de la Filosofía consiste en que es una labor crítica
cuyo campo de estudio abarca los demás saberes, actividades y relatos
de los homínidos parlantes, que, como sujetos, son producto de un
entramado de relaciones objetivadas en las instituciones: económicas, tecnológicas, simbólicas.
Por ello, es indispensable, no para ser mejor persona, más demócrata o
cualquier otro tópico bienintencionado y políticamente correcto que
ninguna asignatura garantiza, sino para poder discriminar, definir y
entender las diferencias y las relaciones entre esos saberes y
actividades, para distinguir lo que tiene una base lógica o racional y
lo que es un mito, por muy innovador que parezca. Por ello, se pregunta
qué significa "estar en el mundo" y qué se quiere decir con "mundo":
para defenderse de la ignorancia que siempre vence.
Además, parece que se puede hacer Filosofía sin necesidad de
saber Filosofía, como si fuera posible hacer carpintería sin saber
carpintería, por no sé qué misterioso atributo taumatúrgico que permite a
cualquiera filosofar ("pensar") sin estudiar los rudimentos de esa
disciplina que pone en pie Platón. La Filosofía se levanta en defensa
propia contra los mitos heredados y contra los que generan las nuevas
tecnologías y ciencias. Por eso, no irrumpe de la nada, ni de la
meditación con uno mismo, ni de la inspiración divina, ni de la
comunión con la naturaleza, ni de la superioridad del genio. Es
un trabajo de destrucción dialéctica contra toda la distorsión de la
realidad, que moldea la mentalidad de los sujetos según los códigos de
esas mitologías. Es un trabajo solitario que no se puede hacer más que
en discusión con otros, contra los demás y contra uno mismo, contra el
peso de la pereza intelectual que dicta lemas apresurados, consignas
simplistas, dogmas que no se discuten. La Filosofía es una peculiar
aristocracia contra las masas al alcance de cualquiera. Por eso no está
reservado de antemano a élites de sabios o profetas, de líderes o
iluminados. Necesita rigor, precisión, paciencia. El trabajo que
cualquiera puede realizar, pero que muy pocos realizan. Justo lo que la
escuela pública postmoderna ha barrido de los centros de enseñanza,
convertidos en guarderías para sujetos infantilizados hasta la
ciudadanía.
La nueva ley no corrige la catástrofe porque no ataca los
principios objetivos en los que se basa la destrucción de la enseñanza
perpetrada por la LOGSE: infantilización por medio de la reducción del
bachillerato a dos cursos, de la igualación de los niveles, de la
promoción automática. Los mitos pedagógicos (el constructivismo,
aprender a aprender) son el vacío adecuado para propagar la ignorancia y
forman la retórica que envuelve el delirio en el cual los profesores
son esclavos de los pedagogos y de los alumnos, y, de ese modo, los
alumnos son esclavos de sí mismos y, salvo heroicidades,
están condenados a la incompetencia y el analfabetismo camuflados por
las inercias mecánicas de leer y escribir sin saber leer ni escribir. Y
ni siquiera en español.
Convertir la Religión en evaluable, aunque optativa, y hacer
de la Historia de la Filosofía de 2º de Bachillerato una asignatura
optativa, son torpezas que insisten en la destrucción del rigor y
el estudio y dejan vía libre al adoctrinamiento por debilidad y falta
de exigencia académica. Entre sacerdotes católicos, reverendos
progresistas y obispos nacionalistas, el alumno queda asfixiado y con
nulo margen para aquello que un sistema público de enseñanza ha de
proporcionarle a él y, por extensión, a la sociedad de la que forma
parte: conocimientos".
Artículo publicado por José Sánchez Tortosa, profesor de Filosofía y autor de 'El profesor en la trinchera'.
Imagina que durante toda tu vida has sido prisionero
en el fondo de una caverna subterránea. Tienes encadenados los pies y las
manos, mientras que tu cabeza está sujeta de tal modo que no puedes ver más que
la pared del fondo que queda frente a ti. A tu espalda se ha dispuesto un fuego,
y entre tú y el fuego una especie de camino a lo largo del cual unos hombres
muestran todo tipo de objetos. Las
sombras proyectadas en el fondo de la caverna de tales objetos son lo único que
tú y tus compañeros conocéis, lo único de lo que habéis hablado y en lo único
en lo que habéis pensado.
Imagina ahora que uno de los prisioneros se libera
de sus cadenas y se levanta. Poco a poco, y con dificultad, comienza el ascenso
desde el fondo de la caverna. Al principio deslumbrado por el fuego y
confundido con los hombres que pasean los objetos. Debe habituarse a su nueva
situación, consciente del origen de las sombras que había tomado por reales. Lentamente,
afirma Nigel Warburton, “se va haciendo consciente de la pobreza de su vida
interior”. Finalmente, y con mucho esfuerzo, consigue salir de la cueva y,
expuesto a los rayos del sol, queda nuevamente deslumbrado. Pero cuando sus
ojos logran acostumbrarse a la luz, contempla las realidades de las que hasta
el momento solo conocía las sombras, y de las que han sido privados sus
compañeros de cautiverio, y descubre el sol que las hace visibles.
Pero aunque parezca mentira, el antiguo prisionero
que ha descubierto un mundo tan extraordinario decide, ansioso, que debe
compartir su descubrimiento. Cómo no regresar con sus compañeros para decirles:
“estáis locos de seguir encadenados ahí abajo y de dejaros engañar por las
sombras”. “Pero no veis lo ignorantes que sois”. Vuestro mundo es una mentira,
un gran engaño.
Así que, el antiguo prisionero vuelve a descender a
la caverna, pero como ahora no está acostumbrado a la oscuridad va dando
traspiés en su descenso, convirtiéndose en el hazmerreír de todos. Piensan que
su viaje le ha trastornado y que, por las cosas que les cuenta, se ha vuelto completamente
loco.
En el mito de la caverna, que aparece reflejado en
el libro VII de La República, Platón
expresó que hay hombres que prefieren la oscuridad de sus prejuicios al
resplandor de la verdad. De esta manera, el discípulo de Sócrates, equipara la
situación de nuestra naturaleza en el mundo con la que padecen los prisioneros
atados desde la niñez en el fondo de una caverna.
Es evidente que la intención del filósofo ateniense
es la de presentarnos un retrato de la condición humana: sin educación, las
personas dan por real lo que solo son conjeturas, sombras, imitaciones.
Solamente a través de la educación, de la buena educación, será posible superar
esta confusión.
De ahí que para Platón, la filosofía consista en una
actividad, en un proceso, en una ascensión en la que lo que cuenta es la
marcha, el camino hacia el exterior. Roger-Pol Droit afirma que “el filósofo no
es un antiguo prisionero sino más bien un eterno fugitivo” que, aun a riesgo de
que lo tomen por loco, e incluso intenten acabar con su vida, decide regresar
al interior de la caverna para intentar convencer a sus antiguos compañeros de
que existe una realidad distinta a la que ellos conocen. Y es que la filosofía,
como afirma Fernando Savater, “es siempre cosa de dos”; sin el otro no hay
filosofía que valga, porque para Platón, pensar significa introducirse en una
conversación, participar: “quién ha contemplado una vez la verdadera realidad
de las cosas no puede guardarse esta experiencia para él solo”, nos dice Jeanne
Hersch en El gran asombro.
Pero para salir de la caverna, uno tiene que
pensárselo mucho. ¿Es posible, e incluso deseable, abandonar este mundo feliz?
¿No será más conveniente seguir estando ocupados en algo, aunque no sepamos en
qué? ¿No es más sencillo continuar disfrutando de la representación en el patio
de butacas como meros espectadores, tomando como real lo que solo es una
ilusión?
Y en el fondo, ¿tiene sentido hablar de un mito que
se escribió hace más de 2.500 años? ¿No estará pasado de moda? ¿Existen
actualmente habitantes en la caverna? ¿Quiénes son? ¿Cuántos hombres hay
viviendo en las sombras? ¿Es aconsejable releer un libro de filosofía en esta
“civilización mundial telemática”, como la llama Peter Sloterdijk, que acaba de
nacer?
Es evidente que los habitantes de la caverna se han
multiplicado por millones, y que continúan atados, limitados, organizados, en
torno a una imagen que “vale más que mil palabras” y que representa nuestra
cultura occidental. Y es que el conocimiento no consiste únicamente en lo que
percibimos sino en aquello que puede ser comprobado, puesto en duda, criticado,
apaleado, desmontado, argumentado y contra/argumentado a través de la razón.
Parece ser que lo que ahora importa en “Telépolis”, como lo llama Julio
Quesada, no es el conocimiento sino “la opinión pública”.
Imagino que todo el mundo conoce el final de la
alegoría platónica. El prisionero liberado que regresa a la caverna es
asesinado por sus compañeros que prefieren no creer sus historias y permanecer
al amparo de las sombras. De esta manera, la muerte del protagonista le convierte
en inmortal.
Platón escribe el mito de la caverna para llevar a
cabo un ajuste de cuentas con la sociedad democrática de su tiempo que condenó
a muerte a su maestro Sócrates en el 399 a.c. Su crimen, “bajar la filosofía
del cielo, buscarle acomodo en las ciudades, e introducirla en los hogares”,
como muy bien dice Cicerón en Tusculanas.
O en otras palabras: descender hasta lo más profundo de la caverna y aceptar,
de una manera consciente y responsable, la muerte como liberación, como
ejemplo, como emblema.
Si es cierto, como dice Burnyeat que “siempre hay
alguien, en alguna parte, leyendo La República”, tal vez, y solo digo, tal
vez, aun no esté todo perdido.
De sobra es
conocido el célebre encuentro entre Diógenes de Sinope y Alejandro Magno en
Corinto. El gran conquistador macedonio había oído hablar del filósofo cínico y
salió a su encuentro con algunos de sus oficiales por las calles de la ciudad
hasta que dieron con él sentado al lado de un tonel y tomando el cálido sol del
mediodía. El rey macedonio, que apenas contaba con veinte años, se plantó ante
Diógenes montado en su caballo y proyectando su sombra sobre el filósofo
exclamó: “pídeme lo que quieras”, a lo que Diógenes respondió vociferando: “entonces,
aparta que me tapas el sol”.
Esta breve
anécdota nos sirve para reflexionar sobre la máxima del cínico: no hay que ser
esclavo de nada ni de nadie en el pequeño universo donde uno encuentra su
lugar. Poseer, no da la felicidad.
Es evidente que
frente a este encuentro se ejemplifica la polarización extrema de la existencia
humana, ya que, en palabras de Séneca: “no es pobre el que tiene poco, sino el
que ambiciona más”. Por eso Diógenes deja claro a Alejandro con su actitud la
imposibilidad del rey de arrebatar la libertad a un hombre que solo tiene un
bastón, un zurrón y una túnica hecha jirones.
Así, el filósofo
pone en evidencia la inferioridad del tirano. El sabio está por encima de esa
ambición, de todo aquello que pudiera poseer: riquezas, honores, poder. Porque
todo eso es, para el cínico, vanidad. De esta manera, el hombre es libre cuanto
más reducidas son sus posesiones, porque así resultará muy difícil arrebatarle las
cosas que son verdaderamente importantes: “que tu vida represente el mínimo
botín posible”, solo así, el hombre podrá alcanzar la verdadera felicidad.
“Y es que, en el
fondo, son más las cosas que nos atemorizan que las que nos atormentan” (Séneca), y
sufrimos más a menudo por lo que imaginamos que por lo que sucede en realidad.
Por eso, “si dejas de esperar dejarás de temer”.
Y es que la libertad
es siempre inquietante, pero es así como debe de ser. La mitología se encargó
de sentar las bases del amor posesivo en la diosa Hera, casada con Zeus y
siempre enfadada porque no quería separarse de su marido ni un solo instante. Así,
el dios del Olimpo, cansado de esta actitud posesiva y absorbente decidió
engañarla. La posesión ahogó a Zeus y este solamente comenzó a ser libre cuando
fue consciente de que esa sensación de dejarse ir era la única manera de
salvarse, de seguir viviendo.
Pero contario a
este tipo de posesión que representa Hera, se nos aparece Afrodita, diosa del
amor y de la belleza, precursora de las relaciones liberales, independiente e inteligente: libre por encima
de todo y de todos.
Y es que, frente
a ese sentimiento de posesión se encuentra el amor sincero, independiente,
autónomo, separado y soberano, no cautivo, ni preso, ni esclavo, que ni es
sometido ni desea someter.
Así que, si
alguna noche escucháis a un locutor de radio plantearse, ¿qué tiene poseer
cosas?, serviros una buena copa de vino y acordaos de Diógenes y de Afrodita y hacer
vuestra la máxima de Hecatón: “Yo te descubriré un modo de provocar el amor sin
filtro mágico, sin hierbas, sin ensalmos de hechicera alguna: si quieres ser
amado, ama”.
Enrique López
(Imagen: Antonio Cánova, "Eros y Psiqué", 1793, Escultura en mármol)
Desde los griegos hay muchas formas de
pensar, porque la filosofía no es un
saber ya hecho, terminado o, acabado. La filosofía es una aventura, una
actitud, un quehacer, un despertar. Un saber, pero también, un sabor, que nos
permite degustar y maridar la vida de la mejor manera posible.
Y los filósofos son los amantes del saber, los buscadores de
conocimiento, curiosos, inconformistas, probadores y preguntadores, conscientes
de que no son ni sabios, ni ignorantes sino que se sitúan a medio camino de los
unos y de los otros.
La filosofía, como diría Karl Jaspers quiere
decir ir de camino, buscar aquello que no se tiene, intentar desvelar lo que
está oculto. Por eso, la búsqueda de la verdad, no su posesión, es el auténtico
sentido de la filosofía.
Y es que en el origen de esta está la
admiración, el asombro, que fue el arranque de una preocupación común: la de intentar encontrar una explicación racional
del universo a través de la autorreflexión
que emplea, en todas sus vertientes: metafísica, ética, estética, lógica, antropología,
política, epistemología.
Por eso, desde tiempos remotos los filósofos
han intentado interpretar el mundo de distintas maneras, de diferentes formas.
Desde la explicación monista característica de la Escuela de Mileto hasta el posmodernismo de Lyotard, Deleuze o, Derrida. La historia de la filosofía es, por tanto, un
reflejo de la historia humana y del modo de pensar del individuo a lo largo del
tiempo. Distintos autores, en diferentes
épocas, nos presentan a través de sus teorías diferentes modos de pensar que
nos ayudan a comprender nuestro tiempo, nuestro mundo y, a nosotros mismos.
De ahí que Fichte, discípulo de Kant,
afirmara que “la clase de filosofía que se elige depende de la clase de hombre
que se es”. Por tanto, ¡¡no elijan ser un cabeza cuadrada con la de opciones que hay!!
En la costa occidental de la actual Turquía, bañada por el mar Egeo, situamos la Jonia. Allí se fundaron doce prósperas ciudades entre las que destacaban Éfeso, Samos y Mileto, la ciudad más meridional. Y va a ser justamente en esta polis, en la que había una fuerte mezcla de étnias, lenguas y religiones, donde nacieron la ciencia y la filosofía griega. Podemos, pues, añadir que Mileto es la cuna de la filosofía occidental, porque es aquí, en el siglo VI a.c., donde se empieza a jubilar a los dioses y se produce "el gran milagro laico".
(Imagen: Rene Magritte, "La lámpara del filósofo", 1936, Óleo)