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domingo, 6 de noviembre de 2016

¿HA MUERTO LA METAFÍSICA?



Is this the real life? Is this just fantasy? ¿Realmente nos interesa saberlo? ¿Si se nos presentase la oportunidad de quedarnos en el país de las maravillas y ver hasta dónde llega la madriguera del conejo, lo haríamos? Más aún, ¿lo necesitamos? 

Vivimos en un mundo globalizado, en expansión, muy lejano tanto cultural como socialmente de aquella temprana sociedad de la antigua Grecia, con sus innovadores físicos y filósofos que permitieron el avance del pensamiento en una época poblada por dioses y leyendas, mitos e historias, creadas para satisfacer la necesidad de conocer. Estos primeros pensadores llenaron las ágoras, abiertas a todo aquel dispuesto al diálogo, con afán de conocimiento. 

¿Pero han de ser las cuestiones comentadas en esas plazas, ya vacías, las que hemos de cuestionarnos hoy en día? Ciertamente en la década de los 60 podríamos llegar a la conclusión de que el posible invierno nuclear era un tema serio del que nadie se atrevería a hablar de forma liviana. Pero a día de hoy, películas como Mad Max o, videojuegos como Fallout nos demuestran justo lo contrario: que aunque el tema no haya dejado de tener su evidente importancia, la gente ha aprendido a vivir con ello y a avanzar hacia problemas más relevantes, pues “el progreso y el desarrollo son imposibles si uno sigue haciendo las cosas como siempre las ha hecho”, como comentó Wayne Walter Dyer.

Y es que es evidente que, la metafísica, presenta una gran cantidad de interrogantes para los que no hay una respuesta clara y objetiva. Esto se debe a que la mayor parte de las corrientes filosóficas desembocan en una concepción del mundo en la que nada es seguro, ni siquiera nuestra propia existencia. Debido a ello, aparece una visión en la que se menosprecia lo que nos rodea ante un mundo aparentemente distinto, como afirmaba Platón con su mundo de las ideas.

Este escepticismo podría considerarse erróneo, pero ¿no es mejor que aceptar el dogma de que nuestro mundo es real sin pensarlo, o al contrario, podríamos pensar que poner en duda la propia duda sería una falacia en la que se caería irremediablemente al atacar a la metafísica?

Lo que es evidente es que esta posición gnoseológica ha permitido grandes avances a lo largo de la historia, desde el gran milagro laico del siglo vi a. C. en el que se abandonó el mito y se comenzó a utilizar el logos, hasta la búsqueda de los límites del conocimiento humano para determinar qué es aquello que podemos o no conocer, como afirmaría Immanuel Kant en su "Crítica de la razón pura". 

Ahora bien, si el escepticismo es algo tan común, utilizado no sólo en discusiones filosóficas de alto nivel, sino también como un recurso que empleamos para valorar de una manera más objetiva aquello que nos dicen, ¿no debería, entonces, poder ser empleado en situaciones como si el mundo en el que vivimos es real?

A fin de cuentas, es este modelo epistemológico en el que se fundamenta una de las herramientas principales de la ciencia moderna: el método hipotético-deductivo. La cuestión es, si ser escéptico permite a un científico realizar un descubrimiento, ¿por qué no ocurre lo mismo con la filosofía? ¿Acaso no será que las respuestas que busca simplemente no existen?

Nietzsche respondería de una forma rotunda: “Solo comprenderemos aquellas preguntas que podamos responder.” Si el enunciado no tiene solución, no tiene sentido plantearse dicha cuestión. La imposibilidad de determinar si nuestra vida es un sueño, pues no existe un estado de vigilia (parafraseando a Descartes), nos impide formar un diálogo racional acerca de dicha pregunta, más allá de cuestionarse la estabilidad de una peonza en los últimos fotogramas de una película.

Pero, al desprendernos de la importancia de este tipo de debates, también lo haríamos de una gran cantidad de interrogantes necesarios para tratar temas tan relevantes como la verdadera identidad del "ser" o la posibilidad de encontrar una verdad absoluta. Interrogantes no precisamente poco frecuentes a lo largo de nuestras vidas como seres pensantes, pues, en palabras de Rabindranath Tagore, “hacer preguntas es prueba de que se piensa”.

Desde los albores del pensamineto, los hombres han estado movidos por la satisfacción producida al conocer, por la pura curiosidad. Así, fenómenos tan normales como la lluvia o el paso del día a la noche han sido motivo de exploración hasta la posibilidad de la existencia de vida en otros planetas en nuestros días. La metafísica es simplemente ir un paso más allá, no cuestionarse algo del "ser", sino del "ser en cuanto a ser", o lo que es la mismo, de la verdadera realidad y, si esta, podremos llegar a conocerla.

No cabe duda de que la metafísica es una demostración clara de que la filosofía no es solo una reunión de café, pues consiste también en dar un paso atrás y analizar la situación con otros ojos, con un pensamiento más abierto, en el que se cuestione absolutamente todo porque “es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”.

Es por esto que, durante la mayor parte de la historia de la filosofía, se haya considerado a la metafísica como una rama crucial e imprescindible de este saber. Sin embargo, esta importancia se ha visto irónicamente puesta en duda en los siglos recientes con la aparición de nuevas corrientes de pensamiento como el positivismo científico de Comte, estipulado claramente en la fórmula: "el amor como principio, el orden como base, el progreso como fin.”

Por eso, tratar temas que no tengan una utilidad directa en nuestra sociedad causa que el interés por la metafísica y por sus cuestiones decaiga, como un teatro que por falta de nuevas ideas pierde el público que una vez se acercó con cierta curiosidad ante lo diferente.

Así pues, la solución tal vez se encuentre en que estas nuevas divagaciones deberían tener más que ver con los problemas que actualmente se afrontan. Quizá sea necesaria una filosofía más activa y más entregada a su público, y no al uso de un vocabulario complejo para comentar cuestiones que todos saben pero que nadie entiende, pues “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata ahora es de transformarlo, de cambiarlo”, como diría Marx.



Texto: Diego González, alumno de 1º de Bachillerato Internacional
Imagen; Patricia Alonso-Cortes (fotografía)

sábado, 23 de abril de 2016

EUROPA




Jueves, 6 de Brumario. Mes de la niebla.

Mañana estaré gritando en otra jaula y contando fábulas sin moraleja.

La prima noche florece. La conocí en una mirada y, con un parpadeo, me ahogó en historia. Bailamos un vals hasta 2001. Allí, las Torres Gemelas rieron, y vomitaron fuego, y el vuelo de un pájaro fue interrumpido. Y sus ojos fueron las Torres Gemelas.  Y yo el pájaro. Llegó 1945, y ahora bailábamos jazz. Y Truman juraba que las ruinas de Roma no eran nada, y lamía con codicia las devastadas Hiroshima y Nagasaki. Y eso me decía ella: que las ruinas de Roma no eran nada. Y tampoco Hiroshima. Y tampoco Nagasaki. Sus ojos me exhortaban a la desmesura, los perpetradores me advertían a gritos de su propio crimen, pero yo quería mirar esas ruinas tan bonitas que ella llevaba dentro. Así que seguimos bailando. Un pasodoble. Y el pueblo francés, en 1789, a la toma de la bastilla, con sed de revolución y victoria. Y yo también.

Hace poco me enteré de algo asombroso: cuando las plantas no realizan la fotosíntesis, toman oxígeno y expulsan dióxido de carbono.

El cénit lunar me asedia.                                                                                                                           
Ella era una demente, una inestable. Sus andares aullaban que, en su terreno, el juicio era un lastre. Me detallaba entre susurros que estaba dando comienzo a una revolución temporal. Mediante esta insurrección contra Chronos, iba a subvertir la distribución horaria que actualmente existía, y la iba a quebrantar. El vituperio de su religión era aquel repulsivo ente que dictó que un  minuto constaba de 60 segundos y un año de 365 días. Ella me juraba que aquel sujeto nos había sometido al perpetuo infortunio, a la constante alerta, y que el deleite se extinguiría y jamás podría ser de nuevo testado. No quería someterse a nada. Perdía trenes y nunca se citaba en un sitio concreto a una hora concreta. No tenía un maldito reloj en toda la casa. No necesitaba un pedazo frágil y precario de sí misma. Cuando te topas con una revolucionaria de este calibre, solo puedes sobrevivir de dos maneras: repudiando radicalmente su revolución o sometiéndote a ella.                                                                           
Me arrastraba a su locura.                                                                                                            
Hacíamos el amor  durante horas. Nuestras lenguas eran sátiras contra cualquier pregunta existencial jamás planteada. En la catástasis del orgasmo, dibujaba con sus dedos en mi firmamento estelar la constelación de Tauro y me contaba a suspiros la genealogía de su nombre; Europa. Éramos el merismo más mortífero jamás escrito. Ella, una mamba negra; yo, un leopardo de las nieves. La génesis del placer derivaba siempre de su barbilla ligeramente inclinada y sus ojos de ámbar sedientos de gloria atacando de lejos.                                   
Caíamos rendidas, llenas de gozo y placer y leíamos Bukowski con jazz de fondo. A mí no me gustaba el jazz pero no me quejaba, porque sabía que no podía ser de otra forma. Cuando llegábamos a un fragmento sexual, nos levantábamos y jugábamos a interpretar, como dos actrices experimentadas y como dos niñas felices, cada vocablo que el poeta maldito nos dictaba. La hora en la que caíamos en el trance del sueño era variable. No llevábamos un ritmo de vida austero. A veces, dormíamos en brazos de la madrugada; otras, la somnolencia nos seducía en el culmen del sol.                                                                                                                                     
Ella estaba convencida de que la única manera de vencer al Señor Tiempo era omitiendo su presencia de manera absoluta. Lo que la muy ingenua no sabía, es, que como dicen, el diablo sabe más por viejo que por diablo, y la erudición del tiempo es infinita.      
Si Chronos se materializase como un ente humano patente, sería una persona dichosa y taciturna, la personificación de un oxímoron, de mirada vacía, que ha visto por sus cristales correr la pasión de dos amantes queriéndose a oscuras y la desolación de la guerra. No hay nadie más sabio que el tiempo, Europa; el tiempo lo ha visto todo.                                             
Aún a veces me cuestiono quién era el verdadero lunático. ¿Se habría vuelto loca por el perpetuo silencio de las manecillas del reloj? ¿O eran esas manecillas, atronadoras,  las que nos habían vuelto a todos los demás locos? La locura se establece por comparación, y, ¿quién dicta la norma?                                                                                                                                            
A fin de cuentas, todo ser humano necesita depender de algo para mantenerse relativamente ‘cuerdo’, y, como ella abolía completamente las leyes temporales, se aferraba a unas leyes visualmente estéticas muy firmes, regidas por la simetría. Estaba obsesionada. Hasta su fino pelo lacio brotaba como una catarata de un abismo situado en mitad del cráneo. Sé que aborrecía en secreto, poseída por un ímpetu destructivo, el lunar que tenía yo encima del labio. Pensaba que rompía con la armonía simétrica de mi rostro. También detestaba a susurros que tuviese el pecho izquierdo más grande que el derecho; pero a pesar de ello, le resultaba atractiva.
Una vez, me dijo:  
— Eres bonita, Nix.
— La belleza no es. No existe ciencia, sino crítica de lo bello. — Contesté.
— La ciencia no es más que un arraigo de la crítica. No debería existir la clasificación del discernimiento en ciencias y colores. Todo nace del mordisco de Eva a la manzana.
— La curiosidad. —Hice una breve pausa. —No está bien separar a hijos de la misma madre.

Alguien me contó que cuando una combustión se lleva a cabo (la quema de madera, por ejemplo), se necesitan unas cantidades determinadas de oxígeno y dióxido de carbono. Si estos componentes se encuentran en abundancia o en escasez, se da lugar a monóxido de carbono. El monóxido de carbono es altamente tóxico si se respira en grandes cantidades durante mucho tiempo.

El alba viene a besarme las sienes.  
Un jueves, ella me dijo:
—Nos reencontraremos en un templo de aguas perdidas, bañadas en luz de luna, en la decadencia de un réquiem.

Encendí la chimenea y me tumbé en la blanca cama de matrimonio, rodeada de 2036 flores. Leí a Bukowski:

‘La manera de finalizar un poema como éste es quedarse, de pronto, callado.’




María Trapero, alumna de 1º de bachillerato, del blog "la quintaesencia del barro" 
Imágenes: Matt R. Martin, "disturbing I, IV, VI" (pintura)

miércoles, 16 de marzo de 2016

¿PUEDEN PENSAR LAS MÁQUINAS?




- ¡Vaya consuelo! Perdiste la confianza del Congreso, pero te has ganado la confianza de Multivac.
-La confianza de Multivac es lo más importante en este mundo- manifestó Bakst, totalmente serio.

"Vida y Obra de Multivac", Isaac Asimov

Analizando detenidamente el extracto, nos podemos plantear ¿cómo es posible que Multivac pueda sentir confianza o desconfianza por alguien? La confianza se trata de un concepto que, a priori, asociamos únicamente con los individuos de nuestra misma especie. Por ejemplo, un teléfono móvil no es capaz de confiar ni desconfiar en su dueño ya que, el dispositivo no puede saber si su propietario es ‘de fiar’. Hasta el momento, no existe ninguna máquina que sea capaz de, ni siquiera, acercarse al nivel de complejidad del pensamiento humano pero, es posible, e incluso probable, que en futuro no muy lejano este tipo de máquinas empiecen a aparecer.

Ahora bien, ¿qué poseemos los humanos que nos permite pensar y sentir, cosa que, ni animales ni ordenadores supuestamente pueden hacer? ¿De qué modo nuestro organismo difiere de un primate o de una abeja, para justificar la existencia tal diferencia?
Podríamos afirmar que la causa de la existencia de esas características únicas y especiales radican en la presencia de una mente propia y única de los seres humanos. Sin embargo, existen una gran variedad de formas a la hora de afrontar el ‘dilema mente-cerebro’. ¿Acaso la mente conforma una parte física de nuestro cerebro o -como, por ejemplo, gran parte de las religiones afirman-  esta se trata de un elemento que transciende a nuestra propia realidad?

Dependiendo del punto de vista que cada uno de nosotros adoptemos ante esta cuestión, la respuesta a la pregunta de si las máquinas pueden pensar será totalmente diferente.
Existe la posibilidad de que mantengamos una postura cercana al fisicalismo -también conocido como materialismo reduccionista- y, creamos que el ser humano -así como todo lo que existe en nuestro universo- se pueda reducir a un conjunto de partículas que interaccionan entre sí. En ese caso, podremos comenzar a plantearnos la posibilidad de que las máquinas puedan pensar.
Los fisicalistas no creen en la existencia de ningún ente o elemento extracorpóreo que nos haga diferentes de los demás seres vivos, incluso de las máquinas. Para ellos toda la materia que compone nuestro universo consta de unas propiedades similares e inalterables, de las cuales también nosotros damos cuenta.
Por lo tanto, ¿cuál es el elemento que nos podría hacer diferentes de todo lo demás?
Definitivamente no somos iguales a una piedra, ni tampoco nos parecemos a un protozoo, entonces: ¿qué es lo que hay diferente en nosotros?
La gran mayoría de fisicalistas opinan que la clave de nuestro "ser" reside en el cerebro. Ese órgano, por lo tanto, es el único responsable de que seamos lo que somos.  De él provienen todos nuestros pensamientos y sentimientos y, hacia él viajan todos los estímulos que captamos de la realidad a nuestro alrededor.

Se explica así la mente humana con la ‘metáfora del ordenador’: según esta nuestro cerebro es como una máquina en tanto que responde a estímulos (inputs) elaborando una respuesta (outputs).

Ahora bien, ¿qué es lo que nos ha sucedido para que desarrolláramos un cerebro único y singular?
Desde los mismos orígenes de la especie humana, con el Ardiphitecus y, más tarde el Australopitecus, la capacidad craneal de nuestros ancestros fue progresivamente aumentando. El ulterior desarrollo del lenguaje, junto a la fabricación y utilización de herramientas -entre ellas el fuego y las armas de caza- ha permitido que, a día de hoy, el hombre sea tal y como lo conocemos.
Todo ello, unido al desarrollo de la vida en sociedad, permitió que nuestros primitivos congéneres tomaran un camino diferente al resto de animales. Fueron paulatinamente adquiriendo una consciencia, una mente: algo que les hizo situarse un escalafón por encima del resto de seres vivos -evolutivamente hablando-.

Para los defensores a ultranza de la teoría fisicalista, nuestra esencia y naturaleza se podría reducir a un conjunto de uniones sinápticas entre unas células llamadas neuronas. Todo nuestro yo, desde nuestros más básicos instintos hasta los pensamientos de mayor profundidad, serían pues el resultado de la transmisión de impulsos nerviosos entre estos corpúsculos. Nuestra mente, la cual consideramos única y especial, se reduciría a un conjunto de procesos bioquímicos de gran complejidad que, no son únicos en la especie humana.
  
Turing: Bueno, si solo cuenta el cerebro, déjenme proponer el siguiente experimento mental. Efectuemos un mapa minucioso de todas las neuronas, sinapsis y demás conexiones del cerebro del Dr. Haldane. Ahora supongan que sustituyo cada uno de estos componentes por un equivalente electrónico, todos ellos conectados exactamente de la misma forma a como están unidos los componentes del cerebro de Haldane. Entonces, no solo esta copia electrónica del cerebro de Haldane debería Pensar 'justo como Haldane, sino que según la teoría de la continuidad física debería 'ser' Haldane.
"El quinteto de Cambridge", J.L.Casti

Pero, ¿no es cierto que, en algún momento, seremos capaces de replicar todas las conexiones neuronales de nuestro cerebro? ¿Podremos entonces afirmar que las máquinas piensan? O, como afirma Turing, ¿deberemos considerar a ese artefacto como un ser con vida y sentimientos -al contar con ese yo característico de la especie humana-?
Muchos autores dentro del campo de la ciencia-ficción, como Philip K. Dick, Isaac Asimov e, incluso, Stephen King han tratado de forma extensa la posibilidad de que ciertos artefactos electrónicos puedan llegar a tener vida.
Asimov, dedicó gran parte de su producción literaria a los robots. También elaboró diversos relatos de corta extensión que giran en torno a Multivac, un potentísimo supercomputador presente universalmente en nuestro planeta, con una capacidad muy superior a la de los seres humanos, capaz de sentir y de pensar.
Philip Dick, también introdujo en su obra el tema de máquinas que contaban con voluntad propia y, en cierto modo, también con sentimientos. En la novela ¿Sueñan los androides con Ovejas Eléctricas? realiza una extensa reflexión sobre la posibilidad de que los seres artificiales tengan la capacidad de pensar y de tomar sus propias decisiones. Asimismo, se plantea la posibilidad de que los seres humanos podamos sentir empatía por máquinas que simulan tener vida.

—Estoy bien —sacudió la cabeza, como si tratara de aclarar sus ideas, aún sorprendido—. La araña que Mercer le dio a Isidore, el cabeza de chorlito, también debía de ser artificial. Pero no importa. Las cosas eléctricas también tienen su vida, por pequeña que ésta sea.

"¿Sueñan los androides con Ovejas Eléctricas?", Philip K.Dick

Turing, una gran eminencia en el campo de las matemáticas, ideó un test para determinar si las personas eran capaces de identificar si estaban manteniendo una conversación con un ordenador o con un ser humano. Hasta el momento ninguno de los ordenadores ha logrado convencer a todos sus interlocutores de que se trataba de un ser humano pero, en los últimos años, varios software -como ‘Eugene Gootsman’- han conseguido engañar a más de un 30% de ellos. ¿Deberíamos pues, plantearnos la posibilidad de que estos circuitos impresos aparentemente inertes alberguen algo de vida en su interior?

En contraposición a la mentalidad reduccionista o fisicalista, existen otros planteamientos que no conciben la posibilidad de que ningún otro ser o, ‘máquina’, sea capaz de pensar del mismo modo que nosotros, los seres humanos, lo hacemos. Pero, ¿acaso las máquinas y los ordenadores no son programados por humanos y se limitan únicamente a repetir, una y otra vez, las órdenes para las que han sido instruidas?
¿Cómo un dispositivo de esta índole puede ser capaz de abandonar su secuencia lógica y hacerse autónomo? Para que un ordenador sea capaz de desarrollar una conciencia y pensar, es necesario que éste sea construido y diseñado específicamente para ese fin.
De todos modos, sería necesario llevar a cabo una investigación de tal magnitud que, a día de hoy, seguramente sería inviable teniendo en cuenta la tecnología de la que disponemos. En todo caso, ¿sería ético llevar a cabo este tipo de investigaciones? ¿No estaríamos poniendo en peligro la estabilidad de nuestra sociedad e, incluso, de nuestra especie?

Una gran variedad de posturas relacionadas con el ámbito filosófico y religioso, plantean una opción diferente a la expuesta hasta el momento: la separación entre cuerpo -nuestra parte física- y, mente -la parte no física o transcendente- a la que también nos podemos referir como alma.

Tengo yo un cuerpo al que estoy estrechamente unido, sin embargo, puesto que Por una Parle tengo una idea clara y distinta de mí mismo, según la cual soy algo que piensa y no extenso, y, por otra parte, tengo una idea distinta del cuerpo según la cual este es una cosa extensa, que no piensa, resulta cierto que yo, es decir mi alma, por la cual soy lo que soy, es entera y verdaderamente distinta de mi cuerpo, pudiendo ser y existir sin el cuerpo.

"Meditaciones metafísicas", René Descartes

Si compartimos esta posición dualistas, nos resultará imposible afirmar que una máquina sea capaz de pensar y sentir, de la misma forma en la que nosotros lo hacemos. 
Los fisicalistas piensan que, la única y principal diferencia entre nosotros y una bacteria, es el grado de desarrollo de nuestro cerebro. Por lo que los defensores de la existencia de dos elementos antagónicos, no compartirían nunca este planteamiento. Sin embargo, ¿acaso no todos los animales superiores tienen un cerebro con características similares al nuestro? Entonces, ¿por qué un chimpancé no es capaz de hacer música ni reflexionar sobre el sentido de su vida?
Parece ser que nosotros, los humanos, simplemente por el hecho de serlo, contamos con una cualidad no-física que nos obliga a ser cómo somos.

Dicha cualidad, es a la que los filósofos presocráticos denominaban psiké (alma). Platón, entre otros, defendía que a cada ser humano, en el momento de nacer, un dios hacedor denominado "demiurgo" insuflaba el alma a los cuerpos. A partir de ese momento, el sentido de nuestra vida se centraba en recordar todo aquello que, esta parte inmortal y trascendente, había olvidado con el paso al mundo material. De igual modo, filósofos como Aristóteles o, posteriormente Descartes, también propusieron diferentes teorías en este sentido, recalcando la diferencia entre ambos elementos.
Por lo tanto, desde el punto de vista dualista, es esta parte inmaterial la que nos hace y distingue como personas y no como animales salvajes. Pero, ¿puede un conjunto de cables y transistores tener alma? ¿Puede un ordenador contar con este componente metafísico?
La respuesta a estas preguntas, aunque parezca mentira, no puede ser respondida de una manera rotunda.

La mayoría de fisicalistas defienden que -a nivel teórico- sería viable la posibilidad de que algún día un circuito llegara a alcanzar el nivel de complejidad de nuestro cerebro y, por lo tanto, generara sentimientos y pensamientos, tal y como nosotros lo hacemos.
Sin embargo, la mayor parte de dualistas niegan la posibilidad de que un circuito electrónico pueda llegar a tener mente. Aunque este contara con una estructura similar a nuestro cerebro, sería incapaz de desarrollar la dimensión ética, autoconsciente y sentimental que nos caracteriza. Según ellos, la máquina no podría sentir envidia, odio, o empatía. Sin embargo, podría ser capaz de resolver problemas matemáticos de diversa índole.
Por lo tanto, ¿pueden ser capaces las máquinas de pensar?

Para intentar hallar la respuesta a esta pregunta, cada uno debe sopesar sus creencias y pensamientos acerca de su propia naturaleza. Más allá de plantearse si un dispositivo electrónico pudiese alcanzar una actitud similar a la humana, la cuestión tiene aún mayor transcendencia.
¿Somos únicos? ¿Tenemos motivos para considerarnos especiales en algún modo por tener la capacidad de reflexionar y sentir? ¿En el fondo, no somos máquinas programadas por la evolución que simplemente nos limitamos a ejecutar el código genético escrito en nuestras células? Y, finalmente: ¿podrá algún día una máquina reflexionar sentir, y pensar,  tal y como nosotros, los seres humanos, lo hacemos?

- Multivac, ¿qué es lo que deseas? -
El momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les pareció interminable, pero Othman y Gulliman no se atrevían siquiera a respirar.
Se oyó un clic y surgió una tarjeta. Muy pequeña. Sobre ella, con letras muy claras, se hallaba la respuesta:

- Deseo morir. -


Rafael Navarro, alumno de 1º de bachillerato
Imagen: Sebas Taits (viñeta)

lunes, 7 de marzo de 2016

TIEMPO




          ¿Qué ves?
Dos manos con sus respectivas cicatrices, aunque algunas desearíamos no tenerlas. 
     Un dedo anular con su respectivo anillo de casados, aunque falte uno de la pareja.
     Unas arrugas en su respectiva persona, aquella que tanto significa para nosotros, aunque desearíamos tenerla más tiempo. 

¿Solo eso? 
 No, y el tiempo, veo el tiempo con sus respectivos segundos, minutos, horas, días…, aunque nunca el suficiente. También veo la muerte, con sus respectivas esperanzas a que tarde en llegar y, con sus miedos y temores, aunque, ¿de verdad tendríamos que tenerlos?

¿Y qué te transmite? 
 Sentimientos antagónicos, tristeza y felicidad, pero ¿es esto posible? La tristeza sería lo común, lo lógico, debido a la pérdida de un ser querido, a toda su esencia y, a tener que basarse en recuerdos que con el tiempo acabarán desapareciendo con ella pero, ¿y si sientes alivio? No porque esa persona se vaya, sino porque sabes que va a dejar de sufrir y, todas sus agonías desaparecerán y quedará descansando en paz, para siempre.

Me produce angustia, porque ningún ser humano está preparado para el fin aunque Platón afirme que "la filosofía es una preparación para la muerte". Tenemos miedo a que nuestra existencia acabe, aunque en realidad lo que tememos es a cómo morir. Morir solo, acompañado, sufriendo o no, de un tiro en el pecho o  por viejo. Todo depende, y no lo podemos definir. 

      Lo cierto es que la célebre frase: “no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”, se cumple en demasiadas ocasiones. ¿A qué me refiero con esto? A que nos pasamos toda la vida invirtiendo en objetos o consejos que nos hagan “ahorrar tiempo” cuando, lo que deberíamos hacer, es aprovecharlo. A lo mejor no resulta tan malo escuchar las historias que tus abuelos te cuentan sobre lo que han vivido o, los típicos consejos de tu madre y de tu padre que solo pretenden ayudarte y hacerte feliz. A lo mejor, no es tan malo pasar más tiempo juntos porque no somos seres infinitos y, a lo mejor, tampoco es tan malo disfrutar con ellos en vez de verles consumirse porque, al fin y al cabo, la pérdida ya es una pérdida y, por ahora, no podemos viajar al pasado.


¿Entonces, que piensas sobre mí? 
 Creo que a los seres humanos nos da miedo lo desconocido. Necesitamos conocer para sentir confianza y tranquilidad, por eso nos angustia tanto el hecho de que algún día dejaremos este mundo. Nunca sabremos a dónde iremos, si al cielo o al infierno, si renaceremos o simplemente dejaremos de existir. Todo aquello que escapa de nuestro control nos asusta, porque no somos capaces de predecir cuándo ocurrirá ni tampoco seremos capaces de experimentarlo. Por eso creo que tú te encuentras y te encontrarás siempre en la mente y que, a lo largo de nuestro camino, nos iremos acercando más a ti  hasta que nos agarres y nos lleves contigo. Así sucede y así sucederá, un hecho inevitable del que estamos tan acostumbrados, que nos hemos hecho inmunes. Así pues, no debemos temerte pero tú a nosotros sí, pues como decía Zenón de Citio, "ninguna pérdida debe sernos más sensible que la del tiempo, puesto que es irreparable".

 Esther Escalada, alumna de 1º de bachillerato
Imagen: fotografía original





martes, 19 de mayo de 2015

¿PUEDEN LAS MÁQUINAS PENSAR?


Desde la prehistoria, el ser humano se ha servido de herramientas que le han facilitado la vida. Ya por entonces, se utilizaba la piedra y el metal para fabricar armas y utensilios rudimentarios y, a medida que la Historia ha ido avanzando, estas herramientas han mejorado. Sin embargo, el gran cambio tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XVIII, con la Revolución Industrial, en la que se introduce la maquinaria que elabora el trabajo humano con una mayor eficacia. Entre las primeras máquinas encontramos la máquina de vapor, utilizada como uno de los principales medios de locomoción de la época, o la máquina de coser, que supuso un gran avance para la industria textil. Estos y muchos otros ejemplos han sido perfeccionados y, a día de hoy, apenas existe trabajo manual que no pueda ser realizado por una máquina. Por lo tanto, sólo queda una cosa que aparentemente nos diferencia de ellas: el pensamiento. El problema es que en las últimas décadas han surgido una serie de teorías y estudios que sugieren lo contrario, lo cual nos lleva a plantearnos la siguiente cuestión: ¿pueden las máquinas pensar?

Pero, ¿qué es pensar? La R.A.E. ofrece la siguiente definición: imaginar, considerar, discurrir, reflexionar, examinar con cuidado algo para formar un dictamen. De esta manera, comenzaré mi análisis con la intención de averiguar si una máquina dotada de inteligencia artificial es capaz de llevar a cabo todas estas acciones que aparecen en el Diccionario de la Real Academia.

El primer problema con el que nos encontramos, está en establecer cuál es la relación mente-cuerpo en los seres humanos. Por un lado, aquellos que defiendan una postura dualista negarán que las máquinas puedan pensar, al atribuirle al hombre una mente cuya naturaleza es ajena al mundo físico. Por otro lado, quiénes adopten una postura fisicalista abrirán las puertas a la investigación científica, contemplando la posibilidad de que las máquinas sean capaces de elaborar pensamientos. Una vez identificadas ambas posturas, descartaré las doctrinas dualistas ya que, desde este enfoque, no habría discusión posible pues, parte de una verdad autoevidente que, además, imposibilita dicha investigación al contradecir el principio físico de causalidad. Por lo tanto, enfocaré la cuestión desde un punto de vista monista, analizando las teorías de diversos filósofos y ensayistas que tratan el tema de la inteligencia artificial.

Julien Offray de La Mettrie afirma en su obra El Hombre máquina que: “el alma no es sino un principio de movimiento o una parte material sensible del cerebro que se puede considerar, sin temor a equivocarse, como el resorte principal de toda la máquina, que tiene influencia evidente sobre todos los otros y que aun parece haber sido hecho primero, de manera que todos los demás no serían sino una emanación de él”. Se trata, por tanto, de una postura claramente fisicalista, en la cual podemos ver que el filósofo de Saint-Melo describe al ser humano como una máquina, hablando de resortes en vez de órganos, con lo que podemos considerar que, desde su punto de vista, las máquinas sí  pueden pensar. Esta postura, sin embargo, no es aceptada por todo el mundo, y entre las críticas más notables encontramos la de la escritora británica Ada Lovelace. Esta matemática británica, aún partiendo de una concepción materialista como la de La Mettrie, afirma que queda una cuestión por resolver: las máquinas. A día de hoy, se ha demostrado la capacidad de estas para ejecutar todo aquello que un ser humano sea capaz de ordenar, sin embargo no tienen pretensión alguna de originar. En otras palabras, las máquinas solo dan información ya conocida, pero no generan conocimiento, lo cual quiere decir que no pueden pensar.

Ante esta afirmación, filósofos como el inglés Alan Mathison Turing responden que este tipo de afirmaciones  no tienen validez alguna, ya que lo único que esto demuestra es que aún queda un largo camino por recorrer en el mundo de la robótica. Remontémonos, por ejemplo al siglo XV: ¿Quién iba a decir por entonces que en un futuro el ser humano viajaría al espacio? Tal vez, nosotros nos encontramos en una situación similar cuando nos preguntamos por las máquinas y el pensamiento y, con el paso del tiempo, las futuras generaciones serán capaces de descifrar todas las conexiones cerebrales desde un punto de vista antropológico, para crear así pensamiento artificial.

De esto mismo habla Isaac Asimov en sus famosas novelas. De viajar al futuro, a un mundo ficticio en el que los robots están al mismo nivel mental que los seres humanos, o incluso a un nivel superior. En uno de sus cuentos, Qué es el hombre, encontramos las siguientes frases: “Fue aceptando tentativamente algunas afirmaciones, las ensambló y sacó una conclusión; una y otra vez, y a partir de las conclusiones fue elaborando otras afirmaciones que aceptó y comprobó y luego rechazó al encontrar una contradicción; o no, y siguió aceptándolas tentativamente”. En este fragmento se puede apreciar una estrecha relación entre la robótica actual y el robot ficticio, ya que en ambos casos se contrasta la información percibida mientras se van estableciendo una serie de relaciones. A partir de estas relaciones, la máquina continúa verificando o descartando información, hasta llegar a una conclusión final. Lo único en lo que difiere el texto con la realidad es en la parte intuitiva. Y, es que en la actualidad las máquinas no son capaces de aceptar afirmaciones tentativamente, ahora bien, ¿quién dice que no puedan hacerlo en un futuro? Si esto fuese posible, podríamos decir que las máquinas tendrían una capacidad de pensamiento prácticamente similar a la nuestra.

Sin embargo, cabe destacar la frase con la que Asimov continúa su relato, ya que da un giro de 180 grados a la cuestión: “Ninguna de las conclusiones a las que llegó le causaron admiración, sorpresa o satisfacción; meramente un signo más o un signo menos”. ¿Significa esto, entonces, que no existe pensamiento? Yo creo que no, ya que considero los sentimientos algo ajeno al proceso cognitivo. Lo mismo ocurre con el concepto de intencionalidad que desarrolló el filósofo del lenguaje John Searle en su experimento mental “La habitación china” para demostrar que los humanos no llevan a cabo meros procesos computacionales a la hora de conocer. En otras palabras, explica que en la inteligencia artificial no existe ninguna intencionalidad, ya que una máquina no entiende lo que está haciendo, sino que lo hace sin más. Una vez más, esta situación nos vuelve a llevar al punto de partida: ¿pueden las máquinas pensar? Y una vez más, mi respuesta vuelve a ser negativa. Aún así, el que detrás del pensamiento de una máquina no haya intencionalidad, no justifica que el pensamiento quede anulado, ya que lo que realmente convierte a una máquina en un ser pensante es el hecho de que sea capaz de captar información del exterior, establecer relaciones con esa información y, de esta manera, llegar a una conclusión válida.

Por lo tanto, aunque parezca impensable y remoto, puede que en un futuro las máquinas sean capaces de desarrollar pensamientos de la misma manera que lo hacemos las personas. Es más, creo que lo harán de una manera más eficaz y precisa, ya que al carecer de sentimientos, su razón no se verá contaminada por ellos y tomarán decisiones de la manera más objetiva y justa posible. Sin embargo, esta situación me parece algo sumamente peligroso ya que no podemos olvidar como a lo largo de la historia, la ciencia, la técnica y la tecnología, se han puesto al servicio de la barbarie y, como a día de hoy, esa relación es más que evidente en la mayoría de conflictos bélicos. Como decía Miguel Delibes, “la máquina ha venido a calentar el estómago del hombre, pero ha enfriado su corazón”. No niego que la ciencia proporcione una enorme cantidad de conocimiento al ser humano, ni tampoco digo que este tenga que ser ignorado. Simplemente creo que “el conocimiento es poder”, citando a Francis Bacon, y que es necesaria una buena educación que nos permita conocer la virtud para así evitar un mal uso de algo tan poderoso como la inteligencia artificial.

Silvia Martín, alumna de 1º de Bachillerato Internacional